POLÉMICOS DE BOQUILLA

Hay días en que me levanto feliz, se lo juro. De esos con ganas de gritarle al mundo que hay esperanza en la Humanidad y la justicia es justa y ecuánime, y todas esas cosas. ¿Cómo no sentir eso cuando el amanecer me sorprende desayunando con la noticia de que Javier Krahe ha sido absuelto por un delito contra los sentimientos religiosos? La cosa tiene su miga y sus
años. Les recuerdo: a finales de los setenta el cantante elaboró un video con instrucciones para cocinar un Cristo. En un par de minutos se explicaba cómo despegarlo de su cruz y, sobre un lecho de cebollas, aplicar mantequilla para introducirlo en el horno, donde al cabo de tres días quedaba listo para servir en la mesa. Bastantes años después, un programa de televisión lo emitió en directo, provocando que el Centro de Estudios Jurídicos Tomás Moro llevara a Krahe y a la productora del espacio en cuestión ante los tribunales.
 
¿Qué otro veredicto cabría en este país sino inocente? Faltaría más. A ver si uno no va a poder pasar por la turmix las creencias de los demás sin que algún cristiano se ofenda por el simple ejercicio de la libertad de expresión. ¿O no recuerdan, acaso, aquellas simpáticas fotografías con la sin par Lady Gaga vestida de monja mientras era azotada por Jean Paul Gaultier, disfrazado de sacerdote? El colmo de la vanguardia, oyes. Y ahí sigue, dando conciertos por todos esos países de cultura cristiana, mostrando con su carisma y sus vestidos imposibles que la mejor forma de reírse de absurdas creencias como pueden ser resucitar al tercer día o que una paloma embarace a una virgen es parodiándolas.
 
Una pena que los musulmanes indonesios no gocen del mismo sentido del humor cachondo y jovial que se gasta la Gaga. Porque a no ser que doña Lady considere más respetables dogmas tales como la anulación de la mujer, la guerra santa contra los infieles o la existencia de Alá, no se me ocurre el porqué ha cancelado el concierto que tenía previsto celebrar en ese país. Total, por cuatro amenazas. Precisamente por eso la animo a ejercer sin miedo su libertad de expresión. Todo mi apoyo, de veras. Ideas no me faltan. Por poner solo dos ejemplos: ¿qué tal una sesión de fotos con su amigo Gaultier, pertrechados con hiyab y rotuladores, haciendo caricaturas de Mahoma en cualquier plaza pública de Irán? Imagínense el espectáculo. Gaultier las dibujaría y luego se las daría a Lady Gaga para que las coloreara. Podría luego sumarse Javier Krahe a la fiesta, cocinando las ilustraciones en un microondas o a la sartén –en cuestiones culinarias no me meto-. Y si además les hicieran los coros aquel grupo de chicas que se desnudaron en la capilla de la Universidad Complutense, haciendo el mismo numerito en cualquier mezquita cercana, ya puede ser la irrisión general. Lo nunca visto en cuestiones de libertad de expresión.
 
Lo que pasa es que, mientras los cristianos agachan la cabecita y como mucho murmuran por lo bajini que eso está feo, algunas religiones son más de no reír ciertas gracias. Ya saben, ris ras y Alá es grande. Pero eso son nimiedades al lado de la sagrada libertad de expresión. En caso de que los radicales se lo pensaran mejor y aparcaran la cimitarra en pos de una buena denuncia en los juzgados de Plaza Castilla, allí estaré yo, apoyando la causa de estos adalides de la libertad de expresión y el respeto a los demás.
 
Así que venga, échenle huevos.

LAS ENFERMERAS NO SE TIRAN

Hombre, no me extraña, para qué engañarles. Tenía que pasar. Hace unos días, el doctor Pedro Cavadas ofreció a un periódico alicantino una entrevista en la que, con su habitual estilo directo –de esos que no se sirven de complementos circunstanciales para decir que a uno le pica un huevo-, el galeno afirmaba que no creía en la vocación, puesto que un niño, en
lugar de entender realmente en qué consiste ser médico, puede querer convertirse en uno influido por los tópicos que rodean a la profesión: llevar bata blanca, ganar pasta y tirarse a las enfermeras. Del mismo modo –opino yo- que querría ser policía para pegar tiros y matar ladrones, o bombero para salvar vidas como quien va a comprar el pan a diario, ¿les suena? En otras palabras: ser un verdadero profesional no se basa en tópicos y visiones chiripitifláuticas del mundo, sino que la realidad es otra: aplicar la cultura del esfuerzo y ponerse a trabajar.

Pero como no podía ser de otra manera, poco han tardado las asociaciones profesionales sanitarias (más en concreto, sus secciones femeninas de vigilancia moral) en montar en cólera y rugir escupiendo espumarajos acusándole de calificar a las enfermeras de concubinas, lo que en mi pueblo –y me parece que en el de ustedes- viene a significar putas, simple y llanamente. En la misma entrevista, el doctor Cavadas dice que mucha gente prefiere la empresa pública porque puedes hacer el vago y te pagan igual, lo cual dice poco en contra de los buenos profesionales que abundan en ese sector y mucho de los caraduras que pueblan el mercado laboral y al mismo tiempo se amparan impunemente en el blindaje que Mamá Administración les ofrece. Pues nada, también a la hoguera.

