NO SE OS PUEDE DEJAR SOLOS

Me asombro de lo listo que era el tal Burke. Más que eso, visionario. Acojona, si me lo permiten. Un tío del siglo XVIII, escritor y pensador para más señas que, aún con la prensa en paños menores, se atrevió a bautizarla como “el Cuarto Poder” por la tremenda influencia que, aventuró, ejercería sobre el pueblo llano en un futuro. Futuro que, por cierto, hoy es presente.

Una profesión jodida la de periodista, las cosas como son. Se está obligado a hablar, escribir y disertar sobre todo sin saber de casi nada. El columnista que ayer nos aleccionaba con su análisis sobre la gestión pepera o zapateril, como indiscutible causa de la bonanza económica, hoy se descuelga donde le dejan con un “yo ya lo advertí” ante el desastre que se nos avecina. Pero es que lo mismo escribe sobre política internacional que sobre historia o física nuclear. Lo cual, por otra parte, sería como pedirle a un neurocirujano con esas manitas que Dios le ha dado, pilotar con pericia y sin que se noten los baches un Airbus 320, o esperar con inquebrantable serenidad la resolución, pongamos, de un secuestro con rehenes de manos de un honrado tornero fresador. No cuela, ¿verdad? Pues lo mismo me da que me da lo mismo.

Lo malo viene cuando el reportero en ciernes se desincrusta la legaña mañanera, se contempla en el espejo y toma conciencia de ese poder cierto y determinante que le otorga su profesión. El poder de influir en la opinión de millones de personas o de mover la conciencia crítica de otras tantas sobre tal o cual tema. Orientar el pensamiento de doños y doñas de maletín y sobremesa no es, en el fondo, algo deleznable. Más bien al contrario, si me apuran es casi necesario. Desde luego, no adoctrinando ni coartando la libertad de pensamiento, pero sí mostrando todos los datos de un hecho o situación de cualquier índole, enumerar los distintos elementos que lo componen y luego dejar que los curritos de a pie nos formemos una opinión que, con mayor o menor coherencia, es la nuestra y es respetable. Lo que no viene ocurriendo desde hace bastante tiempo en más de un medio de comunicación. Para mí que los informativos de la COPE o Intereconomía son de derechas, como los de la SER o Cuatro son de izquierdas. ¿No lo sabían? ¡Oh, sorpresa! ¡gritos de asombro!

Todo esto viene a colación por el súbito atragantamiento que sufrí el otro día en el tercer sorbo de café, cuando en páginas de un diario español (El País, para más señas) me abofeteó la imagen del bolsillo de un policía, por el cual asomaba un llavero con la efigie de Franco, con esa expresión de estremecedor pasmo que sólo un el galleguiño asesiño tenía cojones de poner, y debajo, la archiconocida leyenda “No se os puede dejar solos”. Las ganas de vomitar vinieron cuando divisé junto a esa imagen, la fotografía de cuerpo entero y a rostro descubierto del agente que presuntamente portaba el llavero, y abajo, para que se leyera bien clarito “Policía de Valencia que lleva, estando de servicio, un llavero de Franco”. Hale, a dormir y sin despeinarse.

Me dan igual las tendencias ideológicas de este señor por dos razones. En primer lugar porque llevando el llaverito del hijo de puta del dictador, en el fondo me demuestra que sabe reírse del absurdo revanchismo que nos invade. Y en segundo, porque en España los nostálgicos de la derechona son de “ultraderecha”, pero a los hijos de la gran puta repletitos de pines del Che, de Lenin o de la familia Castro que queman comercios, destrozan escaparates a bancazos o asaltan comisarías de policía (que no nos olvidemos, representan el orden que todos los ciudadanos necesitamos para que no nos partan la cara cuando vamos a comprar el pan) se les califica como “antifascistas”, en lugar de ser de “ultraizquierda”. No, oiga, antifascistas somos todos los que respetamos la libertad de pensamiento del vecino, de la vecina o de lo vecino (discúlpenme el afán de paridad), Fascistas, por el contrario, son tanto los que en nombre de la derecha apuñalan a Palomino en el metro por un quítame allá esas pajas, como los amigos del susodicho que en nombre de la izquierda y en el mismo suburbano juegan la final de la Champions con la cabeza de uno que piensa de manera diferente a ellos. Ésos son los verdaderos dictadores de nuestra sociedad.

No nos engañemos ni nos la cojamos con papel de fumar. Ese policía, que es un agente de la Autoridad, no lo olvidemos, y ante la cual, llegado el caso, deberá responder, será un cachondo o tendrá sus particulares ideales, que bien poco me importa. Pero está sometido por el uniforme que viste y la institución a la que representa al imperio de la Ley. Y ésa es la mejor garantía de que, llaveritos aparte, en sus actuaciones no van a tener cabida más que la ley y el ordenamiento jurídico vigente. El llaverito (que por cierto, en la foto donde su rostro es expuesto sin tapujos no aparece por ningún lado) a saber si era suyo o lo portaba por habérselo encontrado a la espera de poder devolvérselo a su fachendoso dueño. Pero lo que ya no tiene remedio es que, en aras de la democracia, en aras de la libertad, y al alba, al alba, bla, bla, bla, el Cuarto Poder ya ha juzgado y sentenciado a un servidor público, mostrando su cara sin protegerla de ningún modo, y destrozando con un titular la imagen de una persona, poniendo en peligro su seguridad y sometiéndolo al escarnio, la desconfianza e incluso a un intento de venganza por parte de algún ciudadano radical ante o para el cual preste un servicio.

