ANATOMÍA DE UNA NOVELA: ANOTACIONES

Como todo idealista inmaduro, cuando comencé a escribir creía firmemente en la inspiración. Cualquier aficionado a cultivar una disciplina artística en su versión creativa ha sentido alguna vez el destello de ese pensamiento fortuito que se le antoja pulcro y rotundo, la semilla que más tarde habrá de germinar y alcanzar la forma de la idea perfecta. Pero eso, sencillamente, no basta.

La inspiración siempre es inoportuna. Una mirada fugaz en la calle, la conjunción de un olor con la melodía del hilo musical de la consulta médica o, simplemente, recuperar un presunto recuerdo, me obligan a menudo a buscar con desesperación cualquier soporte donde anotarlos para evitar que desaparezcan. Al principio sólo confiaba en mi memoria, pero los años me demostraron que es insuficiente, y que me resulta mucho más provechoso unirla a mi imaginación para que jueguen a deformarse mutuamente y así dotar de vida a lo que escribo. De este modo, quien visite mi despacho puede encontrar anotaciones en cualquier lugar imaginable. Sobrecillos de azúcar, resguardos de la compra, o pedazos de papel arrancados con la saña furibunda del escritor que teme ser despojado repentinamente por el olvido de la idea soñada. Muchas de esas líneas con cuerpo de tinta y grafía confusa no las he utilizado jamás, e incluso algunas de ellas, al ser consultadas de nuevo transcurridos más de quince años se me antojan absurdas e inconexas con nada de lo que haya escrito o desee escribir en la actualidad, lo que me lleva a concluir que la literatura, como las relaciones humanas, también tiene sus etapas, su momento, pasados los cuales nuestras percepciones dejan de tener sentido para ceder el paso a otras más coherentes con nuestros anhelos.
 
Uno de mis felices descubrimientos en el ámbito de la escritura han sido los cuadernos. Normalmente utilizo dos. El primero de ellos es de la marca Moleskine: pequeño, con las tapas de color negro y las hojas rayadas con una línea. Debido a su diseño extremadamente sencillo, está curtido en soportar los diferentes climas y ajetreos de los interminables viajes a los que mi trabajo me obliga. En él hago anotaciones sobre la novela que estoy escribiendo. Detalles, conjeturas, pequeños esbozos que son tachados, corregidos y ampliados una y otra vez, van devorando una a una sus diminutas páginas. El otro es un Paperblanks, con un diseño –como caracteriza a esta marca- mucho más cuidado. De tapa dura, inspirada en la encuadernación original de un libro de poesía británica, me acompaña prácticamente siempre, y en él voy depositando cuestiones más generales. Frases célebres e interesantes, párrafos de novelas que llamaron mi atención, ideas para alguna novela o simplemente técnicas literarias. Una particular mezcolanza que me depara muy buenos ratos de lectura o consulta. A modo de anécdota, es el cuaderno en el que anoté la cita de Santa Teresa de Jesús que me regaló Manolo, el camarero apasionado de la literatura que trabajaba en el buque que cubría el trayecto de Valencia a Palma de Mallorca y que inspiró mi artículo El camarero del Fortuny.
 
En fin, la literatura también tiene su punto de fetichismo, y a mí me resulta realmente grato conciliar ese deber que todo escritor asume de luchar contra el olvido y la desidia con el placer de sentir mi pluma serpenteando entre las hojas de unos cuadernos que espero poder releer pasados los años con la fruición que la distancia y la perspectiva de toda una vida se dignen a concederme.

MIENTRAS NOS QUEDE EL FÚTBOL

Vuelvo a leerlo, incrédulo, por tercera vez. Y les juro que ni aun así termino de convencerme. La noticia no es que dé para mucho: un jugador del Real Madrid, detectado por un radar circulando a más de doscientos por hora en la M-40.  

Antes de nada, hablemos del cazador. Uno de esos radares de la DGT, ultimísima generación, el no va más en velocidad de obturación bajo difíciles condiciones lumínicas, y ya en megapíxeles ni les cuento. Solo que luego no hay medios ni huevos para interceptar al probable homicida. Que siga su noble camino, pensará el Multanova. Que siga disputándose el espacio –y tal vez la vida- con el resto de ciudadanos que circulan en sus respectivos coches, lo mismo solos que acompañados, y a lo peor llevando a sus hijos, ignorantes todos ellos de que un capullo con ínfulas de tocapelotas tiene, no ya en sus manos, sino en la punta de su pie sobre el acelerador sus frágiles vidas sin importarle nada más que, si acaso, salir en la foto dando el perfil bueno. Total, ya le llegará la cartita al cabo de unos días con el impersonal y burocrático ruego de que identifique al conductor. Algunos cientos de euros, tantos puntos y cling, cling, hasta la próxima, chavalote.
 
La noticia es de una página web deportiva. Quienes me conocen saben que el fútbol no es santo de mi devoción, pero hay días en que mi vecino de mesa me lleva la delantera, el muy cabrón, y se afana el periódico antes de que me dé tiempo a parpadear. Así que no me queda otra que tirar de móvil y allí se las compongan mis pupilas y mis dioptrías con la pantallita. Pero a lo que iba. La crónica son cuatro líneas, a las que siguen ochenta comentarios de los lectores. Y es entonces cuando el asco y la desolación se apoderan de mí. Ni uno, oigan, ni uno comenta el suceso afeando la miserable conducta del jugador. Ni tan siquiera sugiriendo que eso está feo. Nada. Las opiniones divagan entre el “tampoco es para tanto, en las autovías no debería haber límite de velocidad” hasta lo que termina por escocerme los higadillos: “Como hay cierta prensa que no soporta que gane el Real Madrid, ahora sólo le queda echar mierda sobre sus jugadores”.
 
Así, tal cual lo han leído. Sin atisbo alguno de inquietud, de vergüenza o como mínimo de desprecio, que en este caso estaría más que justificado, amén de dos buenas hostias, llegado el caso. Una conducta asesina que sigue truncando miles de vidas y destinos al año es justificable si se trata de alguien conocido con más dinero, incultura y fama de los que ningún ser humano puede asimilar.
 
Pero, ¿saben qué les digo? Que tienen razón, y que tenemos lo que nos merecemos. Un país donde nadie es capaz de hacer autocrítica y reconocer sus propios errores, donde se afea la conducta de los corruptos ajenos mientras se tolera y jalea la de los propios, un lugar donde se reclama cultura al tiempo que el pedo mental de cualquier memo famosillo es elevado a la categoría de trending topic. Una sociedad, en suma, donde ningún delincuente –si lo piensan bien, nadie está a salvo de pisar ciertas líneas- sale a la palestra para admitir lo que ha hecho, pedir perdón, y ofrecer su caso para que sirva de ejemplo y escarmiento a otros. Al contrario, se enrocan en su chulería y su mediocridad, escondiendo lo robado con la patita y volcando en su desesperada huída todas las mezquinas excusas que su podrida imaginación es capaz de elaborar. En definitiva, nos pasamos la vida piando con la boca abierta y llena de alpiste.
 