Les juro que me equivoqué. Pensaba que demasiadas personas carecen de comprensión lectora, pero ahora me doy cuenta de que fallan en comprensión de la realidad. Y da igual lo mucho que elaboremos una afirmación, la saturemos de matices o intentemos ser tan pulcros que absolutamente nadie pueda malinterpretarnos. Como decía aquella frase: no se preocupen, alguien lo hará. ¿Recuerdan aquél artículo que titulé “Jamonas y gilipollas”? Todavía recuerdo un par de correos electrónicos tildándome de machista. Cuando el feminismo voraz, el corporativismo mal entendido y la estupidez congénita se dan la mano, el resultado es éste: personas y colectivos más esforzados en indignarse por las palabras e ideas mal entendidas de un señor que en solucionar los terribles errores del sistema que los sustenta. En definitiva, las cosas que Pedro Cavadas afirma pueden ser discutidas, pero me temo que parecen, huelen y saben a verdad. Otra cosa es que nos fastidie averiguar que en la vida real los Reyes Magos son los padres o que las cornamentas no sólo se cuelgan en la pared. Pero como dicen en mi tierra: lo que éh, éh.

Como el cirujano che también confesó que no concibe su especialidad como un reto porque “eso es más propio de montañeros o paracaidistas, que hacen cosas innecesarias”, le sugiero que vaya preparando otra carta de disculpa en respuesta al indignadísimo escrito de la Federación Española de Montañeras y Montañeros o el de la Asociación Profesional de Paracaidistas y Paracaidistos, que también preguntarán qué hay de lo suyo. En lo que a mí respecta, si la vida me impone el reto de recuperar mi cara o mis piernas, prefiero mil veces al diabólico y misógino doctor Cavadas. Otros y otras que yo me sé pueden ir metiéndose el K2 y el Naranjo de Bulnes por donde les quepa.

EL HIJO DEL ÁRBOL NO ESCRITO

Se lo escuché cantar a Silvio Rodríguez hace ya demasiados años. Sin hijo, ni árbol, ni libro. Y así, en mi adolescencia tardía se rompía en añicos aquella máxima que hasta entonces yo juzgaba imprescindible: para tener una vida plena hay que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Luego los años, las huellas y las sombras de esas mismas huellas se
encargaron, unas veces de pulverizar y otras tan sólo de arrugar y lanzar a un rincón oscuro en espera de volver a ser rescatados, otros tantos ideales y verdades que siempre creí, o creímos, inalterables.

Libramos pocas batallas juntos. Lo cierto es que prácticamente ninguna, más allá de los meses en los que compartimos agobios y esperanzas como estudiantes de aquello a lo que con todas nuestras fuerzas aspirábamos a ser, y tu período de prácticas -ya ves, por aquel entonces tú alumno y yo veterano- antes de que te embarcaras profesionalmente en tu aventura definitiva.

Coincidimos poco, y por eso pocas son las cosas que recuerdo de ti, aunque muy claras. Tu carácter afable y al mismo tiempo exigente, sobre todo contigo mismo. Tu piel enrojecida y tu apariencia -fíjate que escribí apariencia- débil. Siempre uno más, tenías esa rara e infrecuente vocación por esta profesión, que te otorgaba un mohín infantil y apasionado cada vez que hablabas de nuestra labor diaria. A pesar de tu proverbial memoria, anotabas cada detalle y, si hacía falta explicarte algo, bastaba con una sola vez. Sin excepciones. Por esa misma razón, cómo recuerdo tu expresión de desconcierto cuando algo no se ajustaba a la idea que tú ya tenías concebida y preparada meticulosamente antes de cada jornada. Pero daba igual, porque eras Joaquín.

Insisto en que puede ser que el tiempo nos diera la oportunidad de luchar juntos en muchas más batallas, pero la vida y sus circunstancias nos lo negaron, pasando de ese modo desapercibidos los seis años siguientes, en los que -lo confieso- ya habías dejado de ser alguien a quien dedicara un pensamiento cotidiano, aunque tu figura y tu recuerdo siempre estuvieran ahí.

Te has muerto, Joaquín. No sé cuánto duró tu enfermedad pero sospecho que fue a traición, como en tantas otras ocasiones, y desconozco también si tuviste tiempo y fuerzas para despedirte de quienes te querían. Pero para mí te has muerto sin avisar. Y enterarme de tu repentina y eterna ausencia no por una voz que me lo anunciara con calidez o frialdad, lo mismo da, sino leyéndola en un mensaje de texto tan bien intencionado como impersonal ha tornado aún más helado mi dolor.

Dolor por aprender de nuevo una lección ya aprendida: que al carajo los planes, los mañanas y los destinos, que no importa todo el esfuerzo y la ilusión que pusieras para llegar hasta donde habías llegado, ni si debías tanto o aquello de hipoteca o si llevabas mil momentos esperando el momento oportuno para atreverte a hacer lo que quiera que fuese. Dolor porque ahora tú formas parte de esa indeleble colección de retratos cuyos ojos quedan para siempre fijos en nuestro cogote, con su mirada alentadora o reprobadora, según con qué pie se levante nuestra conciencia ese día. Dolor porque no importa cuántas veces nos juremos que no vamos a volver a repetir el mismo error de siempre, que vamos a coger ese teléfono y congraciarnos con los ausentes voluntarios de nuestras vidas, porque una y otra vez lo cometemos. Tú eres la prueba.

No sé si tuviste un hijo, si habías plantado un árbol en tus queridas Málaga o Granada, o si escribiste un libro. Ahora ya no parece importar nada, como nada pude añadir a tu vida ni a tu muerte. Tan sólo ofrecerte, sin que tú puedas saberlo, la convicción de un último pensamiento exento de planes y de curiosidad por qué será ya de tu vida o en qué ciudad vivirás. Un único pensamiento, pero un pensamiento, ahora sí, eterno e imborrable el que recordará siempre a alguien -los que te conocimos lo sabemos- que fue, por encima de todas sus virtudes como profesional y como ser humano, sencillamente, una buena persona.

Hasta siempre, Joaquín.

