CRÍTICA LITERARIA: La ciudad y los perros

Obra: La ciudad y los perros

Autor: Mario Vargas Llosa

Año de publicación: 1963

Ocurrió durante uno de mis viajes a Madrid. Viajaba de pie en el Metro cuando descubrí a mi espalda uno de esos cartelitos adheridos a la pared de los vagones con el pretexto de fomentar la literatura.

“Comencé a escribir La ciudad y los perros en el otoño de 1958, en Madrid, en una taberna de la calle Menéndez y Pelayo llamada El Jute, y la terminé en el invierno de 1961, en una buhardilla de París (…)”. De esta manera su autor, el peruano Mario Vargas Llosa, narraba el periplo que supuso el parto de su primera novela. El texto continuaba, pero para entonces yo maldije el haber llegado tan pronto a mi destino. Me había atrapado no ya la historia, que no conocía, sino el relato del andamiaje sobre el que se asienta la creación de una novela. Cuando abandoné el subterráneo, las calles de Madrid sólo eran rutas hacia cualquier librería que pudiera saciar mi curiosidad insatisfecha. He de confesar que por aquél entonces con el Nobel peruano me pasaba lo mismo que a Sofía Mazagatos: le seguía mucho pero aún no había leído nada de él. Hasta que el resto de la historia llegó a mis manos.

Todo en esa novela parecía difícil. Empecemos por la escritura. Así lo expresaba su autor en una carta escrita en 1959 a Abelardo Oquendo:

“En la novela avanzo y me retuerzo. Me cuesta mucho trabajo… Me paso horas enteras corrigiendo una página o tratando de cerrar un diálogo y de pronto me lanzo a escribir sin parar una docena de páginas. No tengo la menor idea acerca de cómo está saliendo, pero me siento embriagado. Escribir es lo único realmente apasionante que existe”

Descubrir estas palabras resultó vital para mí. El fracaso, la mediocridad, la aceptación o la consagración han de cimentarse necesariamente en la misma raíz: el esfuerzo, el sacrificio y la constancia. La abnegada dedicación del escritor que en su elegida soledad se desespera por la coma innecesaria, la palabra adecuada y la expresión perfecta.

Pero una vez terminada, el escritor peruano se lanzó a la búsqueda de un título adecuado que la definiera y a la vez fuera capaz de soportar la enormidad, y a un tiempo la dureza, de la historia que contenían sus páginas. Comenzó llamándola La morada del héroe, y más tarde Los impostores, pero fue su amigo, el crítico José Miguel Oviedo el que, tras alguna tentativa fallida, le sugirió La ciudad y los perros, título que finalmente adoptó para la novela.

Tras diversos intentos, el manuscrito de 1200 páginas fue a parar a manos del editor catalán Carlos Barral quien, a pesar de haber recibido demoledoras críticas sobre ella, sugirió a Vargas Llosa que la presentara al Premio Biblioteca Breve, que ganó merecidamente. Así, en 1963, la editorial Seix Barral, sorteando con habilidad la censura franquista, logró la publicación en España de la primera novela de Mario Vargas Llosa. Además, fue galardonada por el Premio de la Crítica Española y estuvo a punto de ganar el Premio Prix Formentor, que perdió por un solo voto. Ha sido traducida a decenas de idiomas.

La ciudad y los perros es la historia de un grupo de alumnos del Colegio Militar Leoncio Prado, situado en La Perla, Provincia Constitucional del Callao, Perú. La formación secundaria que allí se da incluye los cursos de tercero, cuarto y quinto año. Perroses el apodo que reciben los cadetes novatos de tercer año. La trama se basa en una profusión notable de personajes cuyas vidas se entrecruzan entre sí. Es una historia sórdida, abandonada a la soledad que aúna las acciones duras y descabelladas con los enormes monólogos interiores de algunos de sus protagonistas. El Poeta, el Jaguar, el Esclavo,… todos ellos son simples alumnos con un pasado y un presente tan distinto que a pesar de dormir en literas pegadas las unas a la otras, están separados por abismos insondables que les pondrán a prueba y llegarán a cobrarse el honor, la moral, la libertad y e incluso la vida de uno de ellos. Desde los fríos amaneceres ambientados en la sempiterna niebla que cubre siempre el colegio junto al mar, narrados con tal habilidad por Vargas Llosa que logra inocular en el lector la sensación amarga de tener que pasar un nuevo día en el centro castrense, hasta las noches inútilmente controladas por la férrea guardia de los soldados de la Prevención y que son en realidad los únicos momentos del día en que los alumnos se liberan de su inhibición y se constituyen en fieros luchadores, hábiles jugadores o escritores inmorales lo mismo de cartas por encargo para las novias que aguardan en sus ciudades de origen que de textos eróticos que logran aliviar la soledad de un pelotón de hormonas encerradas y uniformadas. Una novela eminentemente simbolista, aunque con trazas realistas, costumbristas y urbanas. Una nomenclatura perfecta de palabras tersas, apagadas, rebeldes y chillonas que consiguen dibujar un lienzo tan irregular y apasionado como los fantasmas que aguardan apostados en el fondo de cada una de nuestras vidas.