Por eso a tantos parece no preocuparles la reprochable conducta de Benzema, ni las vidas que puso en peligro, ni su absoluta falta de pesadumbre más allá de solicitar al juez que aplace el juicio porque le coincide con un partido. Por eso espero que la panda de descerebrados de la que les he hablado no tengan seres queridos susceptibles de morir asesinados por otros suicidas imbéciles el próximo fin de semana, sin ir más lejos. Pero en el caso de que así sucediera, les recomiendo que se den prisa en organizar el funeral y den rápido carpetazo a sus restos mortales. No vaya a ser que lleguen tarde para ver el puto partido del siglo.

ESA PEQUEÑA CORSARIA

Existen hábitos que me resulta imprescindible retomar de vez en cuando. Usanzas que, no por entrenadas a diario, me hacen olvidar a otras idénticas que disparan mis alarmas cuando compruebo que empiezan a alejarse demasiado. Y una de ellas es observar.

Me hallo sumergido en pleno proceso de escritura de una novela, lo que conlleva desarrollar hasta extremos insospechados el instinto de observación. Como todo instinto, el acto de observar se vuelve involuntario, sustraído completamente a la intención o consciencia del observador. Desde el primer párpado que se despega por las mañanas hasta el último y cansado suspiro que se exhala al anochecer, la única labor relevante que tengo delante de mí es acechar con ojos escrutadores el mundo que me rodea. Rincones, sonidos, miradas, visajes,…, cualquier cosa, por rutinaria que sea, es susceptible de pasar a engrosar el imaginario andamiaje que va configurándose en mi cerebro y que terminará por volcarse –debidamente corregido y, en numerosas ocasiones, mutilado- en forma de tinta y palabras sobre las hojas de papel impresas.

Así pues, en esta etapa de mi vida, observar se ha convertido en una tarea tan imprescindible como obligatoria. Una suerte de rutina sin la cual me hallaría desposeído del más elemental de los recursos que son necesarios para construir una historia. El problema resulta cuando observar por obligación empieza a sustituir al hacerlo por mero placer, y eso es algo a lo que en modo alguno estoy dispuesto a renunciar. Lo que me sucedió hace unos días es una buena prueba de ello.

No había terminado de abandonar la fría seguridad de mi portal cuando, al poner un pie sobre la acera, una criatura de unos nueve años impactó contra mis piernas. Iba corriendo, así que supongo que ambos debimos dar gracias al grueso abrigo que me protegía del frío invernal por amortiguar el golpe. Cuando me recompuse miré al chaval, cuyas gafitas redondas de pasta naranja habían quedado descolocadas de extraña manera sobre su carita enrojecida. Entonces me di cuenta de que no era un niño, sino una niña. Me había despistado el pañuelo de colorines que cubría su cabecita calva, la cual había levantado para mirarme con la incertidumbre de quien no sabe si a continuación vendrá una sonrisa de disculpa o la tormenta en forma de bronca monumental. Pero a pesar de su juventud, en su infantil rostro me pareció detectar algún que otro kilómetro recorrido, lo que me hizo suponer que a broncas ya estaba acostumbrada. Me decanté, pues, por la primera opción. Me correspondió con una sonrisa que iluminó su cara de joven corsaria, momento en el cual sus ojos volvieron al suelo, buscando el objeto que nuestro fortuito encuentro había arrebatado de sus manos. El mismo que yo ya había recogido apresuradamente y ahora sostenía en mis manos. “El Principito”, leí en su portada. Era una versión de bolsillo, de la editorial Publimexi. En su interior, concretamente en la primera página, una mano firme y comercial había escrito a lápiz el precio estimado para ese ejemplar: 3 euros.

–          ¿Lo has leído? – pregunté mientras se lo devolvía.

Los ojos de la pequeña me estudiaron con cierta ansiedad. ¿Y éste de que va?, debió pensar antes de darme una respuesta. Pero supongo que llegó a la misma conclusión que yo: me la debía, aunque sólo fuera por el golpe.

–          Sí – murmuró.

–          ¿Y qué parte te ha gustado más?

La niña parpadeó un par de veces antes de hojear con rapidez el pequeño libro. Al cabo de unos segundos, con la sonrisa de quien encuentra un tesoro, lo sostuvo con ambas manos y me lo acercó a la cara, abierto de par en par.

–          ¡Esto! –exclamó.

Leí las palabras que su escuálido dedo me señalaba. Eran breves, me bastó un vistazo, y cuando terminé de hacerlo asentí con la cabeza pero esta vez sin ganas de sonreír. Como si mi gesto se le hubiera antojado una señal convenida, la niña me dijo adiós y continuó su atolondrada carrera hasta perderse calle abajo.

Sería estupendo, pensé, que esa cría viva lo suficiente como para convertirse en una joven culta, guapa e intrépida. Que sepa navegar entre océanos de literatura. Que con los años pase de releer “El Principito” a conquistar “El guardián entre el centeno”, y luego bucee, si sabe aguantar la respiración, entre las simas de “La metamorfosis”. Alguien a quien nadie libre de vivir sus primeros y necesarios desengaños. Que asuma lecciones que sólo se aprenden de madrugada, abrazada a sus propias rodillas, mientras a su lado duerma ajeno el perfecto extraño en el que de pronto se haya convertido el príncipe azul que había creído conocer, o que un día vuelva a sostener en sus manos el pañuelo arrugado que un día cubrió los efectos de su enfermedad y decida entregar media vida ayudando a aquellos que en ese momento teman en juego la suya. Sería estupendo, pero no sé si sucederá.

No he vuelto a encontrarme con ella y no sé si lo volveré a hacer. Tal vez lo suyo no fuera tan grave, y su torpe vitalidad constituyera el mejor síntoma de que todo va a salir bien. A estas alturas de la película conozco perfectamente dónde se encuentran las palabras ánimo, esperanzao deseo en el diccionario, pero confieso que me resulta cada vez más difícil buscarlas. La vida va cubriendo de polvo y mugre ciertos vocabularios, y hace ya mucho tiempo que dejé de creer en los cuentos de hadas. En resumen, ignoro si tarde o temprano se cumplirá ese miserable pronóstico de que los angelitos vuelven al cielo o si, felizmente, todo saldrá bien y la pesadilla quedará atrás; pero al menos, me digo, a pesar de su breve existencia, a esa niña ya le ha dado tiempo a comprender el sentido de las palabras que aquella mañana me mostró subrayadas a lápiz. Las mismas que hoy, sentado en mi despacho mientras tecleo estas líneas, aún me resultan vetadas y que ahora que vuelvo a pensar en ella parece estar dirigiéndomelas a mí: “Cuando te hayas consolado (uno siempre termina por consolarse), te alegrarás de haberme conocido”.