FRANCISCO ALEGRE… Y SEÑORA

Benidorm en verano. Casi ná. Me dejo caer por un hotelito cualquiera y un sábado noche estoy tomando una copa en la terraza. Hay un gran bullicio, y es que nada hay más certero y peligroso que un grupo de chavales a los pies de una piscina con tres o cuatro cubos de hielo donde flotan cervezas, risas, miradas furtivas e inconfesables intenciones. En un extremo del recinto dos tipos, uno alto y joven y el otro mayor y algo enjuto, teclado y guitarra eléctrica en mano, desde la disco-móvil deslumbran al distinguido público con interpretaciones como “El toro y la luna”, “Macarena” o “Paquito el chocolatero”. Caspa pura y dura. La muchachada –el mayor no pasará de los veinte años- hace el tonto dentro y fuera del agua, aplaudiendo a rabiar cada final de canción, cada vez más fuerte, cada vez más cerveza. Se ríen. Se descojonan, para no mentirles. La disco-móvil se arranca por “Francisco Alegre” y el nivel de tontería del grupito alcanza ya cotas insospechadas. Gente sana, vaya. En esto que, de entre todas las mesas que ocupan la terraza, se levanta una pareja de ancianos y comienzan a bailar, solos, en medio de la improvisada pista. Ella es bajita y regordeta, con un vestido estampado jódemelarretina. Él, algo más alto, desgarbado, pelo canoso y arrastra la pierna derecha, desconozco si porque ya no le funciona o se la han tuneado en Ortopedias Martínez. La cosa es que ahí están, sin atisbo de rubor o vergüenza, mostrando su vejez, su discapacidad, sus kilos de más y tal vez su senilidad, delante de un grupo de púberes guapos, modelados, máquinas de vitalidad que se creen –al fin y al cabo, por edad, les va en el sueldo- eternos e invulnerables-. El solista va por aquello de “Niña morena/ ¿por qué me lloras, / carita de emperaora?,» y la mujer le regala una sonrisa a su torero.

Que puta y fina es la vida. Cómo nos coloca ahí, por el motivo que sea, y nos insufla las ganas de comernos el mundo, de aprender, de echarle ganas a todo, pero también cómo erramos al pensar que lo verdadero y auténtico sólo sucede cuando estamos en plena posesión de nuestras facultades. Y no. De los primeros amores, del torrente de hormonas que son los chavales de la piscina, ojalá que con los años quede ese poso, maduro y sereno, de la tranquilidad que otorga contemplar el océano después de una larga travesía, de borrascas que se fueron como vinieron, temporales que nos arrebataron lo más querido, e incluso la inquietud que tuvimos por el miedo a ciertas tormentas, la mayoría de las cuales finalmente nunca sucedieron. Esa pareja de viejos –las cosas como son- sabe que está llegando al final de su singladura, y que por fuerza uno de ellos volverá al mar antes que el otro, pero sea cual fuere el tiempo que les quede, tienen claro que los habitantes del penúltimo puerto les van a contemplar bailando, mirándose, luciendo orgullosos su amor, sus años, sus canas y su pierna ortopédica, superado ya el riesgo de haber necesitado prótesis más importantes, como la del alma o el corazón.

Apuro la copa, y antes de marcharme me quedo contemplando a los auténticos jóvenes riendo, disfrutando, mirándose furtivamente y soñando quién sabe qué cosas secretas e inalcanzables. Y un poco más allá, entre cubos de cerveza, los chavales siguen haciendo ruido y creyéndose eternos.

DOMINGOS FRIOS

A las aladas almas de las rosas,
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero

Miguel Hernández (Elegía a Ramón Sijé)

Le he cogido asco a los domingos fríos. De pequeño los odiaba porque ese día íbamos al campo y entonces aparecían ellos: su mera presencia, su algarabía o una simple mirada a destiempo, bastaban para provocar en mí un pánico irrefrenable. Años más tarde fui conociéndoles cada vez más por una simple razón: me acerqué a quienes los aman, los comprenden y les enseñan.
La verdad es que su mundo está plagado de tópicos y leyendas que casi nadie comprende pero todos cacarean. A menudo se les encumbra otorgándoles cualidades humanas, para a continuación hundirles achacándoles defectos igual de mundanos. Y ni lo uno ni lo otro. Su grandeza está en su mera existencia. Su fidelidad, su abnegación, su alegría, incluso su terquedad, los definen por sí solas, pero cobran aún más sentido cuando hay un ser humano que los aprecia, los valora y está ahí para hablar su mismo lenguaje.
Aarón tenía siete años y era bueno. Quien le conociera sabrá que no hacen falta más adjetivos. Mas todas sus virtudes y defectos, jamás humanos, llegué a comprenderlos en la voz, la mirada y los gestos de quien le acompañó toda su vida. Pude percibir como se convirtieron en cotidianos el modo en que su guía pensaba una y otra vez métodos para que hiciera su trabajo adecuadamente, su temperamento indomable cuando se veía encerrado, y su imponente y calmada presencia cuando disfrutaba de su libertad, que hacía las delicias de los niños que se fotografiaban con él.
Su guía es alta, sobria y formal, pero todos esos atributos se desprendieron, cayendo al suelo uno a uno cuando corrió ese domingo asquerosamente frío para arrodillarse en el canil y arrugar sus dedos delgados contra la piel de Aarón, ya fría e inerte, como si intentara atrapar un hálito de una vida que ya había dejado de existir.
Así que odio los domingos fríos. Cuando era un crío me aterraba que aparecieran entre la niebla dominical, y hoy en medio de la misma niebla he comprendido que me asusta perderlos. Y sobre el rumor del llanto de su guía aquella mañana, ese que suena sentido y bajito, sin estridencias, pero que estremece con sólo escucharlo, permítanme explicar que hoy podría haber escrito sobre mil temas, pero preferí hablar de lealtad y de amor.
Por eso he hablado de perros.