Gustave Flaubert decía que para leer hay que tener verdadero talento. Tal vez por esta razón, cuando terminé de leer la novela una tarde de septiembre me sentí emocionado. No por haber descubierto por fin su resolución sino porque sus últimas frases nos colocan ante un espejo de dos imágenes. La primera, la íntima humillación de un lector confundido durante toda la narración. La segunda, el orgullo de haber sido engañado por la maestría de un Vargas Llosa que logra llevarnos de la mano hasta descubrir a un personaje narrador que en mi candidez jamás habría deducido. Aunque afortunadamente tampoco estuve sólo en esto. Me reservaré los detalles para no estropear el final a quien aún no haya disfrutado de esta magnífica historia, pero durante una visita que el escritor realizó en México a un crítico francés, éste le comentó que se sentía fascinado por la acción que uno de los personajes de la novela había realizado. El autor le aclaró que en realidad no era esa acción y sí otra la que el personaje había cometido, respondiéndole el crítico: “Usted se equivoca. Usted no entiende su novela”. A pesar de que, con posterioridad, Vargas Llosa confesó haber escrito esa trama según su propio criterio, también comprendió la maravillosa revelación que nos ofrece la literatura: En realidad nadie lee el mismo libro, cada cual vive la historia a su manera. La magia de la creación literaria se da cuando la verdad del lector importa más que la del escritor. Ahí es cuando la obra adopta una vida propia.

CUESTIÓN DE CHAQUETAS

Querida Naroa:
 
La cena del viernes fue la primera vez que nos vimos y supongo que también la última. Tu encantador estilo y tus inmensos ojos verdes se esfumaron cuando te levantaste de la mesa y te fuiste de pronto, casi sin despedirte. Al menos nos dio tiempo para intercambiar nuestros números de teléfono, pero sospecho que no volveré a saber más de ti. Pero aunque así fuera, explicar por whatsapp lo que no pude terminar de contarte a los postres resultaría torpe además de inútil. Por eso te escribo esta carta.
 
La palabra política es tan fea que cuando se agrega a otra palabra tan bella como es madre la convierte en suegra. La frase del humorista Roberto Gómez Bolaños refleja brillantemente la situación que vivimos y que fue objeto de nuestra discusión. No recuerdo quién sacó el tema, lo cual no tiene nada de extraño porque hoy en día cualquiera habla de la crisis, lo mismo sentado en un escaño del Congreso que en el taburete de cualquier bar. Estuvimos hablando sobre la situación económica y comentamos algo sobre los recortes, los cuales, convinimos, son directamente proporcionales a los privilegios de la casta política. Debió de ser el vino, pero una cosa nos llevó a la otra y cuando surgió  el tema del 15-M en tus bellísimos ojos –no puedo evitar recordarlos, disculpa- brilló un destello de orgullo cuando me confesaste tu participación en la comisión jurídica.
 
Ése fue mi fallo, lo admito. Ir más allá de las cuatro consignas que traías aprendidas de casa o de la facultad, qué más da. La cosa es que no lo encajaste bien. Pregunté cómo era posible que los letrados de la autoconstituida comisión ignoraran deliberadamente toda la legislación vigente relativa a reuniones y manifestaciones, que no es sino el desarrollo del derecho y a la vez de los deberes que recoge la Constitución. Que paralizaran la libre circulación de millones de ciudadanos en las plazas públicas y perjudicaran a los comerciantes (también ciudadanos) pese a sus constantes ruegos y protestas. Tu respuesta fue contundente: no estabais de acuerdo con esa ley. Ahí empezó nuestro desencuentro.
 