Gracias, El País, por hacer de este país un lugar más seguro. Gracias al intrépido reportero, ese policía ya no podrá pegar a ningún inocente más con su porra, el muy fascista, ni aún cuando ese alguien esté en disposición de violar a nuestra hija, o de cometer el secuestro de un joyero para hincharlo a hostias hasta que afloje el calderín. Lo importante es que el careto del peligroso madero ya ha sido expuesto para el castigo, y partir de aquí siempre estará bajo sospecha.

Al final va a resultar cierta la leyenda del llavero: no se os puede dejar solos con la pluma y con la cámara. Al menos ese agente del Cuerpo Nacional de Policía (y no Policía Nacional, a ver si aprendéis a escribirlo bien de una puta vez) se somete a los Jueces y Tribunales en cada una de las acciones que realiza. Vosotros, periodistas, disparáis la cámara y sentenciáis con la pluma a ritmo de rotativa, sin defensa contraria posible.

Cómo me recuerda esto a la película de Cantinflas, “El patrullero 777”, cuando el personaje, para aclarar un robo, no deja salir a nadie de una habitación. Un periodista se le encara y le pregunta “¿Acaso no sabe usted lo que es el Cuarto Poder?”, espetándole el genial cómico: “¿Y acaso no sabe usted lo que es no poder salir del cuarto?”.

Pues eso, que no se os puede dejar solos.

FILOSOFÍA PURA

Juro que lo que viene a continuación es real como la vida misma.

Noche de sábado y en el horizonte se vislumbra plan nocturno. Tercian unas copas con un buen amigo. Elegimos la valenciana calle de Juan Llorens para consumar la sesión de oteo tras el cristal de un buen ron matusalén de quince años. A las 00:00, hora bruja.

Camino por la calle con medias galas y al momento diviso un taxi, Skoda típico. Clásico. Mejor. Los taxistas innovadores de monovolumen no me llaman la atención, a la amplitud de espacio se opone la calidez de una buena conversación entre caballeros. O entre señora y caballero, pues cada vez es más frecuente toparse con la cara amable de una fémina conduciendo. Lo paro, le indico la dirección y nos ponemos en marcha. El tipo andará por los cincuenta. Delgado, manos nervudas, con un bigotillo ralo y canoso, y cara de golfo nocturno irremediable.
En el análisis estoy cuando observo que lleva sobre las rodillas una especie de polainas artesanales de paño color azul, que sin duda le habrá confeccionado su señora esposa, a juzgar por el género y la costura; y por aquello de aún falta un buen trecho como parecer que no nos hablamos, le suelto que parece que sigue el frío, para a continuación preguntarle cómo va la noche.

Vaya por Dios.

Hay amigos con los que te cruzas por la calle por casualidad, les preguntas qué tal les va… y te lo cuentan. El hombre empieza, pues, una espontánea disertación sobre sus dos principales objetivos en la vida: hacerse rico y, en su defecto, acostarse con las mujeres de los ricos. Principal y subsidiario. Por este orden. “Pero sólo lo hago para joderles, que conste”, me suelta. Continúa el soliloquio y, mientras enfilamos la Avenida Ausias March en dirección hacia Peris y Valero, pone cara de complicidad y me confiesa abiertamente: “No te lo iba a contar, pero lo voy a hacer, porque los jóvenes andáis muy equivocados sobre lo que es ser rico. Lo primero es que si a mí me tocan diez o doce millones de euros, no hago el gamba yéndome del pueblo, porque entonces todos caerían en la cuenta de que el agraciado soy yo, y entonces sería el desgraciado. Porque ya estoy viendo a los amigos criticarme por haberme largado para no echar cuentas con ellos. Y eso, no”.
“Fíjate que había un viejo al que yo llevaba mucho al bingo, y en una de esas me contó que durante la Guerra Civil le había tocado la lotería, y que cuando el conserje fue al bar a avisarle, mientras echaba la partida con los amigos, él lo negó tajantemente diciendo que era imposible porque no había jugado, pero que si lo que el conserje quería era que le invitara a café, eso estaba hecho. Un crack, el tio – me dice- Para que nadie supiera de donde venían los millones, se metió en un balneario, pintaba cuadros de esos tipo Picasso, que los hago yo con la punta del níspero, y luego decía por ahí que los vendía en Alemania, en América,… y así justificaba su nivel de vida. Fíjate si de esta historia hará años que yo aún jugaba al frontón” –precisa, como dato cronológico de incalculable valor.
“Total, que muchos años más tarde, el viejo, en una porfiá con los amigos les soltó que parecían gilipollas, que se habían tragado lo de los cuadros, y que en realidad…” Mi móvil interrumpe el monólogo, y al otro lado mi amigo me sugiere que por causas ajenas a su voluntad abortemos la operación, que no hay otra. Con el taxi llegando a Juan Llorens, no me queda otra que pedirle al colega que demos la vuelta, y de nuevo al punto de partida.
Ni pestañea.
“… Pues eso, que les acabó contando a los amigos que todo venía de la lotería, que se habían tragado lo de los cuadritos y que se reía en su puta cara. ¡Y es que era más cachondo que la música de los caballitos!”.