DE LA ZEJA A LA MECA

Me cae una gota de sudor caliente por la mejilla cuando te veo aparecer en la tele, Mohamed, con cara de no haber roto un plato en tu vida, y el aire sereno y dialogante que seguro se traga más de uno apoltronado en su sofá. Estás para verte, figurín. Con tus pantalones del Coronel Tapiocca y la camiseta Jack Jones, repeinado hacia atrás, dando esa imagen de tío moderno y enrollado que tanto os gusta ofrecer. El único detallito, ya ves, que rompe esa armonía es tu mujer, sentada a tu lado, con la chilaba hasta los pies, y la cabeza completamente tapada por el hiyab. Ya sabes, la mirada del hombre es sucia y todo eso, y algunas gastan maneras desde la primera sura.
En fin, en esas estamos cuando comienza la entrevista y la rubia presentadora da pie a que sueltes tu perorata. Los musulmanes estáis discriminados, nadie os comprende, los españoles no os dejamos cumplir con vuestra religión en libertad y, para más inri, la opresión fascista del Estado español sobre Ceuta y Melilla hace que, con razón, os salte la chispa de tarde en tarde y reclaméis la soberanía de ambas ciudades. Ocupadas. Ahí es nada.
Desconozco los planes de estudios de tu país, pero visto lo visto la historia, la verdadera historia (ambos adjetivos por desgracia no suelen caminar unidos), no es vuestro fuerte. Así que agárrate que vienen curvas.
Los títulos de crédito de esta película arrancan con los fenicios, que establecieron colonias en Ceuta y Melilla. Juntas pasaron a ser ciudades romanas, y juntas, algunos siglos más tarde, se convirtieron en ciudades cristianas, de la mano del resto de la historia de España. Pasaron los años, y cuando el imperio romano cayó, ambas ciudades fueron invadidas por los vándalos, y llegados a la convulsa etapa medieval, en la que el poder musulmán se adueño de la práctica totalidad de la península ibérica, fue entonces cuando Ceuta y Melilla vivieron bajo el dominio de los distintos reinos nazaríes y las taifas.
Respecto a Ceuta, fueron los propios califas españoles, frente a los constantes intentos de invasión africanos, los que la defendieron una y otra vez como parte indisoluble de la península ibérica. Fue en Ceuta cuando, en 1227, murieron varios cristianos como mártires –allá cada cual con sus creencias, y si les merece la pena morir, que no matar, por ellas-, lo que constituye la prueba de que el cristianismo nunca fue erradicado de esa ciudad, ejecutando la Reconquista de la misma Portugal, en 1415, y permaneciendo como parte de ella durante todo un siglo. Los tratados entre España y Portugal reconocían a Ceuta como parte de ésta, y en 1580, cuando el país vecino se anexionó a la Corona Española, también lo hizo Ceuta. Pero con una salvedad: décadas más tarde, en 1640, cuando Portugal se constituyó como un Estado propio, Ceuta continuó siendo española porque así lo quisieron los ceutíes. Por este motivo, Mohamed, si te tomas la molestia de observar y aprender, comprobarás que el escudo de la ciudad conserva las armas de Portugal, y posee el título de “Noble, Leal y Fidelísima”.
En cuanto a Melilla, durante la etapa musulmana fue, en principio, una ciudad próspera,… pero bajo el dominio del califato de Córdoba. Lo que significa que incluso durante la ocupación musulmana, Melilla siguió siendo española. Esto duró hasta la caída del califato, en el siglo XIII, en el que la ciudad quedó completamente destruida, siendo los castellanos los que la reconstruyeron, aunando el ingenio con la firme voluntad hispánica. Y la manera en la que la reconquistaron, créeme, fue, para la época, sublime y emocionante. Rodeada la ciudad de moros, y desaconsejada por tanto cualquier operación militar, las tropas del Duque de Medina Sidonia realizaron un desembarco nocturno, transportando en los barcos una serie de vigas desmontables, las cuales ensamblaron con celeridad durante la noche, creando a la mañana siguiente la falsa y aterradora ilusión en los moros de que la ciudad se había reconstruido sola en pocas horas, atribuyéndose esto a un hechizo. Así, de esta manera, quedó completada, en el siglo XV, la reconstrucción abnegada de una ciudad que fue asediada una y otra vez por sultanes marroquíes, en busca no de una soberanía, e incluso de la legítima reclamación del territorio por quien guerrea, sino tan sólo del botín, del puto, sucio y efímero botín de siempre.
Así pues, ni ocupación, ni represión ni hostias en verso. La misma historia de siempre. Mientes. Por ignorancia, por conveniencia o por ambas cosas. Pero te da igual. Y que conste que me la soplan los zopencos del “¡España para los españoles!”. Defensas así no las necesitamos. La única realidad es que en muchos lugares el Islam es una religión invasiva y excluyente, como lo fue el cristianismo en su momento, solo que, siglos más tarde, a la jerarquía eclesiástica se le pasó la fiebre por quemar en la hoguera a quienes se salían de la línea marcada y por condenar a una muerte en vida a quienes cometían pecados que hoy provocan en cualquier sacerdote la risa floja. E incluso les dio por pedir perdón por cosillas tales como querer achicharrar a Galileo cuando afirmaba que la Tierra se mueve, o lograrlo con Miguel Servet por aunar sus descubrimientos sobre la circulación pulmonar con el ejercicio de la crítica a la religión establecida en su época. Y en esas estáis todavía muchos –no todos- musulmanes. En montar en cólera por cada mínimo detalle que os ofenda. En querer que todos sigan vuestras costumbres en vuestros territorios, pero también exigirlo en los países que os acogen. Y que muchos de los presuntos musulmanes pacíficos y tolerantes siempre argumentáis que los radicales son otros, pero lo cierto es que unos atentan, unos amenazan, unos chantajean, y todos os beneficiáis de ese trocito ganado cada día. Al merme, que diría el genial José Mota. Unos agitan el árbol y otros recogen las nueces. ¿Les suena? Es el mismo principio desde que el hombre es hombre.
Cuando se pone en duda que por tus creencias la mujer sea un cero a la izquierda, cuando se somete a contraste la privación de derechos humanos en muchísimos países islamistas, cuando se desea un debate en libertad –li-ber-tad, Mohamed-, ahí es donde se te cae la careta y despotricas de todo, de los cristianos, de los judíos, de los pastores, del buey y de la mula. Y todo, las cosas como son, con la inestimable colaboración de nuestra clase política, que por no teneros enfrente prefiere teneros detrás, poniendo el culete a cada momento, mientras se esfuerza por eliminar todo vestigio de su propia religión y cultura. Y como no, de los valientes de siempre, que en sus respectivas cadenas jalean una obra de teatro que se llama “Me cago en Dios”, ridiculizan a la Iglesia Católica o claman furibundos contra el crucifijo en las escuelas. Pero ni una sola caricaturita de Mahoma se atreven a pintar en su servilleta. No hay huevos. For if the flies.
Entre tanto, la turba islámica sigue poniendo el grito en el cielo –lo de “Allah´u akbar” da mucho juego, oigan-, cada vez que algún español con proyección pública pisa cualquiera de las ciudades autónomas, amenazando con degollar corderos en nombre de la madre que nos parió, pegando grititos histéricos con velos multicolores por las calles de Rabat al ritmo de “todo es una provocación”, o, como traca final, enviando una delegación musulmana para asesorar a los dueños de la discoteca situada en la localidad murciana de Águilas, llamada “La Meca”, porque desde el nombre hasta el minarete que la remata molesta a los de siempre.
A los pocos días, los dueños ofrecen, junto a los delegados musulmanes, una rueda de prensa en la que explican que han remodelado todo el local para no ofender a esos amables señores que tienen sentados al lado. La cámara capta cómo Hanafi envía una sonrisita cómplice que es devuelta, todo solícito, por el dueño de la renombrada discoteca “La Isla”.
Y mientras, por su carita sonriente, resbala una gota de sudor fría, muy fría…