Imagina que cada vez que alguien considerara injusto el ordenamiento jurídico, en lugar de plantear democráticamente los cambios que considerara oportuno directamente se lo saltara. Que aparcara en reservados para minusválidos o frente a salidas de emergencia sólo porque estimase abusiva la normativa de tráfico. Que estuviéramos expuestos a que cualquiera zanjara una discusión cotidiana sobre cualquier tema pegándonos un tiro con una pistola adquirida sólo porque no está satisfecho con la seguridad que el Estado le ofrece ni con el reglamento de armas. O que, de esto ya existen antecedentes, asaltaran supermercados que consideran capitalistas con la peregrina excusa de ofrecer los alimentos robados a los comedores sociales. Comedores, por cierto, que se rigen por una normativa muy precisa y que ya se desgañitaron para explicar que nadie había dado vela a esos cuatro adalides de la justicia en este entierro.
 
Tal vez lo anterior pueda parecer complicado, Naroa, pero no lo es, créeme. Desde el momento en que cuatro o cuatro mil, da igual, se creen con derecho a repartir los carnés de demócratas, entonces la cosa peligra. Y mucho. Porque aunque te cueste admitirlo, y te aclaro que estoy de acuerdo contigo en lo injusto de este sistema, de la actuación de los bancos y de la poltrona de la casta política (¿quién puede no estarlo?), sois pocos los que actuáis así. Muy pocos, aunque hagáis mucho ruido. Por eso, a pesar de que los telediarios abran con vuestras caceroladas, continúen con vuestras manifestaciones constantes y cierren con vuestras denuncias contra el sistema, por eso, Naroa, jamás se ha logrado en este país un cambio político significativo en casi cuarenta años de bipartidismo y ciertos partidos no obtienen los votos suficientes como para que el mismo Sistema D´Hont que tanto critican les favorezca descaradamente. Porque en millones de hogares habitan personas muy jodidas con la crisis y sus consecuencias. Las mismas personas que, nos parezca bien o mal, se sienten españolas, no ya de izquierdas o de derechas sino de una amalgama interminable de combinaciones más o menos ideológicas que contemplan sus propias ideas. Y cuando varios miles pretenden hacerse pasar por la voz de otros tantos millones, y éstos no ven en las protestas y manifestaciones ningún proyecto ilusionante, moderno, actual, sólo la rancia profusión de banderas republicanas y nacionalismos insolidarios, entonces algo les huele mal y recuerdan los primeros recortes de un gobierno de izquierdas, cuando callabais, domesticaditos, hasta que palpasteis el latido del cambio hacia la derecha en la futura cita electoral, y os echasteis a la calle sin ofrecer, por desgracia, otra alternativa que el mismo refrito del puñetero y estúpido revanchismo español. En otras palabras, esos ciudadanos concluyen lo que las urnas demuestran legislatura tras legislatura: que es un simple quítate tú para ponerme yo.
 
Mencionaste a ciertos partidos de izquierdas como alternativa. Podría ser. Si no fuera porque tampoco renuncian a sus prebendas vitalicias no ya para ofrecer caridad (en palabras de Llamazares), sino por dar un maldito ejemplo que nos convenciera de que, a diferencia de otros, basan su existencia en hechos y no en desgastadas promesas. Partidos que cuando han tenido la llave para que otras formaciones conquisten la alcaldía en varios municipios han sorteado con medias verónicas la responsabilidad en educación o asuntos sociales para hincarle el diente a la jugosa concejalía de urbanismo. Vaya por Dios. Hasta contemplé con esperanzada curiosidad al partido que llegó a la Junta de Andalucía prometiendo justicia e imparcialidad en el millonario escándalo de los EREs y que ahora pastelea con maniobras sucias y pasilleras para que sus socios de gobierno salgan indemnes de tamaño disparate. Te apuesto otra cena, Naroa, a que políticamente todo queda en nada. Mismos lobos, distintas pieles. La pena de todo esto es que, como es habitual en España, los partidos no ganan las elecciones sino que son los gobiernos los que las pierden. Y como consecuencia natural de este axioma, tarde o temprano otra ideología será aupada al poder y cuando, como así ha sido en nuestra historia, cometa desmanes y abusos con vuestro silencio cómplice, todo seguirá igual hasta el próximo cambio, cuando volveréis a rebrotar con energías renovadas. Qué poco habremos ganado y cuánto perdido para entonces.
 
No cometas el tremendo error de tomarte esto como una defensa de la derecha. Al contrario, le sobran ejemplos de corrupción y de desvergüenza. Simplemente intento explicar lo que ni tú ni otros tantos querréis aceptar nunca: que muchos no tragan con vuestra simplista versión del problema. Supongo que por eso aplaudíais en vuestras asambleas agitando las manos al aire. No hay más sordo que el que no quiere oír.
 