VENCER SIN CONVENCER

El viejo se mesa la barba, revolviéndose incómodo en su asiento. Ya pasa de los setenta años y se siente cansado de cuerpo y espíritu. Pero no es eso lo que en realidad le perturba. Es su conciencia, falta de reflejos, la que le está consumiendo. Puede que haya servido de algo ante los demás, pero desde luego no para él, el arrepentimiento público que expresó hace pocos días por haber apoyado la sublevación de los fascistas contra la II República. Esos hombres enérgicos, tal vez algo autoritarios, en los que él creía haber visto a los regeneradores que encauzarían la terrible deriva que había tomado el país, se han revelado como salvajes ególatras cuya única intención parece la de querer aniquilar a todo el que no piense como ellos. Y, como siempre ocurre en estos casos, sus contrarios, fieles reflejos de su odio devorador, han comenzado a emplear los mismos métodos criminales y homicidas para defender el bando de su ideología republicana. Un recuerdo amargo aldabea de pronto la puerta de su memoria: hace días que no sabe nada de su buen amigo, el pastor anglicano Atilino Coco, condenado a morir fusilado por sus creencias religiosas. Agita la cabeza intentando alejar ese pensamiento, pero la realidad a la que regresa no resulta mucho más amable.

Un par de sillas más allá, sentado en el mismo estrado que él preside con ocasión del acto de apertura del curso académico, y que coincide con el Día de la Raza, el profesor don Francisco Maldonado está terminando su discurso. Sus palabras cargadas de veneno resuenan todavía entre el público del Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Cataluña y País Vasco, ha dicho, son cánceres de la nación que el fascismo, cirujano sanador de España, libre de falsos sentimentalismos, sabrá cómo exterminar, cortando en la carne viva.

No hables, Miguel, que nos conocemos, se repite a sí mismo mientras disimula su contrariedad haciendo como que toma notas en un cuaderno. Pero apenas ha terminado el profesor Maldonado su perorata cuando alguien grita, desde el fondo de la sala, “¡Viva la muerte!”. En un rincón del estrado, junto a las cortinas de terciopelo rojo, un soldado dormita, ajeno a todo aquello, con un fusil en su regazo. Está allí para acompañar y proteger al hombre tuerto, manco y con el rostro amargado que acaba de ponerse en pie.

–          ¡España! –grita, exaltado, el general Millán-Astray.

–          ¡Una! –responde al unísono el auditorio.

–          ¡España!

–          ¡Grande!

–          ¡España!

–          ¡Libre!

La madera del Paraninfo retumba bajo el tronar de los vítores y aplausos del público. El anciano profesor continúa garabateando el cuaderno. Se quita las gafitas redondas y con dos dedos aprieta la piel de su ceño, marcada por el fino metal de la montura. Por fin ha llegado el silencio, pero no dura demasiado. El ruido de la pluma del viejo cayendo pesadamente sobre las hojas lo quebranta.

–         Estáis esperando mis palabras –dice, levantándose lentamente-. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso (por llamarlo de algún modo) del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir lo mismo. El señor obispo –señala al tembloroso prelado de Salamanca, que aguarda en su asiento-, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, y aquí está para enseñar la doctrina cristiana que no queréis conocer. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao y llevo toda mi vida enseñando la lengua española, que no sabéis…

La tensión es insostenible. Millán-Astray golpea repetidas veces con fuerza el estrado mientras pregunta en voz alta: “¡¿Puedo hablar?! ¡¿Puedo hablar?!”, hasta que, fuera de sí, se levanta y exclama:

–         ¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!

Más gritos y vivas a España arropan al general que acaba de cuadrarse, incapaz de seguir hablando debido a la excitación, al tiempo que su escolta presenta armas. Al poco vuelve el mortal silencio. El anciano sigue en pie, imperturbable.

–        Acabo de oír el necrófilo e insensato grito «¡Viva la muerte!». Esto me suena lo mismo que «¡Muera la vida!». Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esta superioridad de espíritu es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada…

Millán-Astray no puede más, y ya fuera de sí grita:

–        ¡Viva la muerte! ¡Muera la intelectualidad traidora!

Pero el viejo Rector de la universidad aparenta no haber escuchado esas últimas palabras. Tan sólo le dirige una fugaz ojeada antes de continuar.

–    Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.

El Paraninfo se viene abajo. Los congregados insultan a un anciano Miguel de Unamuno, e incluso algunos de los presentes empuñan sus armas dispuestos a terminar con la vida de aquel vasco de izquierdas que creían hasta hace unos minutos un aliado del alzamiento nacional. Pero de pronto siente su brazo sujeto por una mano tan frágil como decidida. Se trata de Carmen Polo, mujer de Francisco Franco, en cuya representación ha acudido al acto. Junto al Obispo de Salamanca, ambos escoltan al viejo Rector hasta el coche para sacarlo de allí mientras son rodeados por una multitud que alza la mano derecha y entona consignas fascistas.

El 12 de octubre de 1936, la intransigencia y la muerte se dieron la mano disfrazadas de una ideología de derechas. Hoy, se siguen cancelando actos en universidades y fundaciones a causa de la coactiva y mutilada democracia de un fanatismo intolerante que ahora viste ropajes teñidos de una presunta izquierda y emplea argumentos basados en guillotinas o en incendiar las Cortes Generales, todo ello en medio del cómplice silencio de muchos agentes sociales. Vencer mucho y convencer poco, tan poco como lo que hemos aprendido en estos setenta y seis años.

(El discurso pronunciado por Miguel de Unamuno está basado en la versión narrada por el historiador Hugh Thomas en su libro «La Guerra Civil Española» (1978) Ed. Grijalbo).