DESCONTROLADOS

Imagínese sentado en una oficina de denuncias, tras haber sufrido un robo. Allí, jodido, esperando que la espada flamígera de la justicia caiga sin piedad sobre el autor (presunto, oiga) y le chamusque salva sea la parte, de repente escucha al otro lado de la puerta, justo cuando le toca entrar. “Estoy hasta los cojones. Primero me bajan el sueldo, luego me quitan ayudas de acción social, ahora me quitan casi media paga extra, mientras sigo trabajando en un turno que se inventaron hace veinte años. Y la gente sigue viniendo a denunciar. Anda y que se metan por el culo sus putas denuncias. Tengo tanto estrés que a cualquier ciudadano le voy a pegar un tiro”. Y ahora entre, si tiene huevos. Sala de espera de cualquier centro hospitalario. Repleta de las lógicas caras de cansancio, malestar y preocupación. Colgado en la puerta hay un manifiesto en el que el personal sanitario, harto de la cantidad de horas que realizan, de la miseria que cobran por ello, de la disponibilidad que se les exige, del nulo respeto que los pacientes les tienen y de la ansiedad que les generan los constantes enfrentamientos con la dirección del centro y las autoridades sanitarias, expresa su malestar cagándose en la puta madre de los pacientes, afirmando que les importa un carajo si se sienten bien o mal, y amenazando con que el día menos pensado van a comenzar a equivocarse en la administración de los medicamentos y a lo mejor, oyes, por esas cosas que pasan, angelitos al cielo. Sr. Pérez, su turno.

¿Qué consideración les merecerían los “profesionales” (en la generosa acepción de que ejercen una profesión) que se expresaran en semejantes términos? Pues a partir de ahora, antes de coger un avión en el aeropuerto de Palma de Mallorca, yo de ustedes preguntaría si Cristina Antón está de servicio. Porque lo que esta señora, al parecer controladora aérea, escupe desde su blog es más o menos lo que han leído, pero aplicado a su oficio.

Ni una coma le discuto cuando afirma que las cifras que se están presentando sobre condiciones laborales, cifras y decretazos en los medios de comunicación por parte de controladores y Gobierno están equivocadas o, cuando menos, son inexactas. Probablemente. Está demostrado que en toda disputa, como en la vida, existen tres verdades: la tuya, la mía, y la verdad. Y en un conflicto tan enquistado, ambas partes cuentan la película desde el prisma que más les favorece con tal de salirse con la suya. Que los controladores han sido una casta privilegiada en turnos y sueldos, casi inaccesible por voluntad propia, eso es algo de general conocimiento. Que el Gobierno les ha tumbado de repente y a las bravas muchos de sus privilegios, pegándoles un baño de humildad, y donde antes hacían horas extras a precio de oro ahora les sobreviene el soponcio cuando tienen que realizarlas por la mínima y sin rechistar, y por ese mismo hermetismo del que han hecho gala no existen actualmente controladores suficientes para repartir tan extenuante tarea durante las vacas flacas, lo sabe hasta el tato. Pero donde los controladores en general y la señora Antón en particular patinan es en las formas. Paralizar a un país en fechas tan señaladas y de una manera tan vil y criminal, no tiene nombre. Y aunque comparar su acción imaginando como sujetos activos a cuerpos de seguridad, sanitarios, bomberos, y un largo etcétera es un argumento desgastado y repetitivo, no se me ocurre mejor ejemplo para evidenciar la magnitud de lo que han hecho. ¿Se lo imaginan?

La señora Cristina Antón, desde su blog, defiende sus acciones ante los ciudadanos con una rabia, saña y cólera desencajadas como jamás he leído en ningún panfleto radical, con perlas tales como “no me jodáis”, “vuestros putos puentes y putas vacaciones”, “me cago en vuestro puente trescientas veces” “la puta mierda de los militares (…) y a su puta madre, porque en ese preciso instante le clavo mi contrato en el fusilito y que se enchufe él”. Rematando todo lo anterior con lo más grave: “al final vamos a empotrar un avión”. Pasajeros, embarquen por la puerta D12.