A día de hoy no existe una opción veraz. Nadie, ni la derecha, ni la izquierda ni la puta que los parió han demostrado algo distinto a la adicción a la poltrona, al dinero, al coche oficial o a la prebenda barriobajera. Nada que convenza a esos millones de electores que democráticamente son de izquierdas o de derechas y que no se sienten representados por esos chimpancés descerebrados que levantan el brazo y el águila de San Juan mientras compiten por ver quién grita más fuerte “Viva España”, pero tampoco por una simbología republicana caduca, con olor a naftalina de posguerra y que parece no tener en cuenta que una república no convierte automáticamente a todos sus ciudadanos en progresistas de izquierdas (¿te suenan los Estados Unidos?).
 
Piensa en lo que te estoy diciendo, Naroa. Sé crítica con todo el sistema, no sólo con el de ahora sólo porque es de derechas. Mañana será de izquierdas y yo quiero seguir viéndote ahí, defendiendo con la misma pasión aquello que crees que es justo y cuestionando los desmanes y errores del gobierno de turno. Entonces me creeré tus ideas. Y tú habrás dejado de arrogarte el papel de representante única del pueblo sólo porque a las manifestaciones acudís cientos de miles, del mismo modo que de la ingente cantidad de hinchas del F.C. Barcelona o del millón y medio de asistentes durante la última visita del Papa a nadie se le ocurriría la estupidez de inferir que toda España es católica y del Barça.
 
De veras que lamento no haber podido disfrutar lo suficiente de tu compañía y tus argumentos, amiga mía. Es desalentador estar tan de acuerdo en el fondo pero tan alejado en las formas. No obstante, quedo a la espera de tu respuesta o de un próximo reencuentro, que tal vez se produzca en una manifestación a la que acudiremos juntos. Una manifestación en la que espero ver algún día una bandera, una sola, de España, sin que su portador sea abucheado o amenazado. Donde todas las ideologías democráticas estén representadas por conciudadanos, y no por simples adversarios de la consabida guerra de chaquetas rojas y azules que es este disparate en el fondo. Cuando una sola manifestación del 15M logre esto, entonces yo, y algún que otro millón de ciudadanos, estaremos ahí. Mientras eso no ocurra, no tengo más remedio que responderte con ese eslogan que tanto te gusta y que quiebra tu dulce voz después de cada manifa. El único con el que todos parecemos estar de acuerdo: que no me representáis. Que no.

ELEGIR A DEDO

Querida Olvido:
Todo por un simple dedo. Puta y zorra te llamaron, ya ves, aquellos cuya indigencia mental les lleva a desconocer el significado real de ambas palabras. Ninguna de las dos se te puede aplicar: la primera porque no comerciaste con nada y la segunda porque ni siquiera tuviste la astucia de olfatear a tu presunto enemigo teniéndolo tan cerca. Pero errar es humano, ni siquiera eso se te puede objetar.
Has tenido un desliz, eso es cierto. Y no me refiero al video, sino al error de precipitar un amago de dimisión sólo porque te derrumbaste ante las plañideras que lanzaban espumarajos, incapaces de admitir que sus representantes políticos gocen de su sexualidad. Menos mal que recapacitaste. Ya has comprobado que la estupidez no conoce de izquierdas ni de derechas. Puta y zorra te gritaron en el Pleno, no lo olvidemos. Los mismos que parecen haber olvidado ese aforismo que afirma que cuando te señalan con un dedo los otros tres apuntan hacia ellos. Puta y zorra, vocearon mujeres que, o bien no hacen dedo y esa energía indómita y natural la queman jodiendo al prójimo o, si lo hacen, emplean con toda seguridad dos o tres o hasta donde les dé el asunto. Puta y zorra, gritaron hombres que olvidan que si tú utilizaste un dedo, ellos usan los cinco. Con la sana excepción de quienes emplean alguno más por salva sea la parte. Pero no me hagan señalar.
Haz honor a tu nombre y olvídalo todo. La difícil tarea que tú y tu familia tenéis por delante es mucho más importante y delicada. Recuperar la confianza en vez de una honra que nunca perdiste. En cuanto a esa panda de analfabetos emocionales que aportan escandalizados madera para tu hoguera al mismo tiempo que aplauden babeantes las gracias de otros políticos que se trajinan no solamente lo suyo sino también lo de los demás, déjame decirles que si tengo que decidir entre eso o el derecho de una señora –que por cierto está estupenda- a ejercer libremente su sexualidad, elijo lo segundo. Y lo elijo porque sí. O sea, a dedo.

