ÉL NUNCA LO HARÍA, IMBÉCIL

Los que desperdician su tiempo leyéndome en Twitter habrán advertido que invariablemente comienzo mi rutina allí con el mismo saludo: café, noticias y lo que se tercie. A diferencia de otras personas a las que les cuesta horrores levantarse, el único esfuerzo que yo he de hacer cada mañana es volver a tomar contacto con lo que me rodeaba cuando cerré los ojos unas horas antes. Un poco a la manera del famoso microrrelato de Monterroso, cuando despierto, es el mundo el que sigue ahí. Por eso es un hábito necesario para reencontrarme con la realidad matutina paladear el negro líquido mientras ojeo la lista de barbaridades que los diarios han decidido destacar esa jornada.

Pero ocurre que últimamente ese café deviene cada vez más amargo. No hay día en que no me asalte un anuncio con peticiones de adopción o acogida de perros abandonados, sin distinción de razas ni tamaños. Criaturas diminutas arrojadas a una caja de cartón o abuelos de profusas canas y semblante derrotado me miran desde la pantalla con la expresión de quienes, juraría, no volverán a confiar en esta maldita especie que se llama a sí misma inteligente. Y ahí estoy yo: dando estupefactos sorbos a la taza mientras no tengo más remedio que contemplar las heridas, en el cuerpo y en la mirada, de animales en los que algún hijo de puta integral (o hija de puta, no vayan a acusarme de machista, o sea) decidió volcar su furia, su ruindad o su cobardía. Porque, no se engañen, quien es capaz de ponerle la mano encima a un ser indefenso de manera gratuita, en realidad está cometiendo lo que en el fondo desea para algún semejante y no se atreve a perpetrar porque se imagina las consecuencias. Y ahí es donde quería llegar; esa es una de las clamorosas fallas en el asunto: la vergonzosa protección que esta sociedad brinda a nuestros compañeros de vida, más allá de las penas irrisorias previstas, por supuesto, sólo para los casos más graves.

Fallamos. Fallamos como especie, como organización y como familia. Fallamos porque demasiadas personas se han quedado instaladas en la aberrante asociación entre el animal y el puto regalo de Navidad. Olvidan, claro, lo que viene a continuación: que las risas, los jadeos y los alegres retozos del cachorrito se hacen acompañar a menudo de cacas, meadas y utensilios mordidos. Que aquel gracioso perrito calcado al del anuncio de Scottex se ha transfigurado en un labrador de treinta kilos que demanda compañía a pesar de la semana romántica que tenían planeada en Formentera, que necesita un paseo aunque su dueño vuelva de fiesta cocido a las cuatro de la mañana, y que cualquier enfermedad que sufra habrá de llevarse bastantes euros de la humana cartera en veterinarios.

El siguiente capítulo ya lo conocen. Muchos, demasiados, acaban por convertirse en ese estorbo que, en su bendita ignorancia, sigue mendigando la mirada de quien decide rehuírsela. Y así es como es miles de ellos acaban en protectoras saturadas hasta lo vomitivo, encadenados sobre palés mientras conservan en sus rostros la triste y eterna duda de cuándo regresará el último ser amado que aún retienen en su memoria. Eso sin contar los que sobreviven en calles o cunetas, al albur de la lluvia, el sol abrasador o la crueldad. Luego todo depende de anuncios, de redes sociales, de la solidaridad de voluntarios o miembros de los servicios de emergencias que, excediéndose en su obligación, acaban por convertirse en ángeles guardianes. No faltan crónicas a diario sobre ello, lo que dota a la cuestión de un mayor dramatismo. Lejos de ser noticia, lo que debería ser normal es que los animales anidaran en el corazón de una sociedad que inspirara el amor y el respeto por ellos, además de una administración que facilitara (e impusiese, cuando fuera preciso) llevarlo a cabo.

Nos queda un infinito camino por recorrer. Conocerles, entenderles, interpretarles, adquirir hábitos como la esterilización, prever sanciones penales que hicieran a más de un canalla pensarse el tocarles con más fuerza que la que basta para una caricia… Preguntarse, en fin, que si para manejar un coche o manipular alimentos hace falta estudiar y examinarse de conocimientos teóricos y prácticos, cómo es posible que para cuidar de un ser que siente y sufre todavía hoy no nos exijan ni un maldito requisito.