Ya no es por los insultos o las palabras soeces. Caca, culo, pedo, pis. ¿Lo ven? No pasa nada. A uno mismo de vez en cuando le entra el calentón y dispara a todo lo que se mueve sin miramientos. Es lo indigno, lo abyecto, lo ruin de su defensa, que es el más rastrero de los ataques. Además de la falta de respeto, del tono barriobajero y colérico, y de que pública y voluntariamente echa por tierra la imagen que, en el fondo, teníamos de los controladores aéreos de gente preparada, cualificada, entrenada para dominar el estrés y la ansiedad en situaciones difíciles (¿no presumíais de eso, para justificar tales sueldos?), lo de esta señora, más que de juzgado de guardia, es de examen médico a fondo. ¿Se imaginan, de nuevo, a policías o médicos expresándose de esa manera y amenazando de forma tan burda y mafiosa? Pues ahí lo tienen. Claro, que de una controladora aérea que afirma “yo he tenido un fin de semana libre en nueve putos meses”, al mismo tiempo que se contradice al explicar que estuvo “dos meses de baja por una subida de tensión”, o que “no nos dejan hablar en la tele ni salir en los periódicos, porque al Gobierno no le interesa” cuando al portavoz del sindicato mayoritario de los controladores le brotan clubes de fans cada vez que abre la boquita en cualquier medio o red social, ¿qué se puede esperar?

Bien haría AENA en examinar a esta “descontrolada”. Pero volviendo al tema de los tacos, hace tiempo perdí una apuesta con un amigo que se molestó en contar las veces que había escrito alguno en uno de mis textos, y me ganó una cena. Como no quiero tener que pagarle dos (porque el colega es de buen saque), me abstengo de escribir lo último que tengo en mente, y no le diré a esta tipa a quién le sugiero que empotre.

JAMONAS Y GILIPOLLAS

Si hay algo complejo de definir es una mujer. No por su dificultad, en absoluto, sino precisamente por la envergadura de su propia existencia, la cantidad de dimensiones, facetas, aspectos y matices que coexisten en el mismo ser. Desde el punto de vista de un hombre, la mujer posee la capacidad de ser una persona independiente, trabajadora, estudiante, aplicada en el hogar, madre entregada, amiga atenta y amante apasionada. Todo ello, claro está, no necesariamente coincidiendo en el mismo tiempo y lugar (pruebe alguna a simultanear todas esas facetas en el Carrefour a las seis de la tarde, a ver qué opinan los vigilantes de seguridad).
Como el título de este artículo induce –a propósito- a confusión, y antes de que alguna feminista me ponga a caer de un burro, aclararé (aunque no tenga por qué, puesto que quien me conoce lo sabe, y quien no, me la trae al pairo) que mi admiración por la mujer se basa precisamente en esa conjunción de dimensiones inexpugnables, enriquecedoras, coexistentes y… en definitiva, que la mujer me resulta un horizonte cercano y al mismo tiempo inabarcable de puro intenso. Y eso me fascina.
España –ups, perdón- es fuente inagotable de sinsentidos e hipocresía. Baste citar dos ejemplos. Uno, legal. Alicia tiene quince años, y puede ir a una clínica a las siete de la tarde para que le practiquen un aborto sin necesidad de comentárselo a sus padres, ya que se le presupone la capacidad, sabiduría y criterio ético y moral como para decidirlo por ella misma. Sin embargo, Alicia ha de procurar que el galeno se dé prisa y termine la faena antes de las diez de la noche, puesto que si después del aligeramiento quiere irse de botellón con sus amigas a celebrar el tema, en ninguna parte (y por ley) le venderán ni una mísera cerveza pasada esa hora. Ni siendo menor, ni mayor de edad. ¿Que no lo entienden? Pues tómense un valium y a por el siguiente párrafo.
Segundo ejemplo. Éste, social. Jacinto es empleado de una conocida caja de ahorros en una localidad almeriense donde los musulmanes se han establecido por miles en sus barrios. Jacinto ha tenido que acudir media hora antes al trabajo un frío día de diciembre para retirar el belén que luce en la entrada de la sucursal, ya que varias decenas de habitantes de ese barrio han protestado airadamente ante el director porque es un insulto a su religión, una vergüenza, porque occidente es el cáncer y el islam la solución y porque, oye, tampoco vamos a ponernos así por un quítame allá esas pajas, que al fin y al cabo la pela es la pela. Y Jacinto saca el último clavo del crucifijo que coronaba el Nacimiento con el mismo martillo con el que semanas después se rematan las tachuelas de la nueva mezquita. Y todos lucen tan contentos.¿Se han ambientado ya? Continúo, pues. Ojeaba el otro día varias revistas del corazón (no voy a poner la excusa del peluquero o la consulta del dentista, estaba en casa y bien a gusto), cuando descubrí en una de ellas una sección en la que los redactores denuncian detalles no ya insignificantes sino incluso bellos y deseables en una mujer. Una pequeña lorza por aquí, una manchita en las manos por allá, un atisbo de celulitis en calas ibicencas o un pecho ligeramente caído fruto de la natural edad o del milagro de la maternidad, son expuestos al lector con lupa de aumento y asomo de indignación o desagrado, criticando y destrozando el mero hecho de su existencia, en una absurda exigencia de perfección mal entendida y donde no puede haberla, pues la percepción del atractivo no se halla tan sólo en el físico o incluso en la propia cultura (y a las pruebas me remito, figúrense que siguen naciendo camboyanos), sino en los ojos de quien mira. Para remate del asunto, la sección se llama “¡Aag!” (jueguen a adivinar el por qué de la interjección), y, oh sorpresa, gran parte de quienes perpetran esas páginas son mujeres, lo que denota tal vez envidia por no tener la misma suerte o aspecto que sus víctimas, o simple y llanamente mala leche