AQUEL JODÍO LEJÍA

(Fotografía extraída de la página web www.culturandalucia.com. Recopilación de Milagros Soler)

Mi memoria aún es joven, no conoció bandoleros. No al menos a aquellos tipos al uso, tabardo y trabuco en ristre, que saqueaban a quienes caminaban por las veredas de Sierra Morena. Lo mismo daba un mercader honrado que un político a secas. Cualquier bolsa que hiciera clinc clinc era buena, y de eso sabían y saben mucho cualquiera de los anteriores.
Pero a lo que iba. El caso es que mi memoria –como la de ustedes, supongo- es asaltada con cierta frecuencia por otro tipo de bandidos que esperan agazapados para adueñarse de ella en el momento más inoportuno. Estoy hablando de los recuerdos. El último asalto ocurrió no hace mucho, durante una de esas tardes apacibles y frescas que le ríen las gracias al veranillo de San Miguel.

A mis manos había llegado una vieja fotografía de la estación de tren de Almería, con su fachada de hierro y cristal como sigiloso testigo de las partidas, sueños y regresos de miles de legañosos durante más de un siglo. El mismo edificio parecía algo irreal entre la niebla aquella noche de noviembre de 1996. En mi maleta no portaba más adultez ni experiencia que los escasos dieciocho años que mi DNI acreditaba. Tomé el Expreso Nocturno que hacía la ruta Almería – Cádiz para cruzar esa extraña e irrepetible frontera entre la niñez y la hombría que llamaban la mili. Supongan que no me llegaba la camisa al cuello y acertarán de pleno. El compartimento daba para seis camas agrupadas en dos literas, descarnadamente aprovechado el escaso espacio. El tren arrancó y a mi propia oscuridad se fueron sumando rostros desconocidos que surgían en la penumbra, brasas furtivas de cigarrillos y murmullos roncos e ininteligibles. Un bocadillo y un refresco que mi estómago cerrado se negó a terminar y se hizo el silencio en aquella diminuta estancia.

Arrebujado en mi catre sentía una enorme congoja, una suerte de miedo terrible que pugnaba por traspasar mi piel y adueñarse de mí. Sólo rompía aquel silencio algún ronquido furtivo de mis desconocidos compañeros de habitáculo. Serían ya las dos o las tres de la madrugada cuando escuché unas voces alegres y escandalosas que llegaban del exterior. No podía dormir de todos modos, así que me levanté y recorrí el angosto pasillo acompañado tan sólo por el juego de luces y sombras que desfilaban, fugaces y tenebrosas, por las ventanillas polvorientas del tren.

El descansillo entre los dos vagones oscilaba terriblemente a cada curva. El fuelle de goma que recubría su interior se contraía y ensanchaba como si diera sus últimas bocanadas y sobre la plataforma tres legionarios intentaban mantener el equilibrio más que de sus propios cuerpos de las cervezas que sostenían con asombrosa habilidad. En realidad yo no podía verlas, pero sí escuchaba la veloz sucesión de efervescencias que emanaban de las latas al abrirse, una tras otra. Sus cabezas afeitadas se recortaban sobre la tenue luz naranja de servicio del vagón contiguo. No me atreví a interrumpirles pasando entre ellos, así que me hice el disimulado haciendo como que miraba por la ventana. Uno de ellos hablaba más que ninguno. Al principio no entendí lo que decía, pero al poco sus palabras se fueron aislando del sordo traqueteo del aquel viejo tren y traslucieron con nitidez la historia que narraba a sus compañeros. Cuando finalizó no pude evitar una amarga sonrisa recordando a quien –más tarde lo supe- pasó mi primera noche fuera de casa llorando desconsolada. Pero al mismo tiempo, aquel jodío lejía y su historia destrozaron mi pueril temor a lo desconocido y me enseñaron sin aditivos y en pocos segundos lo que nadie volvió a explicarme en los nueve meses siguientes: que hasta en el más ruin buscavidas se esconde un hálito de humanidad.

Contaba el legionario cómo un compañero destinado en la almeriense Brigada Rey Alfonso XIII llevaba mal lo de la vida militar. Desesperado, urdió una treta para poder salir de allí. Anunció al Cabo de Guardia que su padre había muerto. Rápidamente y por conducto reglamentario se notificó el deceso y le fueron concedidos quince días de permiso para soportar el duelo. Unas palabras de afectado consuelo y al soldado no le volvieron a ver el pelo durante esa quincena.