FRONTERAS CANIS

No sé cuántas fronteras conocen, pero yo algunas. Y qué quieren que les diga, nada es comparable con nuestro producto nacional. Spain is different, y todo eso. Desconozco si han visitado alguna vez –por poner sólo un ejemplo- el paso fronterizo de Beni Enzar, en Melilla. Resulta difícil creer que unos pocos metros de tierra puedan separar de tal modo no ya diferentes culturas, sino universos tan radicalmente opuestos. Mundos en los que a un lado de la valla –les reto a adivinar cuál- todo son garantías, agarres de salva sea la parte con papel de fumar y oenegés babeando a la espera de la foto sensacionalista del guardia echando la bronca al pobre Mohammed, mientras que al otro, los atropellos a los derechos humanos, las amenazas y las coacciones y algunos delitos de lesa humanidad están a la orden del día. Y todo con la deliberada ignorancia de las mencionadas organizaciones teóricamente no gubernamentales. Por algún extraño motivo, no interesa ni vende girar la cámara de vez en cuando ciento ochenta graditos, grado más, grado menos, para dejar constancia de lo que sucede en ese polvoriento pedazo de tierra. Pero de este tema ya charlaré otro día, con más tiempo y más ganas. Las fronteras a las que hoy vengo a referirme no son las físicas, sino las que dividen a una sociedad.

 
Sin abandonar la urbe melillense, es un viernes cualquiera, alrededor de las nueve de la noche. Atravieso la Plaza de España de camino a un restaurante cuando recuerdo que voy justo de dinero. La ciudad no es muy grande, así que no he recorrido ni dos manzanas cuando me doy de bruces con un cajero automático. Sorteo unos andamios colocados estratégicamente en la fachada del edificio que se alza sobre la entidad bancaria y, una vez frente a la maquinita, me dispongo a sacar la cartera de mi bolsillo cuando de pronto noto la acera temblar bajo mis pies. Desconcertado, giro mi cabeza hacia todos lados y hallo la respuesta en el coche que acaba de aparcar a mi espalda. No reconozco la marca, sólo el color naranja chillón de la carrocería y una especie de aleta que recorre casi todo el techo. De su interior emana un humillo con olor a jardín fresco, y cuyas volutas ascienden sacudidas por la música atronadora que sus altavoces escupen. No estoy muy al día, pero es algún tipo de flamenqui-pop-rock-fusión-reggaeton, con una melodía y composición cuidadas hasta el detalle. Entre los cañonazos sonoros de graves y agudos me parece escuchar cómo un tipo con la voz arrastrada menciona algo acerca de azotar lentamente a su perra hasta el amanecer contra una pared, o algo así.
 
Del interior del vehículo salen dos chicas y un chico, que sin apagar el motor ni la música se sientan sobre el capó. Portan dos vasos de plástico, de esos de a litro, y aunque les juro que mi capacidad literaria se queda corta para describir sus atuendos, no quiero que digan que no lo intenté. Allá voy. Ellas, cintufalda de ancho imposible, top negro escotado sujeto con corchetes, botas de pluma y chaleco de flecos color rosa fucsia, una, y verde pistacho, la otra. La cresta oxigenada del chico, los pantalones de pitillo negros y el plumas tipo edredón de un blanco inmaculado, completan la nueva colección otoño-invierno del catálogo de los perfectos canis. El chico mete la mano por la ventanilla y baja el volumen de la música. Sus dedos amarillentos por el tabaco están saturados de anillos de oro comprados al peso con las figuras más variopintas. Mis tímpanos agradecen el regalo en forma de silencio, pero cuando el sonido de su conversación llega a mis oídos empiezo a desear que vuelvan a subir el volumen. Hasta arriba, a ser posible.
Alcanzo a escuchar que el chico se llama “el Isra” y la tipa que tiene abrazada y a la que taladra a intervalos regulares con la lengua hasta la garganta responde por “la Vane”. De la tercera, la que sostiene los cubalitros, no he escuchado su nombre, pero tiene toda la pinta de llamarse Jenny. La conversación gira en torno a la situación laboral de los tres perlas, y está salpicada de pitis, saeh qué te quieoh disí, a la niniah no le vasila nadie y un sonoro “poh me comeh la pepitilla” que, tras un buen trago al cubalitro, la tal Vane suelta, acompañado de una carcajada que deja ver el piercing de su lengua configurando un perfecto tres en raya con los otros dos que rematan sus labios. El Isra afirma convencido que estudiar le raya, que pasa de buscar curro y que todo le suda la hortaliza brasicácea (no todo iba a ponérselo fácil: cúrrenselo un poco y esto último búsquenlo ustedes).
 
Terminado el alto en su camino, el trío resplandor regresa al coche. Al agacharse para entrar, la cintufalda de Jenny resbala hasta límites inconfesables y un “XuLah PoR SueRTe, VaSiLoNaH Ta La MueRTe” me saluda desde el tatuaje de su rabadilla. La música vuelve a sonar a toda pastilla y vuelvo a reconocer sin dudas al tipo de la voz arrastrada, que ya va por darle lo suyo a la misma perra y de paso a su prima, pero esta vez de manera sabrosona y sin anestesia. No acabo de entenderlo muy bien, la verdad. Se alejan por fin, dejándome sólo allí, indefenso ante mi conclusión de que tal vez no toda la sociedad, pero sí una parte significativa de ella, hace ya mucho tiempo que se fue al carajo. Y es que siempre existieron listos y tontos, currantes y vagos, pero nunca hubo tanto refuerzo, tanto aplauso enfervorecido ni tanto reírle la gracia a aquellos que no sólo se revuelcan en su propia ignorancia, sino que además alardean de ello, convencidos –y ahí está lo grave, que el tiempo les da la razón- de que tarde o temprano el Estado, el político de turno o las oenegés de cualquier pelaje se partirán la cara por ellos para evitarles el justo acto de tener que afrontar las consecuencias de sus deliberadas carencias, no ya en historia o en matemáticas, sino en valores o esfuerzo. Allí estarán los pobrecitos, con sus manos extendidas para recibir clemencia, comprensión y de paso subvenciones pagadas ya saben con qué, mientras que a esa mayoría de jóvenes estudiosos y formados, lejos de premiarles por su sacrificio y los años empleados, se les castiga con un pasaje sólo de ida a otros países donde al menos se les garantiza un puesto de trabajo, a cambio, como no, de exigirles en todos los aspectos. Justo lo contrario que en nuestra “VaSiLoNaH SpAnYa”.
 
Hay culpas de sobra para repartir. Desde nuestros legítimos representantes –algunos carentes de cualquier formación que no sea la de arrimarse al sillón de cuero-, pasando por ciertos medios de comunicación –no hace falta mencionar a qué programas culturales está abonado medio país-, y terminando por unos educadores que hace tiempo arrojaron lejos la toalla aunque sólo fuera para que los energúmenos y complacientes papaítos de las criaturas no les agredieran con ella. Pero el resultado será el mismo: un país en el que los preparados se marchan y los incultos y apesebrados se quedan para formar parte de todos los estamentos sociales, donde la cultura, el diálogo y el respeto a otras opiniones que es lo que debe configurar una democracia se sustituyen por la remuneración fácil, la satisfacción por la propia incultura y la intransigente violencia como modo de obtener aquello que se desea. Hay otras fronteras aparte de las que separan países: también las que dividen, injustamente, una sociedad.
 