Figúrense que todavía me duelen las retinas tras haber leído el último libro que versa (o al menos eso creía), sobre la mujer, su lucha constante y su supervivencia ante los malos tratos. Pena de veinte euros. Lo que prometía ser un compendio de vivencias y aprendizaje sobre la maravillosa existencia y defensa de la feminidad, sin tabúes ni complejos, resultó ser el manual de la perfecta feminista amargada que destila rencor y odio por todo lo que huela a hombre. Las portadas y los títulos –no les digo éste, porque paso de hacer publicidad a semejante esquizofrénica sentimental- engañan mucho en literatura. Recuérdenme que un día escriba sobre eso. El caso es que, a pesar de que la mujer cada día encuentra una sociedad más abierta, y se permite romper tabúes, injusticias y sinsentidos, sin renunciar a su feminidad más dulce, sigue topándose con la hipocresía más cruel y descarnada, en demasiadas ocasiones de manos de las de su mismo sexo.
Y esto me lleva a pensar que todavía queda mucha feminista -o no- de manual amargada, que ridiculiza el físico o las formas porque ignora las más elementales sensaciones que se hallan en el atractivo de las arruguitas de unos ojos azules, en los besos comprados en mercados de septiembre que se reparten a oscuras entre la sinuosidad de los muslos celulíticos de una piel de naranja fresca y recién duchada, mientras los dedos, trémulos, acarician con suavidad los pechos que atestiguan con sus estrías que gracias a ellos hay más vida en este mundo, al tiempo que se susurra al oído de la mujer amada esas dulces palabras que son el mayor gozo para el que las siente de veras. Como uno se reconcilia con su existencia cuando cada centímetro cuadrado de la piel femenina se eriza al paso de una gota de sudor que guarda, condensados, el deseo, la complicidad y el lenguaje que sólo las epidermis de los amantes saben hablar. Por eso, no sólo en el interior, sino también en la envoltura, se plasma todo lo que resulta deseable y hermoso en una mujer, porque son sus arrugas, sus manchas, sus (im)perfecciones, las que provocan el cariño, el respeto y el deseo de fijarse todavía, tras una vida juntos, en su caminar y su trasero mientras desaparecen tras la puerta de la habitación, y respirar confiado, tranquilo e ilusionado. No sólo por quererla. Por admirarla.
Así pues, comprenderán que no tenga empacho alguno en adjetivar (y así las prefiero) a las mujeres hermosas como jamonas. Y gilipollas a los que las desprecian.

UN TIPO GRIS

Diez de la noche. A medio café de máquina escucha el crepitar de la radio. Afina el oído y entre el bullicio del vestuario acierta a escuchar su indicativo. Un hombre descamisado y fuera de sí está haciendo aspavientos en una azotea. Tal vez otro gilipollas de farra esta noche de jueves. Quizá un suicida. Piensa esto último y nota el ligero temblor de la mano que sostiene la cucharilla. Echa un vistazo furtivo a su compañero, pero no se ha dado cuenta. En el fondo, se sorprende de que todavía le ocurra. No es que sean muchos años, pero a los treinta y tantos ya son varias las suelas gastadas pateando la calle. La puta calle. Ha visto de todo, y sabe que aún le queda mucho por ver. Bueno y malo, aunque más de lo segundo que de lo otro. Y eso que las broncas y peleas, un navajazo a destiempo –siempre lo son-, las esperas junto a cadáveres con el duelo de curiosos y vecinos como improvisadas plañideras cotillas, la angustia cuando la voz, habitualmente despreocupada y tranquila, de algún compañero de turno, se vuelve agitada pidiendo apoyo por la radio, etcétera, forjan una costra serena y amarga que filtra toda la mierda que observa durante su servicio y fuera de él. Pero dejan su huella. Y se cobran su precio.Lucha a diario por no embrutecerse, por no perder la paciencia, aunque le resulta difícil. Jodidamente difícil. No venía en los libros la falta de respeto del ciudadano hacia el uniforme, la ausencia de normas, los “¿y a mí por qué?, ¡no sabes con quién estás hablando!”, en boca de zagales en cuyo DNI reza una fecha de nacimiento posterior a los Juegos Olímpicos. Los papás que tildan de chiquilladas cuando los angelitos les lanzan botellas los sábados por la noche, y en comisaría, en vez de caérseles el alma a los pies ante cualquier delito cometido por su hijo, les sube a la boca una indignación, un “esto no puede ser”, y el eterno “deme su número de placa”, como si eso pudiera amedrentarle.
Está a punto de cerrar la puerta de la taquilla cuando ladea la cabeza y se mira al espejo. Tres o cuatro canas nuevas. A saber. Ni siquiera merece la pena rememorar la intervención que pudo causarlas. Tal vez para evitar que fluya por estas líneas.

Es lo que tiene esta profesión –concluye-, que te acostumbras a sufrir. Dentro y fuera. Hace poco descubrieron que Jorge, el mayor, es diabético. Y como la noche del apagón fue recién estrenado el verano, cuando Marieta nazca el año que viene, no vendrá con los cuatrocientos euros bajo el brazo. Pero bueno, él es uno de esos funcionarios malévolos que gana dinero a espuertas, y con los 91 euros que le descuentan del sueldo (al fin y al cabo, unos calzoncillos de seda nuevos para el político de turno), ahora sus amigos le apodan el SEAT. Por lo de 1400. Se acuerda del chiste, y sonríe.