De regreso al cuartel la cosa empeoró. Ahora ya conocía las mieles de la libertad, del amor libre y de las venéreas, así que ni corto ni perezoso acudió de nuevo al cabo con la misma historia.“S´a muerto mi padre”, narraba con burlón dramatismo el legionario del tren. Eran muchos en la compañía y el cabo no dio muestras de recordarle. Nueva transmisión del deceso, repetidas palabras de afectado consuelo y otros quince días de gañote para el soldadito. Así hasta seis veces.

Pero, por aquello de no abusar, el legionario empezó a pensar si no iba siendo hora de cambiar la cantinela, conque decidió sustituir el cadáver. Esta vez la muerta sería la madre. Afectuosas palmadas, sentidos pésames y otros quince días de libertad. Ya de vuelta al cuartel, el lejía se frotaba las manos. Y volvió a la carga. “S´a muerto mi madre, mi cabo”, lloraba el perla ante el Cabo de Guardia justo un segundo antes de que la Policía Militar lo cogiera por los hombros y cumpliera tres meses de arresto en el calabozo.

–    ¡¿Pero por qué?! -clamaba el milico embustero- ¡¿Se traga usted la historia de mi padre y la de mi madre no?!

–  ¡Firmes y no blasfemes, legionario! –ordenó el cabo mientras daba una calada al Ducados y observaba el lento ascenso de las volutas de humo blanco-. Y para la próxima vez apréndete bien la lección: padres los que quieras pero madre sólo hay una.

EL CAMARERO DEL FORTUNY

Los motores del barco se desperezan con un ronco murmullo que hace vibrar la cubierta. Ya es noche cerrada y los últimos coletazos de la virazón me indican que es hora de regresar adentro. Delante de mí corretean ocho horas de travesía nocturna de las que sólo soy un forzoso invitado al juego de intentar alcanzarlas hasta arribar a Palma. En mi mochila aguardan las diez últimas páginas que atestiguan la odisea de Edmundo Dantés, y no se me ocurre mejor compañero de viaje que un café aguado en el bar.

Mientras la proa del Fortuny comienza a romper las aguas, a lo lejos Valencia me despide con esa tristeza fingida y mecánica de quien sabe que, como de costumbre, regresaré muy pronto. Recorro la decena de metros que me separan del bar mientras concluyo que siempre es la misma historia. Cualquier cosa o persona a bordo me resulta ya excesivamente familiar. Rincones, procedimientos, gestos,… hasta el rostro, siempre severo y escrutador, de la sobrecargo. Todo conforma un escenario usual que con el tiempo ha llegado a aportarme tranquilidad durante la monótona singladura.

Detrás de la barra atiende un joven camarero al que no había visto hasta entonces. Es bajito, calvo y con un fuerte acento gallego. Se maneja con energía, con una peculiar soltura que arranca sonrisas entre los clientes. Lo del riguroso orden de llegada no va con él. Selecciona a los parroquianos según le da, señalándoles con un dedo al tiempo que arquea las cejas, en una especie de ruleta apasionante en la que nunca sabes cuándo te va a tocar.

Qué suerte, me digo, ésta es la mía. Ahora el dedo me apunta a mí y veo su cara de ratoncillo vivaracho expectante. Un café sólo largo, pido como de costumbre. ¡Vamos a ello!, responde con entusiasmo al tiempo que de un giro danzarín se encara con la máquina y agarra el cacillo. Intento morderme la lengua, pero no puedo evitar el comentario.

–    Es curioso -le digo-. Hace usted interesante cualquier acción rutinaria.
Entonces, como fulminado por esas ocho palabras, congela el gesto y se vuelve sorprendido.

–   Me ha gustado esa frase –responde-. Nadie había definido nunca mi trabajo así. Oiga, ¿le gusta a usted la literatura?