Llegamos de nuevo a mi casa, el hombre para el taxímetro, pero continúa contándome sus cuitas y juergas nocturnas. “Al final, el vivir y el follar, lo único que te vas a llevar”. La rima consonante se apaga cuando una chica preciosa, vestida de sábado noche, nos hace señales preguntando si el taxi está libre, abre la puerta y se sienta detrás, sin más.

– “Disculpe, pero es que fuera hace frío”.

Maldigo en silencio el tener que bajarme del coche justo en ese preciso instante. El taxista me cobra con una sonrisa profunda en la cara y, antes de salir, me suelta “¡Chaval! Que esto es hablar por no callar, cojones”.

Son las 00:30 horas, la luz del portátil se refleja en el hielo de mi ginebra con coca cola mientras escribo esto, y todavía pienso en el taxi que se aleja con otra mujer que no tendré. Estoy sin plan un sábado por la noche y quince euros menos en el bolsillo, pero con un completo manual de la vida. De cómo ser un golfo y vivir para disimularlo.

Filosofía pura, oigan.

BREVE INTRODUCCIÓN A LA ECONOMÍA

La tarde se presenta fresca, y apenas unos tímidos resquicios de luz rompen el techo de nubes grises que cubren Palma de Mallorca, un día cualquiera de finales de febrero. Con el trabajo finalizado, el rugir del mar que barre tormentoso la orilla del paseo marítimo me sugiere recorrerlo antes de despedirme al día siguiente de la capital palmesana. Sobre el fondo plomizo se recorta, altiva, la magnifica Catedral, y a su lado, fortificado y humilde, el Palacio de la Almudaina.

Nada resulta más gratificante que encontrarse con un amigo en aquellos lugares donde menos cabría esperarlo. Esta víspera, Palma son miles de personas con rutas más o menos fijadas, y sin embargo, mi rumbo y el de Victoria han venido a converger justo en este preciso lugar y momento. Superada la inicial sorpresa, aunque matizada porque de sobra sé que ella tiene fijada su residencia en la isla desde hace unos ocho años, nos abrazamos con la intensidad de dos personas que se quieren y hablamos de todo lo que hemos cambiado, y de que por esa misma razón seguimos igual. Victoria es economista, y además de eso, buena amiga, culta y guapa. Con el torrente de novedades nos alcanza el anochecer, y decidimos prolongar el encuentro con una cena. A unos cientos de metros, sobre el muelle de Levante, el Restaurante Varadero nos resulta una opción apetecible. Nos encaminamos sin interrumpir la charla, y una vez sentados, acomodamos la conversación entre vegetales, carne y los reflejos de un Muga Crianza.
Victoria trabaja en una importante consultoría, y me hace el enorme favor de no contarme nada de los entresijos de su actividad, conocedora de mi completa ignorancia en cuestiones económicas. Prefiere no amargarme la noche con análisis más o menos realistas de una crisis cuya profundidad todos intuimos, pero muy pocos se atreven a pronunciar. Ardet, nec consumitur.

En ese contexto, saco el paquete de pañuelos y le lloro un poco. Hilvano obviedades sobre congelaciones de sueldo, nóminas con un IRPF criminal, mi hipoteca sumada a un alquiler y el consabido cabreo por el cobro de comisiones de mi banco. En ello estamos cuando el vino va mermando, y con él, nuestra sincera cortesía. Victoria se me antoja entonces como lo que es, una mujer joven, independiente, con un fino sentido de la ironía que llega hasta la mordacidad más deliciosa cuando la ocasión lo requiere. Aparto despacio unos geranios sobre el alféizar de la ventana y le señalo la negritud del mar, que lejos de calmarse brama con más fuerza. Y en ese momento se nos revela como una certeza absoluta que España no termina en el Mediterráneo, y que si nos lanzáramos al mar y nadáramos con el rumbo correcto, acabaríamos por divisar el Cabo de Gata, y bordeándolo, arribaríamos a nuestra querida Almería. Sobre el mantel se derraman entonces recuerdos del Cerro de San Cristóbal, la muralla del Jayrán y la Alcazaba, saludando nuestros cuerpos fríos y empapados. El Cable inglés, refugio de furtivos baños y primeros besos en las noches de verano con olor a sardinas. Críos que recorren la Rambla sin reparar en el Instituto Celia Viñas, que aunque hoy representa su futuro como niños, mañana constituirá su pasado como hombres, formados y agradecidos a los profesores que procuraron que la letra con cariño entrara, o que despertaron las tediosas tardes de primavera narrándonos como Al-Mutasim, el Rey Poeta, ante el asedio de la ciudad agonizaba concluyendo “Todo ha sido duro para mí, hasta la muerte”. Y la cruz solitaria de la Iglesia de San José, como una luz certera y constante que no llegó a consolidar mis creencias, pero fue el germen de mi fe inquebrantable en mi familia y en quienes me dieron la vida. Las aceras pegajosas, el “ehto qué eh lo que eh”, lo bello transfigurado en “bonico” y el corazón del Mediterráneo latiendo en el pecho de quien echa de menos el salitre del Zapillo en sus pulmones.