YO EL PESCUEZO, TÚ LA TUMBA

Si en algo somos expertos los seres, llamémonos, humanos es en no dejar pasar un día sin cometer alguna salvajada que con el devenir de los años puede que lleguemos a conmemorar. Y para esto no hay excepciones: las pasiones, la política o la religión; cualquier pretexto es bueno cuando de perpetrar la atrocidad de la jornada se trata.

En lo que a este artículo se refiere no he tenido que rebuscar mucho. Bastó con abrir Internet para almorzarme con la cuidada puesta en escena de un tipo —presunto espía sirio— al que los terroristas de esta nueva era que se hacen llamar Estado Islámico obligaban a confesar sus culpas ante la cámara para, a continuación, ponerle a excavar en medio del desierto un agujero de dimensiones suficientes para albergar su cadáver antes de ser decapitado en seco.

A ver, no es que el video en cuestión me haya producido una impresión más grave que otros de similar calaña que los medios de comunicación han puesto ante mis ojos. Eso es, precisamente, lo dramático del asunto, en parte. Que, nos guste más o menos, estemos o no dispuestos a admitirlo, un mismo estímulo repetido muchas veces acaba por volvernos espeluznantemente inmunes al sufrimiento ajeno. Tanto y tan peligrosamente que, de permanecer impávidos ante ese drama, en poco tiempo puede dejar de ser ajeno para convertirse en propio. Y ahí el sonido de la cuchilla les aseguro que nos sonará bien distinto.

Pero a lo que iba: esos fanáticos llevan tanto tiempo nutriéndonos de horrendos documentales, lo mismo sobre el desprecio a la vida humana en según qué latitudes como de la indolencia de ciertos gobiernos cuando el problema se ve muy de lejos —y no les digo si en el desierto de autos no hay hidrocarburos que rascar—, que no debería haber removido mi conciencia más de lo que a cualquiera. Lo que me llama la atención es que el condenado a una muerte que sabe segura —él mismo la anuncia en la entrevista previa a su sacrificio— se preste a esa escenificación en la que, a todo color y en alta definición, cava su propia tumba y protagoniza un video desde varios encuadres y planos que posteriormente será montado y exhibido como parte de una promoción que el EI ha sabido reinventar como nadie.

No dejo de preguntármelo. ¿Qué pensaría ese pobre hombre durante los eternos minutos que le costó cavar su sepultura? ¿Cómo pudo mantener la tranquilidad, es más, la cordura para coordinar sus propios movimientos y que no le fallaran las fuerzas ante una tarea tan fatigosa? ¿Habrían parado la grabación en algún momento para cambiar de plano? ¿Le darían agua para mitigar la que sería su última sed mientras tanto? ¿Le consolarían de algún modo en sus lógicos momentos de flaqueza? Es algo en lo que pienso continuamente. Cuánta violencia hace falta para provocar una indefensión que anestesie no ya un intento de rebelión ante tus ejecutores sino una mínima dignidad por la cual, aun sabiendo que tu espeluznante final es inevitable, evite servirles en bandeja una puesta en escena que tanta notoriedad les dará a ellos como de poco te servirá a ti. Claro que en cualquier pestilente miseria no faltan palmeros. En nuestra experiencia autóctona con el terrorismo nos volvimos diestros en eso. Ya saben: algo habrá hecho, la culpa es de Occidente, están desesperados y por eso no tienen más alternativa que coger las armas para defenderse… La misma milonga comprensiva y equidistante con forma de cuña que apuntala el escalón justo que los despreciables asesinos siempre necesitarán para abordar el barco de nuestra acomodada civilización.

Por mi parte tengo claro qué haré cuando los divise en lontananza. Pero si aun así tengo el día tonto y me cazan, y les juro que no es chulería, no pienso darles el gustazo de prestarme al rodaje del último día de mi vida. Entiéndanme, no es cosa de ponerse soberbio. Supongo que cuando me toque adivinar mi destino sufriré como un cabrón sólo de pensar en los rostros y en el recuerdo de las personas a las que amo alejándose para siempre. Pero de ahí a colaborar con esa panda de bárbaros en su proyecto de marketing y terror sudando la gota gorda va un trecho. De la tajadura de pescuezo no me libraré, pero ya que soy yo el que lo pone que al menos sean ellos los que doblen el espinazo. O dicho de otro modo: que mi tumba la excave su puta madre.