Lo malo de poseer mil respuestas a la misma pregunta es que nunca sabes escoger la correcta. Pero no importa. El camarero se arranca a contarme con sincero entusiasmo su afición a las letras. Me habla de autores, de libros, de frases y citas célebres que ofrece a los clientes a cambio de que ellos mismos engrosen su lista de reflexiones. Pensamientos que nacieron en la cabeza de los escritores en los momentos más insospechados, lo mismo pulidos hasta la extenuación en los desvelos nocturnos de cualquier convento que garabateados sobre la madera carcomida de cualquier taberna del Madrid del siglo XVII. De mi bolsa extraigo uno de mis cuadernos y se lo muestro. Ávido, hojea mis anotaciones, siempre apuntadas a pluma, algunas de las cuales acaban transformándose en historias y otras tantas terminan durmiendo en el silencio de mi olvido particular. Comenzamos una tertulia a dos bandas con Mark Twain, Wells o Hemingway como dardos de ida y vuelta mientras que el público (apenas una docena de viajeros estupefactos) contempla cómo dos tipos, los codos apoyados sobre la barra y el vapor del café rezumando impaciencia, disputan una partida literaria tan entusiasta como inesperada.
Se le acumula el trabajo, y Manuel –ése es su nombre- rehúsa cobrarme el café por más que le insisto. Me despido con un apretón de manos y escojo el asiento más solitario del local mientras pienso en la última frase de Santa Teresa de Jesús que me ha regalado: “Lee y conducirás, no leas y serás conducido”. Y entonces comprendo mi error. Nunca es la misma historia. No al menos si se observan con la mirada adecuada cada rincón, cada rostro, cada palabra pronunciada, en apariencia, al azar. Porque hasta el viaje más rutinario de nuestra vida puede tornarse en una desgracia inesperada, en un golpe de inmensa fortuna, o incluso transfigurarse en un camarero capaz de lograr que este condenado café haya terminado por resultarme delicioso. Y eso, supongo, también es literatura.

RECORTES EN LA ENSEÑANZA

Ahí empezó todo. Lo recuerdo con toda claridad. Sucedía cada día, justo antes del yogurt y el petit suisse que marcaban la infantil frontera entre el día y la hora de dormir. El hombre serio de pelo blanco que a mí se me antojaba tan alto y tan grande se apostaba, perenne, a mi lado, mientras sus manos pálidas y delgadas sobrevolaban el aire para enseñarme solfeo o señalaban, con infinita paciencia, la portada del ABC que descansaba sobre la mesa camilla, al tiempo que mi lengua de trapo balbucía torpemente las primeras letras del universo de mi lenguaje.

Después la cosa se fue complicando: el método Bela Bartok y los cien estudios diarios de Czerny para piano, las frases y las oraciones. El cuento del niño y el cocodrilo, el gato Micho y un viejo recetario de cocina fueron los primeros cuadernos de guerra que me sirvieron para adentrarme en el campo de batalla de la ortografía, la sintaxis y la gramática. Palabras todas ellas tan feas que, de haber cedido a la tentación de esquivarlas, jamás habría conocido a tipos tan dispares como Delibes, Salinger, Dumas o Cela.

Los yogures y los petit suisses se fueron perdiendo en el tiempo y en la costumbre, pero la dichosa línea entre el día y la noche no pareció enterarse y los años siguieron su curso. El mundo y sus fronteras se hicieron más grandes, comenzaron los viajes y las despedidas, y las caras y los recuerdos se volvieron cada vez más lejanos. Hasta que llegó ese día.

Intentaba cerrar la maleta, cuando el señor de pelo blanco que a mí me parecía tan alto y tan grande se me acercó y me entregó un sobre abultado:

–  Son cosas curiosas. Para que las leas, Rubencico –dijo con una sonrisa-.

Guardé el sobre y mucho más tarde, con las paredes de cualquier hotel como mudas testigos, lo abrí y de su interior extraje decenas de recortes de periódicos. Artículos sobre política, religión, derecho y literatura, efemérides imposibles, máximas latinas y viñetas de Antonio Mingote. Algunos marcados con equis donde mi mentor quería señalarme la columna concreta, otros, subrayadas las frases que él consideraba más certeras, e incluso en uno de ellos (creo que versaba sobre el aborto) había escrito arriba, con letra trémula, “Digno de leerse”.

En esos recortes aprendí a seguir amando la literatura al tiempo que comencé a odiar los extremismos, las izquierdas y las derechas de manual, el fanatismo y la demagogia de saldo. Descubrí cómo la ironía puede transformar en dardos las palabras bien escogidas y que un libro puede cambiar todo un mundo.

Ahora, a mis treinta y cuatro años, cuando el crujido de las hojas caídas del calendario cede bajo mis pisadas, en mi maleta no falta periódicamente un sobre que contiene recortes. Recortes de las enseñanzas que ese señor, mi padre, consideró necesarias para no olvidar que nunca dejamos de ser niños dispuestos a aprender el abecé de la vida.

Sólo hay una cosa que no he llegado a comprender jamás. Cómo después de crecer y haberme convertido en un adulto, mi padre sigue pareciéndome tan grande. Tan inmensamente grande.