Victoria y yo nos miramos, y excusamos una lágrima por los efluvios del vino. Pedimos la cuenta, y cuando me dispongo a pagar, pregunta con sorna “¿Con esta crisis y lo que me has contado vas a malgastar tu dinero?”.
Se me escapa una carcajada, la miro fijamente y respondo que yo no sé nada sobre activos de inversiones, recortes presupuestarios o el índice IBEX-35. Pero esta fría noche de febrero, junto al Mare Nostrum, he cenado con una amiga con quien comparto secretas debilidades e inquietudes, reflejados en el calor de nuestras raíces hemos recorrido mi eterna Almería de punta a punta, y los guijarros que cubren el polvo de sus caminos son los imborrables y mudos testigos de mi corazón repartido por todos y cada uno de sus rincones.

Y esa, Victoria, ha sido la mejor inversión de mi vida.

UNA HISTORIA RUBIA Y COTIDIANA

La lluvia no es precisamente algo habitual en Almería. Debido a la escasa frecuencia con la que se produce, recuerdo con claridad aquel día. Caminaba rambla abajo y observé como el mosaico de paraguas sólo mostraba un abanico de colores sobrios y oscuros. Lejos de la cromática chillona tan habitual en ese tipo de artilugios, últimamente sólo arrojan el negro, el gris, tal vez algún verde opaco y mudo, y no puedo evitar pensar que, como un elemento más de nuestro vestuario, los paraguas terminan reflejando el estado de
ánimo de quienes los usan. La época, a saber…
Continué mi camino bajo los balcones de algunos edificios para no quedar empapado, pues el chubasco arreciaba, hasta que me detuve en un paso de cebra en la esquina de la cafetería Colombia.

Y de nuevo la vi.

No alcanzo a recordar con exactitud la primera vez que nuestros pasos se cruzaron. Nuestras miradas lo hicieron un tiempo más tarde. Cada mañana ella caminaba rambla arriba, y yo realizaba el mismo trayecto en sentido contrario. Fueron pasando los días y comencé a fijarme con detenimiento en su rostro. No era guapa, en sentido estricto. Rasgos duros, tal vez excesivamente perfilados, que se acentuaban con una sonrisa fresca y limpia, siempre a punto. Ahí, supongo, es donde radicaba lo hermoso de su presencia.

La primera vez que mis ojos se encontraron con su piel, en mis tímpanos sonaban M-Clan y su “Espantapájaros”. En sus oídos, seguramente el bullicio de Almería a las diez de la mañana, salpicado por el tintineo de las cucharillas de café que se acuestan en el crujir del pan caliente de los almuerzos. Cuando uno ve la vida con los auriculares puestos llega a considerar de veras que la gente y la realidad se comportan según las letras que vas escuchando. Y mi corazón de paja también se quemaba en la ciudad. Según se sucedían nuestros fugaces encuentros, sus rasgos cobraron más definición y exactitud: estatura mediana, ojos abrumadoramente verdes, y pelo largo, liso y rubio con reflejos. Y nuestras pupilas pasaron de la piel, la ropa o los surcos de la acera a mirarse, dilatándose fugazmente en cada cruce, cada mañana. Y las miradas dejaron paso a las sonrisas, unas veces breves, otras más prolongadas. Incluso renuncié a cambiar de itinerario cuando mis obligaciones me llevaban a otros puntos distintos de la ciudad, todo con tal de cruzármela.

Esa misma mañana de lluvia en que la volví a encontrar, mientras caminaba, intentaba acordarme de una frase de Winston Churchill que leí hace algún tiempo, y que en su momento me había causado una honda impresión. Daba vueltas y vueltas a mi cabeza sin conseguir recordarla.
Me detuve ante el paso de cebra, con el semáforo para peatones en rojo, esperando para cruzar, pero algo había cambiado respecto a las ocasiones anteriores. Todo estaba igual que siempre: su figura erguida, las líneas acentuadas de sus pómulos, sus ojos verdes inusitadamente abiertos, pero su paso, su trayecto, no consistía esa mañana en la rutinaria intersección que se venía sucediendo desde hacía meses. Giré mi cabeza a la derecha y ahí estaba, esperando en el semáforo de pie, a mi lado. Ella se giró casi imperceptiblemente hacia mí, y sentí como me estremecía. Nunca había tenido sus ojos verdes tan cerca. Noté un ligero temblor en sus labios, y en ellos, una pequeñísima gota tiritaba, dudando entre caer o no.

Hola, me dijo, y la tentativa de sonrisa se rindió al frío y a los nervios, volviéndola más amplia y sin defensa. Que tal, intenté disimular con la mejor de mis expresiones sobrias. No digo que no te ame, pero que no se me note, pensé. ¿Es mucho pedir?