En fin, ya se han marchado y el silencio ha vuelto a la esquina donde aún me encuentro, y aunque en mis oídos todavía rechina esa pseudo-jerga en la que se comunicaban los chavales, al introducir la tarjeta por la ranura me consuelo pensando que al menos siempre nos quedará ese lenguaje formal y educado que se gastan las entidades bancarias, aunque sólo sea para clavárnosla por la espalda y sin previo aviso. En ello me estoy deleitando cuando, una vez dentro la tarjeta, en la pantalla del cajero automático me da la bienvenida un actualizado, enrollado y corporativo: “OLA K ASE”.

EL PICOLETO DE NOTRE-DAME

Imaginen la situación. Había llegado tarde y faltaban pocos minutos para que cerraran la catedral de Notre-Dame. El pretendido silencio de su interior era roto por el murmullo políglota del tropel de turistas que la visitábamos cuando, de pronto, como una visión irreal y fugaz, creí distinguir una figura que me resultaba demasiado familiar, moviéndose entre las sombras para terminar desapareciendo por el pasillo que conducía a la Sacristía. Aún sin creer lo que había visto, decidí permanecer allí apostado durante unos minutos, por si acaso aquel tipo volvía a salir. Y así fue.

Cuando estuvo frente a mí lo observé con detenimiento. Era un hombre alto y delgado, con el pelo muy corto y ademanes enérgicos. Vestía el uniforme de gala de la Guardia Civil, galones de alférez, y de su pecho colgaba una insignia que le identificaba como Sacristán General. Le saludé, con mi extrañeza e incredulidad como tarjeta de presentación, a las que correspondió invitándome a pasar a la Sacristía y ofreciéndome un vino dulce alrededor del cual mantuvimos una breve pero interesante conversación. Pero la tarde ya estaba avanzada y ambos teníamos prisa, así que, al despedirnos, mi anfitrión me propuso volver al día siguiente para visitar el templo.
 
Alboreaba la mañana en París cuando volví a Notre-Dame y allí estaba él, esperándome. En un perfecto español, el hombre me iba explicando los detalles del altar donde Napoleón se autoproclamó Emperador; la restauración de la que estaba siendo objeto François, el órgano principal de la catedral, o la composición de las vidrieras que forman los conocidos rosetones multicolores. Pero fue más tarde, recorriendo los mismos aleros y tejados –vedados al resto de turistas- donde Víctor Hugo imaginó el romance entre Quasimodo y la joven gitana Esmeralda, cuando el pasado y la imaginación se aliaron y Stéphane me contó su historia.
 
Cuando era niño, sus vacaciones transcurrían en el norte de España, entre la canícula del verano y su admiración por los guardias civiles que prestaban servicio en el puesto del pequeño pueblo. Años más tarde, como un detalle o un gesto entre camaradas, esos mismos agentes le regalaron su primer uniforme, y así, cuando el que había empezado siendo vigilante de seguridad del legendario templo fue nombrado Sacristán General de Notre-Dame, se aferró a una vieja tradición francesa: la que permite a quienes desempeñan cargos relacionados con la institución religiosa vestir uniformes o condecoraciones militares, comenzando así a lucir con orgullo el benemérito atuendo.
 
Los galones de Alférez Honorario y la Cruz al Mérito de la Guardia Civil llegaron más tarde, auspiciados por los agentes que prestan servicio en la Embajada de España en el país galo, los cuales, superada la sorpresa inicial al toparse con un compañero cuando visitaban el recinto religioso, comprobaban cómo ese hombre contribuía singularmente a difundir la imagen de la Benemérita en el lugar más insospechado, con emotivos detalles como establecer en un lugar preferente un Libro de Condolencias en memoria de los dos agentes asesinados por ETA en el mallorquín puesto de Calvià.
 
Han pasado ya varios meses desde que conocí a Stéphane y en estos días, cuando la catedral de Notre-Dame inunda los medios al celebrar su 850 aniversario, le recuerdo en el lugar donde le vi por última vez, contemplando la ciudad de París. En el alero de una de las torres, tras el tabique que nos separaba de Emmanuel, la gran campana de la catedral y única que se salvó de ser fundida para fabricar cañones en 1791. Ocho siglos como muda testigo de culturas que se enriquecieron o se asesinaron, según conviniera en la época, de guerras y luchas entre hermanos, y de sistemas políticos caídos en pos de una democracia que, como todas, poco o nada tuvo que ver finalmente con aquello que habíamos imaginado. 
 
¿Qué quieren que les diga? Un tipo así representa a la Guardia Civil como nadie. Y es que tenemos suerte de contar con los de verde. Porque, aunque al que suscribe también se le agarra un gato vivo al estómago cuando divisa en lontananza la inconfundible silueta de un guardia civil de Tráfico, a la hora de la verdad también sé quiénes están dispuestos a batirse el cobre por los demás. Que por encima de la legislación vigente, de la normativa de tráfico y del honor como principal divisa, el combustible de los picoletos –y de sus correspondientes cuerpos hermanos y primos- es ese maldito veneno que les inocula la vocación de darlo todo por los demás a cambio de casi nada. Y todo a pesar de tanto gilipollas – alégrense, en eso somos potencia mundial- practicando ese deporte tan de moda que consiste en rajar, vomitando espumarajos, de cualquier cosa que huela a policía, quejándose de represión y falta de derechos mientras lo cuentan en Twitter, en Facebook o en su blog personal. Los mismos a los que, cuando en sus casas los informativos abren con el crimen o la catástrofe de turno, les da un calambre de tanto apretar el culo y bajar la mirada, bien refugiaditos en su escaño o en su sofá de skay, respirando aliviados porque serán esos mismos “represores” los que estarán sobre el terreno jugándose el paño –y en ocasiones la vida-, y no ellos. Los mismos –advierto que lo que sigue no es mío, pero no he encontrado mejores palabras para expresarlo-, que no terminan de enterarse de que los guardias civiles vinieron a este mundo con la sagrada misión de salvarles el culo, pero no a besárselo.

PALADAS DE ARENA

Las palabras pueden ser un instrumento para expresar las cosas dulcemente. Cuidadosamente se escogen, se tallan hasta el detalle y por último se disponen de la manera más oportuna hasta lograr el efecto deseado. Pero también son un arma que sirve para llamar a las cosas por su nombre, y así es como el cuerpo me pide utilizarlas hoy. 