BANDERAS A MEDIA ASTA

Anselmo termina de masticar el último trozo de su bocadillo y me mira por encima del hombro, atento al calendario colgado en la pared de atrás.— ¿Cuánto falta para que publiques la novela, chaval?

En primavera, le digo. Exactamente la misma respuesta que vengo dándole cada vez que nos vemos. Y es que desde que se jubiló ya no son tan frecuentes las ocasiones en las que podemos compartir uno de nuestros almuerzos. Cuando colgó el uniforme, durante una temporada Anselmo ya no parecía el mismo. Pero el tiempo, el campo y su nieta lo curan todo. Apura su carajillo de coñac y su sonrisa se extingue cuando repara en la noticia que están dando en la televisión.

— Vamos, no me jodas… —murmura.

Me giro cuando la presentadora acaba de terminar de hablar, justo a tiempo de ver el rótulo que acompaña a la imagen del último policía asesinado. El Gobierno se plantea que las banderas ondeen a media asta cuando un agente muera en acto de servicio, leo. Cuando vuelvo a encararme con Anselmo me topo con sus ojos, grises como su pelo.

— ¿Te das cuenta? —me dice—. Hasta para imitar somos lentos. A estas alturas de la película, con décadas de policías a los que han dado matarile, ahora me vienen con esas. A ver si me entiendes, es algo que en otros países lleva haciéndose siglos y es de agradecer. Pero es solo eso: un gesto. Es como si la Dirección General de Tráfico pretendiera regalar ataúdes de la mejor madera a las víctimas de accidentes de tráfico en vez de apretar antes donde más nos duele: buenas carreteras, señalización adecuada y unas leyes claras y contundentes para el que se pase de listo. Todo lo demás son pollas.

Sonrío al escuchar la expresión. Le puede su alma granaína, y más ahora que ya aceptó que morirá lejos de su tierra. Pero en el fondo Anselmo tiene razón. Como el que pilota puede estrellarse y el que navega hundirse, está claro que el que se mete a policía asume el riesgo inherente a su profesión, que es que le hagan pupa de vez en cuando y hasta algunas veces la diñe. Pero es solo eso, un riesgo; no una prebenda para que cualquier cantamañanas sin distinción de raza, sexo, religión o afiliación sindical crea que puede darle el finiquito a un poli, darse un garbeo por el talego y que ciertos sectores políticos, mediáticos y sociales le rían, encima, la gracia. Eso es lo intolerable. Y esa es la causa por la que cada vez más aquellos que desprecian la labor de esos tipos que se dejan el pellejo a cambio de un sueldo ínfimo exhiben su chulería o sus ansias homicidas con total impunidad.

— No sé si lo viste el otro día —continúa—. Estaba cenando, y en la tele había una tertulia política. Tenías que haber oído a uno de los participantes. De su boca solo salían palabras como “lucha”, “guerra”, “guillotina”, o la que hizo que las habichuelas se me fueran por otro lado: “el miedo ha cambiado de bando”. Tócate los cojones. ¿De qué miedo hablan? Supongo que del que han inventado esos que gritan indignados cuando no pueden reventar una sesión parlamentaria o que acuden a abrazar teatral y patéticamente a sus cachorros cuando salen del juzgado tras haber destruido la noche anterior el mobiliario urbano que tú y yo pagamos con nuestros impuestos. Los mismos que llaman mordaza a cualquier cosa que suene a una norma para que todos podamos vivir en paz y ése —señala a Pepe, el dueño del bar, con el mentón— no tenga que andar rezando para que en la próxima manifa los de siempre no vuelvan a destrozarle el negocio.