LA MUJER DEL PRIMERO DE MAYO

Lisboa amanece todo lo alegre que puede permitirse una ciudad como ella. El ahogado sonsonete de los coches circulando sobre el empedrado se confunde con el sonido de un fado que sale de una pastelería cercana. El olor a ternura y a harina caliente me va arrancando a empujones del sueño que me acompaña a cada paso, de camino a un compromiso profesional. Es en el último tramo de la calle, antes de llegar a mi
destino, donde la veo por primera vez. De pie, sobre la acera, junto a la puerta color verde gastado de una discreta casa, la mujer que fuma con los brazos cruzados posa sus ojos azules en mí. Es sólo un instante, el necesario para comprobar que aquel joven delgado que avanza rápido hacia donde ella aguarda no representa una amenaza. Cuando la sobrepaso me fijo en su rostro. Es bonita, sin demasiadas contemplaciones. Chupa con una calma agitada el cigarrillo mientras sus ojos persiguen cualquier detalle del entorno no más de un par de segundos. En ellos se reflejan muchos kilómetros recorridos y otros tantos tiros pegados. Parece acostumbrada a la intensa brevedad de acomodarse en todos sin entregarse a nadie. Sigo mi camino y, cuando me he alejado varios metros, giro la cabeza hacia atrás y la sorprendo mirándome. Se corrige inmediatamente y eleva sus ojos hacia el Puente del 25 de Abril, que cruza justo sobre nuestras cabezas.

A partir de ese momento, cada mañana se sucede la misma rutina. No falla. A la misma hora en el mismo lugar. Sus labios ansiosos apuran el cigarrillo para encender otro a continuación, supongo. Jamás me quedo a comprobarlo. Hasta ese momento, siempre había creído que todas las miradas unen. Excepto la suya. Es una mirada de alambre de espino, de línea de fuego, de sala de espera antes de las malas noticias. Cada vez que me aproximo por la acera sus ojos azules se tornan más fríos, separadores, dominantes de su territorio, de su escaso metro cuadrado a la puerta de esa vivienda.

El destino juega con azares tan cotidianos que no reparamos en ellos. Llegado el viernes, último día de mi estancia en la ciudad, me quedo dormido. Un café rápido y salgo corriendo del hotel para llegar lo antes posible a donde me esperan. Paso por el lugar unos veinte minutos más tarde de lo que lo he venido haciendo durante los últimos cuatro días, y justo entonces todo parece distinto. El brillo dorado de los primeros rayos de sol resbala, cansado, cubriendo los adoquines de la calle. Los raíles del eléctrico reflejan los primeros bostezos de otro día en Lisboa. A ellos mira ahora distraídamente el hombre maduro y con traje sintético que está apoyado, cabizbajo, en el coche oscuro que se ha detenido justo a la puerta de la casa. Serviços Sociais, leo en un tarjetón sobre el parabrisas. El tipo parece impaciente, y en su cara de fastidio madrugador se trasluce su condición de funcionario gris que cumple una obligación como quien cumple un placer, sin ínfulas de sentimiento alguno. Por fin se levanta y, sacando las manos de los bolsillos, se acerca de malas formas hasta la mujer y le arranca al niño de unos seis o siete años que hasta ese momento ella cubría de besos y abrazos. Al hacerlo, sus zapatos pisan la colilla que todavía humea sobre la acera. Ya es tarde para cambiarme de acera, así que acelero y paso justo entre el coche y la casa. Esta vez no me mira. Sus ojos azules anegados en lágrimas no se apartan del niño que le dice adiós desde el coche. Conforme me alejo, escucho las últimas palabras que ella le grita: ¡Até logo, meu filho. Em breve estarei com mama novamente!

Entonces me detengo y cruzo la acera. Me paro en la puerta de la pastelería y me quedo mirándola. Sus ojos se mezclan con los míos y me parece advertir que el dolor que albergan se transforma de repente en cólera. Se da media vuelta y entra en la casa, dando un portazo.

Mi viernes se extingue a bordo del tren que me devuelve a casa. A mi lado, un anciano bonachón se empeña en contarme las buenas notas que su nieta ha obtenido en el final del curso. Pero yo sólo veo a través de mi ventanilla a esa mujer de ojos vivos y escrutadores que me observa desde los visillos descorridos de una modesta casa en el número cincuenta y tantos de la Rua Primeiro de Maio, preguntándose quién será en realidad ese tipo extraño y delgado que se empeña en mirarla cada mañana. Y desde mi asiento, en silencio, yo me pregunto exactamente lo mismo.