Sitúense. Ahora resulta que todos, desde el matón de Europa del Este con ínfulas de portero hasta el consejero de turno, se han vuelto unos expertos en seguridad de grandes acontecimientos. Repentino e infalible diploma obtenido al parecer en la misma academia a la que acudieron los indignados chavalotes que ahora se pasean sorbiéndose los mocos por todas las televisiones, protestando porque los machacas revestidos de la autoridad que les confería un chaleco reflectante del mismo tipo que yo guardo en la guantera del coche no les pedían la documentación ni les registraban las pertenencias. Habrase visto mayor muestra de desvergüenza y dejadez por parte de tan cualificados profesionales respecto a esos honrados jóvenes que siempre y sin excepción, en cualquier macrofiesta, aguardan, dóciles y pacientes, formando unas colas tan perfectas que son la envidia del régimen norcoreano, siempre identificados con su pertinente Documento Nacional de Identidad en la boca y mostrando sus bolsos y mochilas con el ruego, educado pero enérgico, de que el fosforito gorila las mire a fondo y sin dilaciones, no vaya a ser que sin darse cuenta porten un arma o instrumento peligroso cuya existencia no conocen más que de lejos, si acaso de alguna película para mayores de edad. Del polvito de la risa ya ni hablamos, faltaría más. Todo el mundo sabe, inocentes papis incluidos, que son otros –normalmente los amigotes del niño, que no son sanos ni de fiar- los que en cualquier descuido encestan con efecto parábola sabe Dios qué pastillita en su coca cola para luego descojonarse observando los efectos y mostrarle a la mañana siguiente los videos de sus inconscientes hazañas. Eso si el zagal no los descubre por sí mismo convenientemente colgaditos y comentados en internet.
 
Venga ya, hipócritas. Ni unos ni otros. Ni antes ni ahora. Como siempre, en España se reacciona mal y a destiempo, cada cual desde donde corresponda. Mesa camilla o poltrona, según se trate de ciudadano o casta política. Desde que a nuestros padres aún no les había crecido la pelusilla se han celebrado fiestas en las que la presencia de alcohol, el exceso de aforo y el matonismo de seguratas aficionados han brillado tanto como la ausencia de seguridad, de conocimientos y de supervisión por parte de unos organizadores que se han llenado los bolsillos en la absurda creencia de que nunca pasaría nada y con la criminal certeza de que, en caso de pasara, siempre habría a quien echarle la culpa.
 
Tema aparte son los políticos. Ni uno se salva. Los responsables, que por mirar para otro lado no se han dado cuenta de que cualquier macro evento es una bomba de relojería que, más temprano que tarde, todos los implicados se la pasan de mano en mano disimulando –sólo les falta silbar, maldita sea-, a ver si con suerte le estalla al panoli de turno, haciendo gala de una patente inutilidad que ni la legión de asesores pagados que siempre les acompañan en sumisa formación son capaces de solventar si no es a las bravas y legislando tarde y mal (se rumorea que para evitar futuras muertes de jóvenes en las macrofiestas, la Comunidad de Madrid se está planteando prohibir los jóvenes). Y por supuesto la oposición, por el ansia desvergonzada de utilizar un drama de este calibre para lograr lo único que les importa: dimisión del gobierno y escalada al poder, no vaya a ser que la próxima vez lo hagan mejor.
 
Legislación hay de sobra. Planes, procedimientos y protocolos de emergencias y evacuación, ni les cuento. Y profesionales formados y con experiencia para este tipo de casos, también. Pero siempre resulta más chachi el palmeo entre políticos y empresarios, el hoy por ti y mañana por mí, una seguridad deficiente con una vista e inteligencia directamente proporcionales a la longitud del corte de pelo que lucen los que la ejercen y una hipocresía a prueba de latigazos entre los mismos chavales que ahora protestan cuando sólo días antes montaban el pollo, de la mano de papi y mami, si a la policía fascista y represora se les ocurría darles las buenas noches cuando estaban reunidos en santa botellona.
 
La próxima vez entérense de qué va la vaina. Comiencen por educar a los ciudadanos, adultos y jóvenes, en cosas tan simples como deberes además de derechos y, más tarde, si les queda tiempo, coloquen en la pirámide de chupópteros al menos a quien le suene ligeramente lo que es la seguridad en sus distintas facetas de prevención y reacción. Así podrán evitarse futuras tragedias y ninguna personalidad tendrá que sumergirse en las aguas de un spa para evitar escuchar las últimas paladas de arena sobre los ataúdes, insoportablemente tempranos, de cinco niñas inocentes cuya sola intención fue la de ir a una fiesta inspirada en la muerte sin saber que sus entradas eran en primera fila.

BENDITOS PERROS. MALDITOS PERROS.

(Fotografía obra y cortesía de Raúl – @iblis76. Mi admiración y más sincero agradecimiento).

Debe de tener siete años, ocho a lo sumo. Pero su cuerpecito parece capaz de albergar toda la ilusión del mundo. Su padre intenta cogerle la mano sin éxito, pues el chiquillo no para de corretear por el camino de tierra, presa de un júbilo infantil que muy pocos son capaces de comprender. Se detienen ante la verja oxidada y una joven pelirroja sale a recibirles. Es atractiva, con una sonrisa amplia y fresca, la misma con la que asiste a los saltos y brincos del zagal que mira a su alrededor sin saber cuál de todas las direcciones posibles tomar. Con esa ternura sedante que sólo una mujer hermosa por dentro sabe inocular, sus manos delgadas rodean sus hombros y los tres se dirigen hacia un pequeño chamizo del que brota una caótica sinfonía de ladridos.

No es eso lo que buscan, comenta el padre con una mueca de desencanto. Demasiado grande éste. Demasiado peludo aquél. Nada que hacer. Siguen recorriendo las diferentes estancias con idéntico resultado. Hasta que por fin la joven se muerde una uña, nerviosa y dubitativa, sin decidirse a mostrárselo a los recién llegados. Vino en mal estado, tiene un carácter difícil pero en el fondo es muy bueno, tal vez con el tiempo… La amalgama de excusas sigue brotando de sus trémulos labios para presentarles al último de los refugiados. El perrillo no tiene raza, es un chucho cualquiera. En su morrete canoso convergen dos ojillos atemorizados que transmiten su temblor al resto del cuerpo. Nada más acercarse a él, el can lame desaforadamente la mano del niño, en un desesperado intento por apaciguar la forma humana que reconoce como la autora pretérita de tantas palizas y aún más dolor. Pero todo parece ir bien hasta que los deditos del chico rozan involuntariamente el lomo del animal, que se retuerce emitiendo un gañido. Apenas hay pelo en ese costado de color extraño. En su piel todavía resultan visibles las quemaduras que su anterior dueño le causó no hace mucho cuando le ató a un árbol, roció su enclenque figura con medio litro de gasolina y le prendió fuego acercándole una colilla. Al menos se hizo justicia, piensa la pelirroja, también con ese tajante coraje que sólo la mujer posee, y un guardia civil fuera de servicio pilló en el ajo al cabrón, aplicándole un juicio rápido con toda la contundencia legal de la que fueron capaces sus manos.