¿Y ahora, qué? Me esforcé por no perderme entre su caleidoscopio esmeralda y en el silencio que se hizo de repente percibí con nitidez el ruido sordo y breve de las gotas de lluvia golpeando mi chaquetón. Algún día teníamos que decirnos algo, supongo, murmuró, mientras yo notaba mis propios latidos en la punta de mis yemas. No sé muy bien qué decir, barboté, no tengo ni idea de quién eres, qué decirte, y a pesar de la pinta de idiota que debo tener…
¿Qué?, inquirió, abriendo mas sus ojos. Pues que no creía en los milagros, respondí. Su risa franca y limpia estalló al tiempo que, no se si por instinto o reflejo, su mano suave cogió con dulzura mi cara, roja y empapada a un tiempo, y la mantuvo allí. Me reí para apaciguar mi corazón y abrí deliberadamente mis ojos para que se fijara en ellos. Ojos verdes se entienden con ojos verdes, pensé. Hasta desarmados, todos guardamos un último cartucho de malicia. Nuestras sonrisas se extinguieron lentamente, casi al mismo tiempo, para convertirse en esa expresión de dulce y misterioso desconcierto que antecede siempre al momento más delicado, ignorantes del eterno abismo que separa el antes del después, el inmortal precipicio por el que la Humanidad ha amado, ha odiado, ha hecho guerras y ha perdonado las miserias más abyectas. Mi corazón se fue acompasando al ritmo lento y seco de las gotas de lluvia que reflejaban mundos convexos en sus labios y en los míos. Acercó su cabeza al tiempo que su mano tiraba despacio de mi rostro hacia ella. Entorné lentamente mis ojos. Gracias, dije para mis adentros, sin saber muy bien a quién iban dirigidas.

El semáforo se puso en verde y la chica rubia con la que me cruzo todas las mañanas desde hace meses y que se mantuvo en todo momento en silencio a mi lado y sin mirarme, apretó el paso alegre, y ya en la otra acera se fundió en un abrazo con un niño rubio de unos cinco años que había corrido a su encuentro, mientras un hombre maduro, alto y bien vestido, contemplaba la escena, se acercó a ella, la miró como sólo se miran dos almas por cada una de las cuales la otra daría la vida, la besó durante unos segundos y acerté a leer un te quiero en sus labios.
Y entonces sonreí, y mientras se alejaban abrazados los tres en dirección al puerto, recordé por fin la esquiva frase que había estando rondando en mi cabeza toda la mañana: “La imaginación nos consuela de lo que nunca podremos ser, y el sentido del humor, de lo que somos realmente”.

IMBÉCIL… Y QUISE DECIR IMBÉCIL

Esta noche de jueves es fresca en Madrid, y la rotonda de Atocha vomita miles de vehículos, cada uno conteniendo almas que guardan buenas historias, bondades y desprecios, de todo habrá. Mi prima está especialmente guapa esta noche. Es feliz y su vestuario y su mirada lo revelan sin necesidad de preguntas. Lo mejor de venir a la capital son muchas cosas, y entre ellas, verla. Mi prima es una de esas personas con las que la vida cobra más sentido porque piensa, siente y expresa detalles que la rutina y monotonía diarias se empeñan en disimular. A nuestro paso por el Museo Reina Sofía aparcamos la idea de visitar la librería y la dejamos para mejor ocasión. Apetece un kebab y no tardamos en encontrar un restaurante que los sirve. Es grande, amplio, bien decorado, de estilo colonial. Nada que ver con la mayoría de locales en los que, además de la carne, encontramos poco más que el espacio justo para albergar dos mesas mugrientas. Éste es distinto. No recuerdo el nombre pero supongo que volveré.

Por aquello de que por bien que te vaya la noche siempre tiene que venir alguien que te la joda, no llevamos sentados ni cinco minutos cuando por la puerta aparece un indigente con pinta de no haber catado el Heno de Pravia desde que los de Gran Hermano perdieron la vergüenza. Lleva una bolsa de plástico de gran tamaño por uno de cuyos agujeros asoma un abrigo o los restos de lo que debió ser un edredón. En el local habrá unas veinte mesas, y solo dos están ocupadas. Plaf. La bolsa y los pantalones raídos del caballero mugriento se acomodan justo en la mesa de al lado y concretamente en la silla cuyo respaldo choca justo con la espalda de mi prima. Ella nota mi cara de mosqueo. Y con razón. No me gusta que invadan mi espacio, y en según que lugares, a según que horas y según qué personas, se me pone la mosca detrás de la oreja. A lo mejor sin razón, pero zumba que no veas.

Ella continúa hablando de todos los temas que es capaz de tocar, y yo sigo con el semblante serio. Me lo nota y me lo reprocha. Mientras habla yo la oigo, pero no la escucho. Detrás de la barra y haciendo nada hay tres camareros. Dos hombres de tez morena, ya saben, de aquellas latitudes y una mujer sudamericana, o sea de las otras latitudes. Desde que entró el individuo en el local y acomodó su bolsa, su historia y su miseria se han puesto tensos, han dejado de hablar, de sonreír y no le quitan sus ojos morenos de encima, como si esperaran el exabrupto, el gesto fuera de lugar o lo que sea que hayan visto en su local en tantas otras ocasiones. Pero no. Lo que el hombre cincuentón, de pelo canoso, sucio, ropa gastada y bolsón de contenido indeterminado dice en un torpe español tan sólo es un educado “Buenas noches. Por favor, ¿me pone un plato de patatas fritas?” El camarero de mayor edad se mueve despacio, como dudando. Prepara las patatas y se las sirve en un plato de cartón.