Alberto es policía. Se ajusta la bota derecha, respira y recuerda para lo que está, para lo que juró su cargo, y reza procurando no olvidar nunca esforzarse para que, al menos esta noche, en su turno, en su guardia, esa persona anónima esté más segura. Y el click de la hebilla del cinturón es el primer latido nocturno de un tipo gris, uno más entre tantos policías que, a pesar de la mierda de batalla diaria, de la falta de apoyo y de las estrecheces a finales y a principios de mes, sigue recordando aquella frase que leyó una vez, no recuerda dónde, pero que permanece indeleble en su mente: “Que el mal triunfe es fácil. Basta con que los hombres de bien no hagan nada”.

CANSADA DE BESAR SAPOS

De sus labios brota un hilo de sangre y se jura que será la última vez. La punta de su lengua detiene por un instante el sabor férreo y grana que se derrama hacia sus comisuras, y entonces se da cuenta de que esa herida cicatrizará más rápido que la otra, mucho más profunda.

Mientras camina descalza por la habitación, espira lentamente los retazos de sudor que atestiguan la sucia, la auténtica, pasión que hace unos instantes ha provocado el temblor de su cuerpo y su alma, hasta culminar en el traicionero mordisco en sus labios como broche del torrente de sensaciones.

Se acerca a la cómoda, y el zumbido del CD le devuelve a la realidad. Pulsa de nuevo el play para escuchar por vigésima vez la misma canción, que comienza con el mismo acorde de siempre. Lo que oye es lo de menos, son los recuerdos mezclados con la imaginación los que se despiertan de nuevo con esas notas, recreándose en ellos una vez más. Apoyada en la cómoda, levanta un poco la cabeza y echa un vistazo a su reflejo en el espejo. Sonríe, como si quien la contemplara no fuera en realidad ese amasijo de virtudes, defectos y cansancio de pelo moreno que duerme en la cama, sino el hombre que le gustaría que fuera. Que hubiera sido. Sonríe como se sospecha, como se cree, como se sabe que se puede enamorar, cuando en realidad sólo se está conquistando a sí misma. Entonces vive con todo el falso realismo del que es capaz la misma escena. Unas palabras, un beso, el primer aliento capaz de erizar por única vez el vello,… Da igual lo que se represente. Lo importante, maldita sea, es que la hace feliz.

Es guapa. Más que eso. Bella. Podría ser alta, o tal vez más menuda, haber poseído formas sugerentes combinadas con hermosos ojos pardos, o una raquítica sencillez rematada por iris azules. Su acento peculiar, sus palabras inteligibles a veces, otras no, pero hipnotizadoras siempre, su mirada, como un liviano muro que intenta sofocar, en vano, el fuego que arde bajo esa apariencia. Podría ser cualquiera, porque ella es todas las mujeres.

Es imposible aceptar una sola definición de amor, piensa. Frente a la estupidez congénita que habita en la idea del único amor verdadero, con la que nos educamos, existen tantas formas de vivirlo, que todas y cada una de ellas son ciertas, aunque no necesariamente reales, para quien las experimenta. El amor es una línea de vida única e imprescindible, a la que se aferran hasta morir por él algunas personas, o por el contrario, una insólita y tibia mentira, que muchos otros viven con la tranquilidad que otorga la seguridad de la dulce hipocresía. No fui feliz, pero tuve pareja, masculla entre dientes.

Se mira de nuevo y sonríe, convencida de hacerlo al príncipe inmaterial que se asoma al borde de su deseo, y siente en su piel la suavidad del tacto preciso, de la caricia acertada, del estremecedor beso que aún mantiene el sabor a saliva. Enciende un cigarrillo y vuelve a la cama, pensando en cada uno de los príncipes que ha conocido, príncipes rebeldes cuyo asalto al castillo se fraguó en una sola noche, o verdaderos reyes con los que gobernó su territorio durante varios años. Todos y cada uno de ellos ya son historia, lo fueron cuando en el último y confiado beso, se transformaron, lúgubre e invariablemente, en sapos.

Recuerda entonces por qué tomó aquella decisión extraña, repentina. Decidió abandonarse. Pero no descuidándose, a costa de su vida o su salud. Al contrario. Derrocha su existencia en el más puro hedonismo, se cuida, se mima, vive por y para ella, aceptando así la paradoja de que en demasiadas ocasiones la idea y la experiencia del amor implica una renuncia al propio placer, a un estilo de vida mismo, al “yo” en pos no de un “nosotros”, sino de un “tú”, convirtiéndolo en un sacrificio absurdo y mal entendido. El amor, concluye, es un espejismo necesario. Un consuelo grabado en nuestros genes marmóreos en los que anidan, indelebles, trazas y marcas talladas a golpe de ausencias y desencuentros durante siglos, testigos hirvientes y mudos de lo que pudo ser y no fue. Una suerte de pantano habitado por sapos que un día, por reflejos o no – la luz a esas horas resulta traicionera-, parecieron príncipes.

De nuevo sentada en la cama se vuelve a jurar que ésta será la última vez. Hace tiempo que ya no están juntos, y esas incursiones intermitentes sólo les hacen más daño, prolongando la dolorosa despedida. Gira su cabeza y se topa con él, que la mira. ¿Qué estará pensando?

En el fondo sigue queriéndola, incluso deseándola. Pero sabe de la importancia de un compromiso como para asumirlo. Él sabe que no la hará feliz, del mismo modo que ella tampoco a él. Lo que le duele realmente es haber cometido el error de pretender hallar la ansiada y buscada alma en toda la colección de rostros que jalonan la gris monotonía de su vida diaria. No es posible inventar tantas historias con final feliz en la chica que te mira furtivamente en el metro, en la mujer que un día tragó saliva cuando os cruzasteis en el ascensor, o en la rubia de ojos verdes que iba al encuentro de su familia en aquel paso de peatones.

Ambos se adivinan el sentimiento, y una sonrisa se les escapa entre una lágrima y el inesperado frío de este atardecer de verano. Él acerca su cara y se rinde en un susurro amargo: “Tenías razón. Hay una puta plaga de perdices… pero otros se las están comiendo”.