El niño abre mucho los ojos, fijos ahora en su padre, esperando un veredicto indulgente. Los dos adultos están pensando lo mismo: será caro el tratamiento, difícil resocializarlo y con suerte sobrevivirá un par de años más, a lo sumo. Pero ya es demasiado tarde. Todos los pretextos han perdido su utilidad, y Canelo, o Lucky, o como quiera que ahora se llame su nuevo amigo, abandona el refugio para animales estrenando la correíta que el zagal compró hace más de tres meses para cuando llegara el ansiado momento.

El sol del invernal mediodía brilla en lo alto y el padre camina llevando de la mano a un hijo que, aún sin saberlo, ya no es el mismo que cuando entró. Porque de allí ha salido más maduro y adulto, asumidos una responsabilidad y un compromiso afectivo que durarán el resto de su vida. Los ojillos del animal que ahora le escrutan, temerosos e ignorantes de su propia suerte, pronto serán los autores de una mirada fiel y constante, a prueba de estados de ánimo. Cuando esos mismos ojos sean pasto de la tierra y el polvo, cuando los ecos domésticos de sus jadeos y ladridos se hayan extinguido para siempre y sus juguetes floten, huérfanos y desolados, sobre las baldosas de la habitación vacía, seguirán ahí buscándole, comprendiéndole, amándole. Claro que para entonces él se habrá convertido en un hombre fuerte, no necesariamente de físico pero sí de carácter, sabedor del significado de la amistad, el sacrificio por el compañero, el amor sobre todo a cambio de nada y el dolor por la pérdida del más fiel camarada. El mismo dolor que le hará jurarse a sí mismo no volver a cobijar a ningún otro perro, promesa que muy pronto incumplirá, abriendo de nuevo las puertas de su hogar y su alma a un nuevo amigo junto al que envejecerá. Y con el paso del tiempo, contemplado desde los años y la distancia, un día cualquiera se acercará a él y le rascará la oreja, logrando esquivar los lametones pero no su mirada, la misma que le hará preguntarse si no hubiera sido mejor no conocer jamás la alegría para, a cambio, no tener que descubrir la tristeza. Y mientras piense sobre todo esto, concluirá: Benditos perros. Malditos perros.

LA ESCARCHA DE LA MEMORIA

Sus ojillos contemplan ávidos cómo los míos recorren incansables los viejos lomos que pueblan las estanterías de la biblioteca. Auténticas joyas de la literatura dieciochesca se mezclan con viejos tratados de principios del siglo veinte sobre urbanismo y buenas costumbres que hoy parecen ya olvidadas. Nota en mis dedos el ligero temblor que imprime un delator tintineo al platillo y la taza donde se extinguen los posos de un amable café.

–          ¿Sería posible conocer el pueblo? –pregunto.
 
El viejo se muerde los labios. Contempla los restos aún aprovechables de la colilla que se consume entre sus dedos nervudos, considerando la situación, para terminar aplastándola contra el cenicero y darse la vuelta con un gesto inequívoco de su mano.
 
Rubielos de Mora, Teruel. Por estas latitudes, el sol y los cantos de pájaros no son los mejores compañeros para un largo paseo. Justo al contrario, lo bueno del inmisericorde frío es que obliga a dosificar las palabras, ahorrando expresiones inútiles y comentarios corteses. De manera que cuando una boca se abre en medio del insufrible helor uno puede estar seguro de que lo que va a escuchar tiene su utilidad y su por qué. De eso trata hoy la cosa: de una conversación interesante y, por qué no, de un poco de historia.
 
Salimos a la calle y caminamos sobre el silencio que rompen los guijarros húmedos crujiendo bajo nuestros zapatos. La bufanda de lana me devuelve el tibio aliento de mi propia respiración y, enterrados entre la gorra y su chalina, los ojos de Mateo parecen más pequeños y ausentes que nunca. Es al llegar junto a un viejo portón de madera cuando lo señala con una mano y sus pupilas vuelven a arder de nuevo.
 
–          ¿Por qué dos? –me pregunta.
 
Miro desconcertado ambos picaportes, uno a escaso metro y medio del suelo y el otro bastante más elevado, como a unos dos metros largos.
 
–          ¿Por qué dos? –insiste. Y antes de que pueda responder, aclara:- Si el visitante era noble llegaba a caballo y utilizaba el llamador de arriba. Si, en cambio, era pobre, acudía a pie y tocaba el de abajo. Así, por el sonido, el servicio distinguía a la nobleza del pueblo llano y se daba más o menos prisa en abrir.
 
Seguimos nuestro paseo mientras medito sobre sus palabras y pareciéndome que Mateo sonríe ahora bajo su abrigo. Recorremos el sinuoso trazado de calles empedradas bajo faroles en cuyos techillos se alzan pequeñas figuras metálicas, todas distintas. Una silla con su guitarra, una guadaña, dos hombrecillos corriendo,… hasta llegar a la Iglesia de Santa María la Mayor, cuya silueta esbelta y lóbrega se recorta sobre el fragor de las luces rurales que el cielo encapotado refleja sobre el pueblo.
 
–          ¿Te suena? –me dice elevando el mentón hacia la torre del campanario.
 
Entorno los ojos para estudiarla durante unos segundos, sin resultado.
 
–       Se parece mucho a la de la iglesia de Llodio, en Álava –dice-. Es obra de un vasco, Pedro Embuesa. Figúrate si viajó lejos para construirla.
 
Sigo caminando y al cabo de varios metros me doy cuenta de que Mateo ya no me sigue. Giro mi cabeza y ahí está, en el mismo sitio, iluminado su rostro por los pequeños chasquidos del mechero con el que intenta prender otro cigarrillo. Cuando por fin lo consigue, vuelve a elevar la vista en dirección a la torre y exhala profundamente mientras su hálito asciende mezclado con el humo blanco y denso que sale de su garganta. En mi cabeza sigue rondándome una pregunta. ¿Cómo un pueblo tan diminuto alberga tantas casas señoriales? Se lo hago saber, da otra calada al cigarrillo y la risa le hace toser roncamente. Entonces, como si hubiera recordado algo súbitamente, llega hasta mí, me coge del brazo y recorremos algunas calles más hasta llegar al Ayuntamiento. Allí me muestra la escultura de hierro negro que nos observa desde el umbral.
 