Si algo bueno tiene la tercera edad es que se lleva consigo muchas cosas, entre ellas el miedo a decir lo que se piensa. Así que medito sobre las palabras de Anselmo, en las que no hay rabia; más bien tristeza. Y es que una institución tan antigua y experimentada como la policial no puede permitirse que el espectáculo cotidiano de bobos incendiarios con el belfo suelto le adelante por la derecha. No siempre no entrar al trapo de embustes miserables es la mejor opción, sobre todo porque con ellos, quienes los usan han logrado que germine un tipo de ciudadano que se debate entre dos ideas igualmente extremas y peligrosas: o los maderos son fieras temibles a las que hay que combatir o son simples cobardes susceptibles de ser derrotados mediante escupitajo, golpe, patada o empujón a la vía, tanto da. De manera que ahora nos escandalizamos por esos policías asesinados en acto de servicio, pero ¿cuántas veces hemos contemplado en los informativos a todo un barrio aplaudiendo a quienes se resistían a ser detenidos tras haber apaleado a los agentes? ¿Cuántas hemos digerido sin que se nos altere el pulso la noticia de que tal o cual delincuente vuelve a la calle pese a los innumerables delitos violentos y detenciones con los que adorna su currículum?

Anselmo sabe mejor que nadie lo que un disparo es al uniforme, a la piel, a la familia, a la vida. Todo lo rompe. Sonido breve y desgarrador que a veces se diluye enterrado bajo los gritos de quienes jalean o como mínimo hacen guiños cómplices — lo mismo particulares que ciertos políticos o periodistas, de todo hay— a los que perpetran esos ataques, sin reparar en que un día ellos mismos podrían ser las víctimas de los intolerantes que dicen hablar en nombre del pueblo. En esto pienso cuando noto su mano nervuda y enrojecida posarse sobre mi brazo.

— A media asta, chaval, a media asta… — repite lacónicamente—. Están consiguiendo que la misma bandera que ya antes de ingresar en la academia a muchos nos producía orgullo, ahora, cada vez que la vemos sobre la madera del ataúd, solo nos provoque escalofríos.

DESTERRANDO PIROPOS

Señora mía:

Por aquello de no dejarme llevar por la información fabricada para el consumo rápido, tan propia de estos tiempos, tengo la mala costumbre de leer a fondo las noticias. Sus declaraciones no han sido una excepción –no todos los días uno tiene acceso al sentir de la Presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género—, pero a pesar de repasarlas una y otra vez no termino de digerirlas, palabrita del Niño Jesús.

Pretende usted erradicar el piropo porque “invade la intimidad de la mujer”, reforzando su argumento con el anecdótico dato de que en Egipto las mujeres caminan con tapones en los oídos para no escuchar los halagos de sus congéneres masculinos. Tal vez olvida el sutil detalle de que en ciertos países musulmanes la carga de la pretendida ofensa que constituye el piropo no recae en el hombre por haberlo proferido sino en la mujer que lo recibe, por infiel y por zorra.

Sus palabras me han causado una profunda tristeza, señora. No tanto por comprender una vez más en manos de quién estamos (y es que no pasa un día sin que descubramos a una nueva lumbrera), sino porque erradicar el piropo sería como ponerle puertas al campo, como asfixiar la capacidad de percibir la belleza que lo inspira. De salirse usted con la suya (bien sé que no le faltará el enfervorecido apoyo de una caterva de feministas, de esas que, curiosamente, jamás han sufrido el riesgo de ser piropeadas) aquellos a quienes la mujer nos inspira los más gratos sentimientos tendríamos que callar para siempre.

Hay piropos y piropos, vive Dios. Por supuesto, nadie con dos dedos de luces puede tolerar la procaz vulgaridad que se cree revestida de gracia. Es más, yo no soy especialmente piropeador. No, al menos, de los de andamio, cerveza y hucha al descubierto (que también tienen su encanto, no crea). Pero en cualquier caso, su infundada pretensión haría desaparecer de nuestra libertad el gozo de expresar la sensación que nos produce atisbar los primeros rayos de sol aterrizando suavemente sobre la piel limpia y fresca de la mujer amada antes incluso de que despierte. La expresión oportuna que ahoga el nudo en la garganta al contemplar de súbito la desnudez trazada por deliciosas formas en las que uno podría matar o morir a cambio de perderse en ellas para siempre. El torpe balbuceo que nos roba la serenidad al darnos cuenta de que los ojos a los que creíamos mirar, en realidad nos están mirando a nosotros. La expresión jubilosa que pretende adjetivar, siempre quedándose corta, la alegría que produce cruzarse con un rostro cuya belleza nos cuenta una historia que se nos antoja de pronto tan desconocida como fascinante; el semblante poseedor de una sonrisa que nos reconcilia con la vida, con el mundo, con la sociedad y, pardiez, hasta con nosotros mismos.