El hombre le da las gracias y sus dedos se lanzan, casi tan voraces como su boca, a comer con ganas y con prisa, como sólo comemos cuando tenemos hambre de verdad, sin cortesías ni disimulos. A punto de acabar su plato, en completo silencio, el hombre saca una funda de plástico de colores, de las que contienen papeles cuyas historias son tan desconocidas e ininteligibles para nosotros como los motivos que le llevaron a esa situación. Y una vez satisfecha una de sus necesidades básicas, el hombre agacha la cabeza y escribe. Escribe lento, despacio pero ágil, a veces su trazo se vuelve rápido, como si una idea le hubiera asaltado de repente a la luz y no quisiera dejarla escapar de nuevo al terreno de la eterna sombra del olvido, de la no memoria. ¿Qué escribirá?, me pregunto. Una historia, un pensamiento ordenado, tal vez caótico, injusto, amargo, una ilusión sin cumplir, o el engaño perpetuo de una penúltima oportunidad. Pero escribe, con su cabeza gacha, concentrado en lo que hace, sin necesidad de café, portátil y bufanda remirándose en los ventanales de un Starbucks. Escribe, el jodío, pienso. Y a lo mejor con un talento natural.

Y justo en ese instante, en ese maldito y asqueroso instante, levanta la vista, se gira levemente hacia nosotros y alcanzo a verle los ojos. La mirada gastada, turbia, gris, cercada de arrugas y con expresión de “no soy más que esto, pero lo soy”. Vuelve de nuevo su mirada a la mesa y escucho el inconfundible sonido de contar monedas, una a una. Clinc, clinc, clinc. Y el puto tintineo me pone un gato vivo en el estómago. Porque sí. Porque tiene cincuenta y tantos años, seguramente habrá llevado una vida de mierda, y a lo mejor cuando hace mucho tiempo el alcohol comenzó a ser un verdadero problema para él, hasta calentaba a la mujer, el hijo de puta. Y luego llegaron las ausencias, y los hijos sin volver a ver, ni ganas, la mirada torcida de su padre, la peste a fracaso, y la familia no me entiende, y la soledad primero del bar, luego del banco y al fin, el cartón, la manta y el litro de tinto o blanco. Lo de siempre. Seguramente, no lo se, lo que ha llegado a ser no sea culpa de la sociedad, sino de él mismo, de su incapacidad de sobreponerse a las dificultades, de la misma historia de mierda de siempre: problemas, alcohol para olvidarlos, y otros problemas que vienen. Y a la calle. Y así hasta el final. Pero estoy en Madrid, y cientos de miles de euros danzan a mi alrededor en forma de luces, museos, coches, combustibles, compras, carne turca y ropa. Y no hay derecho, maldita sea, a que un hombre cene un mísero plato de patatas fritas, mientras escribe, y tenga que contar moneditas una a una mientras camareros y comensales apartamos la vista esperando que pague pronto y se marche sin dar problemas. Mi prima advierte que ya estoy más en otra cosa que en nuestra conversación. Y cuando el hombre se levanta y se dirige hacia la barra para pagar, el camarero le dice “Dos euros”, y el hombre deposita en la barra con ambas manos todo lo que tiene. “No tengo más”. El camarero empieza contar las monedas y yo no puedo más. Le hago señales pero no me ven. Levanto más la mano y la camarera se da cuenta. Le indico con gestos apresurados algo que entiende a la primera. Así lo hacen. El hombre, que no me ha visto en ningún momento, les da las gracias inclinando la cabeza, recoge toda su calderilla y se marcha tan en silencio como entró. Y yo me quedo pensando que durante todo el rato he querido llamar a la camarera y decirle que le ofrecieran algo más sólido de cenar y algo de beber, una cerveza, lo que fuera. Pero no lo he hecho. Sólo cuando no he podido más he acertado a acallar mi conciencia pagando dos míseros euros de patatas fritas, en vez de invitarle a una cena que, además, le hubiera costado a él más comérsela que a mi ganarla. Pero no lo he hecho. Por vergüenza, por el qué dirán, por incomodidad, por sentirme violento, por pura y simple cobardía. Por ser un imbécil. Un puto imbécil.

LOS REYES VAGOS

El charco ofrecía la quietud perfecta hasta que la pisada nerviosa del niño que corría partiéndose de risa rompió toda la superficie espejada en la que descansaba mi vista.

En Valencia está cayendo la noche. A través del cristal y entre el humo del café veo las últimas luces de la Navidad que el asfalto mojado me devuelve reflejadas. No ha dejado de llover en toda la tarde y estoy llegando a la conclusión de que esta noche de cinco de enero será igual que cualquier otra.

Los años, que aún no son muchos, van cayendo inexorablemente como la misma lluvia que me acompaña cuando escribo esto, y sólo la edad y la madurez tiñen los restos de ilusiones pasadas hasta el punto de asumir la soledad, buscada por otra parte, con la dosis justa de serenidad. En estas fechas, en estos momentos, nuestra memoria evalúa los sentimientos que albergábamos hace años y los que acogemos ahora, para darnos cuenta de que crecemos, cambiamos, y la inocencia va dejando paso a sustantivos más realistas. “Siempre soy el mismo, nunca soy lo mismo”, dice el adagio. Mantenemos la esencia, pero cambia nuestra óptica sobre todo lo que nos sucede, y el modo en que lo afrontamos.