–      Ahí tienes la explicación –me dice-. Pedro IV, el del puñalico. Bajito y con mala leche, pero ¡ay amigo! Fue él quien nos otorgó el título de Villa hará unos setecientos años, y para repoblar la localidad la liberó de tributar impuestos. ¿Qué crees que hicieron los nobles? Venir en tromba y construir aquí sus palacetes. Los mismos que acabas de ver.
 
Cuando regresamos a casa, en el salón esperan Alfonsa y mis Ojos Azules. A pesar de la diferencia de edad y cada cual por sus razones, a Mateo y a mí nos resultan las mujeres más hermosas del mundo. Colgamos los abrigos en el perchero y tomamos asiento junto a ellas en la mesa camilla. Mi mujer me sonríe, y en sus enormes ojos se confunden el fulgor de la lumbre con el destello rojizo del vino que aún aguarda en su copa. Alfonsa no puede evitar echar otro vistazo a la foto de Javier, que asiste a la reunión con su eterna sonrisa en blanco y negro detenida tras el cristal del marco. Me quedo mirando a Mateo, su rostro fijo en el fuego, y pienso en todo lo que me ha ido contando durante la caminata. En que ya por aquel entonces los picaportes servían para dividir a las clases sociales; en iglesias aragonesas rematadas con fe y generosidad por vascos, antecesores de los mismos que ahora matan en su inventado nombre y memoria; en exenciones fiscales para ricos que hicieron de esta comarca el Eurovegas del siglo XIV. Y entonces comprendo lo que anda rondando por la cabeza del abuelo Mateo, que en ese momento le habla a su hijo difunto sin atreverse a mirarle a la cara. Si tú supieras… –le susurra-. Si tú supieras, desde que te moriste, hijo mío, lo poco que ha cambiado esta historia. Esta misma, mísera y puta historia…

LA LITERATURA DE LA SOLEDAD

En ocasiones las mañanas se desperezan sin terminar de decidirse sobre si echarse el tabardo gris o despejarse por completo. Pero en esta época del año confieso que me da igual. Cualquier clima y momento es bueno para pasear por esta hermosa ciudad mediterránea un fin de semana cualquiera y empaparse de la vida del barrio, esa que aun entendiendo de crisis no deja que se le note.

Y en ello estoy, escuchando el rumor apagado de mis pasos tempraneros mezclándose con el ruido de las persianas metálicas que comienzan a abrirse. Cierto que algunas se mantendrán cerradas y polvorientas, pero en los rostros de los demás tenderos no se refleja otra amargura que la exhalada por el café recién hecho en un pequeño bar junto al mercado de abastos. Paso al interior del local para tomarme uno y apuesto por desayunar con la noticia-disparate del día, aunque no me es posible: un parroquiano hojea con codicia y al mismo tiempo los únicos dos periódicos disponibles. Me conformo, pues, con repasar el de antes de ayer, que agoniza en su rincón invadido por manchas pardas y migas de magdalena. Qué más da, me digo, los relatos sobre picaresca y trinque no entienden de fechas, gozan de intemporalidad. Eso sí, mantengo una discreta vigilancia sobre el tipo que dos mesas más allá sigue cotejando con rápidos movimientos de cabeza las secciones de deportes de ambos periódicos abiertos de par en par.

El análisis comparativo de mi vecino de mesa puede con mi paciencia, así que termino mi café y salgo a la calle para continuar mi paseo. Rodeo el edificio del mercado en cuyas puertas se agolpan las vendedoras de flores y camino hasta la parte de atrás, donde se ubica una plaza con suelo de acera gris y pegotes negros que alberga un par de farolas y varios bancos vacíos y destartalados.

La vida está llena de elecciones sencillas. Si o no. Arriba o abajo. Izquierda o derecha. Hacia cualquiera de esas direcciones podría dirigir mi vista cuando atravieso la plaza pero en vez de eso mis ojos se posan en él. Cincuentón, pantalones vaqueros gastados, un jersey de cuello de pico de color marrón y la barba canosa de tres días pugnando por emerger de su piel rojiza. Aún no parece vencido del todo, aunque su demacrado aspecto y la hinchazón de sus manos sugieren que no sólo de café vive ese hombre sentado en uno de los bancos, en cuyo respaldo figura un nombre, Rebe, pintado con un espray de color rosa. Él está sentado en el otro extremo, como si albergara la esperanza de que alguien pudiera ocupar el amplio margen de madera que su cuerpo viejo y orondo cede al vacío. Junto a él, una pequeña mochila. En ella hurga precisamente cuando paso a su lado. Me dirige una mirada de soslayo, prestándome la atención instantánea y fugaz de quien está acostumbrado a ver girar el mundo a su alrededor sin concederse una brizna de mutua importancia. Y es justo al sobrepasarle cuando del interior de la bolsa saca tres libros, vuelve a mirarme y sonríe con un guiño de complicidad para volver a bajar la cabeza y humedecer su dedo índice antes de enviarlo a bucear de nuevo entre esas páginas aparcadas.

No puedo ver la portada, pero de entre los otros dos libros que aguardan debajo, entre sus dedos inflamados y sucios distingo un título en el lomo: Beltenebros. Y me quedo allí, contemplándole, cuando en realidad ya hace horas que me he marchado de aquel lugar, pensando cómo las cosas simples acaban por adoptar una complejidad que las vuelve realmente difíciles de entender. Me pregunto qué habrá sentido ese hombre cuando sus ojos hayan recorrido la atmósfera oscura y sin esperanza del libro, si habrá recordado, al desmenuzar esas líneas, los momentos de su vida en los que sin duda sintió la congoja y la traicionada extrañeza del Capitán Darman regresando a un lugar tan hostil y distinto al que un día conoció, o si tal vez su arruinado presente es a causa de su propia ceguera, tan profunda y malvada como la que afectaba a Valdivia. Si tuvo un negocio, o una vivienda, y tras el desahucio, antes de alejarse, también miró por última vez las mismas maderas con forma de aspa clavadas “con una saña definitiva de clausura”. Y cómo ahora se arrincona, voluntario y abandonado, en una esquina del banco desvencijado donde el vacío que ocupa ese nombre garabateado le hace imaginar que algún día su particular Rebeca Osorio pueda perdonarle y salga a cantar por última vez para él.

A pesar de sus posibles errores, de su mala suerte y de su certera miseria, en ese fugaz instante en que nuestras miradas se han cruzado me estremezco pensando en que ninguno estamos a salvo de nada, pero me consuela saber que tal vez al leer esas mismas páginas, cuando haya llegado al epílogo y la arqueología de esa historia, su historia, habrá concluido la misma lección que Muñoz Molina desgrana en el momento en que la tinta de su pluma expira: que un libro, como un gesto, como la propia vida –añado yo- es irreparable y que, llegado el caso, uno no se cura de ellos corrigiéndolos, sino escribiendo otros.