Además de tristeza, señora mía, sus palabras provocan dudas insoportables en mí: ¿deberemos también condenar al destierro el piropo cuando brota de los labios de una mujer y es dirigido a un hombre? ¿Y si es lesbiana y lo dedica a otra mujer? ¿O si un hombre piropea a otro? ¿Sería usted capaz de admitir que se atente contra los derechos de las personas cuando se ve implicada su orientación sexual?

Ciertos jardines conviene contemplarlos pero no pisarlos, porque se corre el riesgo de aplastar flores tan bellas como usted –no he podido resistir la tentación de descubrir su atractivo en la fotografía que acompaña a la noticia-. A propósito de esto, permítame terminar diciéndole que posee una hermosura justa y equilibrada, y que ni el paso de los años conseguirá desterrarla. Años que al parecer sí han logrado desterrar, por desgracia, su sentido común.

TE JURO QUE NO LO PARECE

Te juro que no lo parece.
Tienes el mismo rostro, idénticos gestos. La misma sonrisa desenfadada que siempre me hizo pensar que ninguna desgracia o reproche podían afectarte. Esa que, cuando brota, te hace arrugar los ojillos azules hasta quedar sepultados por un instante en tus párpados sobrecargados de años. Pero es solo eso, un instante. Luego vuelven a resurgir, esquivando el abrazo de la cansada piel para brotar con la expresión de quien mira el mundo por primera vez, de quien tiene todo por aprender aún.

En serio que no lo parece.

Por más que tus hijos me lo repitan, sus caras tristes mirando al suelo para que no les vea llorar. Dicen, ya ves, que de pronto y sin motivo aparente has comenzado a olvidar. Que será cosa de días, tal vez meses, ni siquiera años, cuando el último de tus recuerdos se habrá extinguido para siempre. ¿Cómo es posible?, me pregunto. ¿A dónde irán tus consejos, tu música, tu literatura? ¿A dónde el enorme cariño que desprendías por todos cuantos hemos sido alguien en tu vida? Es tan difícil aceptar que todo eso se perderá, irá a la nada, se borrará del mundo exterior para desintegrarse dentro de ti.

Pero de veras que no lo parece.

Ya no es que hayas olvidado nombres, caras y parentescos. Es que las enfermeras intentan volver a enseñarte aquello que tú a su vez enseñaste a tus vástagos hace décadas, colmada de amor y paciencia. Comer, beber, peinarte… Las más simples acciones son ahora complicadas maniobras en la batalla que tras la intacta serenidad de tu rostro se está librando y que habrá de acabar con tu memoria marchita. Conforme vayan pasando las lunas, te irás arropando en tu desmemoria hasta olvidarte del propio olvido. Te apagarás como la llama que se consume entre dulces estertores hasta que tu mente sea una esponja dolorosamente hueca, vacía.

¿Y luego qué? No lo sabes. Yo tampoco. Puede que ninguno de los dos queramos averiguarlo. Lo único que me consuela es que, al menos, ya nunca volverás a sentir nostalgia. Algo me dice que hasta el momento final mantendrás esa sonrisa mansa, y que cualquiera que camine por los alrededores de la residencia, en uno de esos paseos al atardecer que alivian el temprano calor de este junio, al girar la cabeza te divisará a través de la verja, allá a lo lejos, sentada en el jardín, sola. Y que al mirarte mirará tu rostro, y tu boca dibujando una incomprensible felicidad, y luego continuará su camino siendo el mismo, pero en cierto modo distinto.

En absoluto parece que en breve te marcharás. Ni siquiera sé cuándo lo harás. Por eso camino todos los días alrededor de la verja, mirándote, mirándome tú, sin comprender ninguno de los dos por qué lo hacemos. Tú, sentada, plácida, sonriente. Yo, pasándome torpemente la mano sobre mi corto pelo y ajustándome una y otra vez el cuello de la camisa, en un vano intento por acicalarme por si un día, en algún momento mágico, brevísimo e imposible, volvieras a reconocerme otra vez.