Me maravilla contemplar las caras iluminadas y los grititos risueños del tropel de niños (y de niñas, Bibiana) que a estas horas corren soltándose de la mano de sus padres como si así lograran burlar el reloj y adelantar las horas que ineludiblemente les llevarán a traducir en juguetes envueltos de mil maneras la indescriptible ilusión que se halla contenida en el convencimiento de que tres hombres con capas, coronas y camellos han caminado sobre las mismas baldosas que por la mañana sus piececitos descalzos pisarán, descubriendo cómo dieron buena cuenta de las galletas, la paja y el coñac que los pequeños dejaron la noche anterior como agasajo. Sin embargo, esa ilusión, esa fe no mueven montañas ni lo harán. Y eso es algo que asumirán, e incluso llegarán a comprender, con el cambio de calendarios del colegio, luego del instituto y, los más afortunados, de las paredes del lugar de trabajo.

Las creencias son necesarias porque orientan nuestros pensamientos, nuestros actos, e incluso nuestra forma de entender la vida. Pero son sólo eso: creencias. Del hecho de que conforme pasan los años mi fe en un ser superior vaya menguando y de los motivos para ello ya hablaré otro día, pero me temo que dicha creencia tiene el mismo fundamento que la existencia de los aludidos reyes de Oriente, David el Gnomo o el Ratoncito Pérez. Pero insisto en que de eso hablaré en otra ocasión.

Toda la parrafada anterior viene a colación por el hecho de que es hermoso, y si me apuran hasta necesario, fomentar y mantener los ideales y tradiciones que tanto nos ilusionan en los niños. No obstante, e indefectiblemente, se debe también educarles conforme crecen en el hecho cierto e indiscutible de que el esfuerzo, la voluntad y la determinación son las que cambian el mundo, las que nos hacen gobernar nuestra vida y lograr la consecución de los objetivos más insospechados, y en ningún caso la “magia” de las cosas fáciles, superficiales y volátiles. El nepalí Min Bahadur Serchan, de 78 años, ha logrado ser reconocido en el Libro Guinness de los Records como el hombre más longevo que ha conseguido alcanzar la cima del Everest. Y no ha sido fácil, sobre todo porque llevaba intentando, no ya la escalada, sino iniciar su gesta, desde 1960, pero siempre se torcía algo. Hasta la alfombra voladora sobre la que Nadal y Federer pelotearon en el torneo qatarí de Doha fue izada con una grúa. Grúas Aladino, supongo.

La voluntad, no la magia.

De nada sirve una fe infantil si con el continuo transcurrir de las primaveras al final se llega a la conclusión de que es factible pasar de curso con tres asignaturas, scrbr cn txt d sms se cnvierte n la unika frma d xprsion uau tia o sea q fuerte!, de que es inútil conocer y aplicar a los episodios más lucidos y a los más oscuros de nuestra vida las enseñanzas contenidas lo mismo en el polvo enamorado de la poesía de Quevedo que en el Arte de la Guerra de Sun Tzu, y de que la torpeza y la ignorancia les hará incapaces de traducir sus sentimientos con la tibieza y el temblor que toda alma asemeja a una nota musical de un piano (cuyas teclas tocan las personas, no lo olvidemos) que cae para romper de nuevo la fría quietud del charco ante el que derramo estas líneas. La enseñanza del saber, de la cultura, de la libertad, de los sentimientos y de la voluntad y el esfuerzo son el mejor regalo con el que lograríamos convertir todos los días de su vida en una perpetua mañana de Reyes.

AYUDA A JUANMA

Ahí va una vieja historia:

Un hombre cualquiera murió y de pronto se encontró en una inmensa playa junto a Dios. No, no es que al morir nos vamos todos a Mónsul (bastante masificada está ya), ni que el Señor frecuente calas nudistas (ay, pillín…), sino que este fulano se encontró entrevistándose personalmente con el Creador, contemplando ambos una extensa orilla.

Dios le explicó:

– ¿Ves esta playa? Pues es la historia de tu vida. Tu vida está reflejada en esa orilla que se pierde a lo lejos. ¿Ves los dos pares de huellas en la arena? Unas huellas son las tuyas, en tu caminar por la vida. Las otras que caminan constantemente al lado son las mías. Siempre estuve junto a ti.

Pero en esto que el finado playero observó que en ciertos tramos de la orilla, uno de los pares de huellas desaparecían, quedando las otras huellas caminando solas.

– ¿Y Tú dices que siempre anduviste a mi lado en la vida? ¿qué nunca me dejaste solo? ¿cómo puedes explicar entonces que yo caminara solo en muchas etapas de mi vida? ¿no ves acaso mis huellas caminando solas por la orilla?

Y Dios, que tendrá sus cosillas pero es comprensivo hasta el infinito, replicó dulcemente:

– Hijo mío… las huellas que caminan solas son las mías, cuando tuve que llevarte en brazos.

Hombre, al margen del careto que se te tiene que quedar si Dios te pega tal corte, la cuestión aquí es pensar cuántas veces, por puro egoísmo, autosuficiencia o por lo que sea pensamos que todo lo que tenemos nos lo debemos a nosotros mismos. Que somos la repera, que todo nos es merecido y que menos mal que regalamos nuestra existencia a este bello mundo, porque si no…

… pero ay, compadre, resulta que un día la vida te da tal hostia que te quedas con una cara que ni te lo crees todavía. Y a lo mejor un hijo al que ves sano y con vida, cubriéndote de besos y regalándote sonrisas gratis total, un día llega el de la bata blanca y te suelta que tiene Síndrome de Alexander y en una fracción de segundo piensas que los besos y las sonrisas se pueden ir al carajo en menos que canta un gallo (y no precisamente tres veces, que ya son muchas oportunidades).

Y entonces se te acabó el rollo “porque yo lo valgo”, y te das cuenta de lo miserable que puede ser esta esfera de tierra y agua, y que los virus, los bacilococos y los genes mutados no conocen ni a su padre ni se casan con nadie. ¿Y ahora qué hacemos, superhombre? Pues mirar justo al lado y ver que más allá de la frontera que delimita tu piel hay otras personas, amigos, conocidos, perfectos desconocidos y bloggers más o menos frikis en los que que ni la coraza de los cristales de sus gafas, el escudo de la pantalla de su ordenador, los musculos o el vello corporal resisten el rascar un poco y descubrir que todos temblamos cuando miramos a JUANMA a los ojitos de pícaro más malo que el hambre, que reflejan un “me voy a curar y os voy a enterrar a todos, cabroncetes” .

Lo único cierto de esta vida es que NOSOTROS existimos. Y seguro que más de una vez los pares de huellas que caminan solas son las personas que han tenido que llevarnos en brazos, que sujetarnos muy fuerte o que zarandearnos para darnos cuenta de muchos errores y muchas oportunidades. Y ésta es una de ellas.

La suya es la fetén, curarse. La nuestra, intentar ayudarle de mil maneras: con lo que más cuesta, que es sostenerle la mirada a Juanma sin ponernos colorados de vergüenza porque él sabe mucho más de nosotros que nosotros mismos. Con la que menos cuesta, con un poco de dinero. Y que yo sepa ninguna crisis sirve de excusa para no ayudar a alguien a seguir viviendo.

Llevemos en brazos a Juanma porque en el futuro, de una manera u otra, personas como él nos sostendrán a nosotros cuando más lo necesitemos.

P.D.: Para los amantes de las estadísticas, o de aquellos que piensen que un niño enfermo es una cifra más entre tantas otras personas enfermas, ahí va el único número que ahora merece la pena:

Nº cuenta Cajamar: 3058 0093 34272 0011 915

AYUDA A JUANMA

… ALMERÍA en lugar de ALMA MÍA

Nueve de la mañana y la humedad no me deja respirar. Las gotas de agua se entremezclan con los chicles de la acera, formando una suerte de película que como poco, resbala. Sigo caminando y en mi afán por sortearlas termino esquivando también algunas mierdas (uy, perdón, se dice “heces”) de animales que se me adelantaron para sacar de paseo a sus perros. Es sucia, de eso no hay duda. Llego hasta la punta abajo del Paseo y esquivo una pota tal que debió tener su origen en más de un estómago. Si no, tamaña extensión no se entiende. Vuelvo la esquina, y unos metros más allá, dobladas sobre sí mismas, atisbo tres jovencitas pintadas como cacatúas que no paran de reír. Ya sé quienes son las legítimas dueñas del asqueroso aporte al urbanismo municipal de esta mañana. “Las tontas no van al cielo”. Lo ha dicho la tele, por algo será.

Llego hasta “la ballena”. Los olores a cebo de pesca y sal marina se entremezclan de repente. Respiro. Si lo que siento ahora pudiera reflejarme en un charco, seguramente me devolvería mi propia imagen más de veinte años atrás. Esta mañana el mar está tan liso que se podría caminar sobre él sin necesidad de hacer milagros y resucitar al tercer día (se nota que en el año 33 la Seguridad Social todavía no había hecho acto de presencia, no iba a cambiar el Nuevo Testamento ni nada). Los primeros veleros ya se divisan rompiendo el duro perfil de los acantilados que llevan el iris hasta Aguadulce. Y ahí, sólo. Cansado de haber esquivado dos cacas, manteniendo el equilibrio tras el laberinto de chicles del Paseo, aún con la risa de las tipas vomitonas potando en mis tímpanos y encima envidiando al cabroncete del niñato que maneja la botavara de la vela como si hubiera nacido sabiendo hacerlo. Serás…

Y entre tantos buenos sentimientos, me doy la vuelta, miro la rambla y su trabuco…

– “Se dice obelisco”.

Aquí trabuco. Y si no, cómprate tu propio blog. Detrás el mar, el viejo sequillo que fuma y pesca bajo el puente de las Almadrabillas mientras critica jurando en verso la maniobra de atraque del “melillero” (los prácticos del puerto ya no son lo que eran, ¿eh?). Delante la Rambla, el Paseo, los ascensores de los edificios que se inundan de olor a churros y tinta de periódico y yo sin saber ni querer ir a ningún otro lado, sino quedarme justo ahí. Y lo único que acierto a pensar y mascullo es: “Qué sucia y basta eres, hija de puta. Pero que encanto tienes, Almería”.