«ESTA ES MI LUCHA, PUTA»

Lo siento, pero no tengo el día para clases particulares. Aunque daría igual: no aprendes. Pese a las detenciones, a las condenas y a la cagalera superlativa que te acomete cuando, tras los golpes en la puerta, atisbas por la mirilla a unos tipos muy serios con cara de pocas tonterías que te explican a continuación por qué la policía está considerada la profesión más solitaria del mundo:
– Por favor, acompáñenos.

Meses más tarde volveré a verte en el telediario. En esa imagen fugaz de gorrioncillo agazapado bajo la capucha, consumido tu erróneo orgullo mientras huyes de las cámaras de televisión al salir del juzgado tras conocer la sentencia. Injurias, amenazas, apología del terrorismo… Tú sabrás lo que hiciste. El rabo entre las piernas y a casa, a pensarte mejor lo que escribas la próxima vez. Detrás de un teclado todo son risas. Luego, ante el estrado, llegan las diarreas.

Por otro lado, memorables las explicaciones que das para justificarte. “No era consciente de la repercusión de mis palabras”, “No quise ofenderle en ese sentido”, o la mejor que he escuchado hasta ahora a uno de tus compañeros de andanzas: “He comprendido que hay otras formas de lucha”. Esto último lo dijo aquel que insultó a la Delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, mandándola callar y llamándola puta. Otras formas de lucha, dice el polluelo. De modo que hemos de suponer que hasta ese momento tu primo estaba convencido de que llamar puta a una mujer es una forma de lucha. Pero no os culpo, en serio. Es lo que habéis mamado desde que os pusisteis frente a un ordenador por primera vez. La extendida paja mental de que los derechos —de los deberes ni hablamos— se basan en la impunidad más absoluta. Claro que siempre os quedará la embustera rabieta, repetida hasta la saciedad, de que la justicia os persigue por tener una cuenta en Twitter. Y es que no hay nada como inventarse enemigos para sentirse un valiente luchador donde no hay más que un niñato urbanita nostálgico —nostálgico sin haber cumplido los veinte, hay que joderse— de tiempos enterrados para cualquier ciudadano con dos dedos de frente. Así que lo siento, pero no cuela. Afirmar que pueden detenerte por escribir en las redes sociales equivale a creer que a Farruquito lo mandaron al talego simplemente por tener coche.

Tu libertad de expresión termina donde empieza el derecho al honor, a la intimidad o a la propia imagen de los demás. Conceptos jurídicos protegidos por una ley que seguramente desconoces, como desconoces cualquier otra cosa que no sea la clave de tu cuenta en Twitter. Mírate, si no, cuando alguien escribe las mismas salvajadas que tú pero referidas a los de tu grupo, ideología o partido. Entonces montas en cólera, pides cárcel —así sois los antisistema, siempre acudiendo al sistema— y hasta guillotina. De modo que elige: o todos contra todos, que esto se convierta en un campo de insultos, palizas y tiros y nos vayamos al carajo, o acepta que vives en una sociedad donde puedes escribir lo que te plazca pero luego has de apechugar con lo que venga, aunque sea bajo la capucha. Esas son las reglas, figura. De todos modos, si te persigue la policía, te acusa un fiscal y te condena un juez, háztelo mirar. Puede que seas tú el que va con el paso cambiado. Aunque ya no me extraña, a estas alturas. Si a algo nos hemos acostumbrado es a los revolucionarios de pacotilla. A tipos como tú. Tan valientes con las guillotinas y tan cobardes con las consecuencias de sus propios actos.

QUÉ POCO HEMOS CAMBIADO

Francisco de Sandoval y Rojas era un tipo bastante insignificante. Poca cosa, para entendernos. Último eslabón de una familia de rancio abolengo endeudada hasta las cejas. Siendo un mozalbete conoció a otro joven de carácter tímido y retraído, solo que con la particularidad de que era hijo de Felipe II. Ya saben, el del imperio en el que nunca se ponía el sol. Total, que se hicieron bastante colegas hasta el punto de que el príncipe heredero le nombró gentilhombre de cámara. Pero ya por aquel entonces no fueron pocos los que intuyeron la excesiva influencia que el tal Francisco ejercía sobre el que habría de ser el futuro monarca, conque recomendaron a Felipe II que hiciera lo posible por alejarlo de la Corte y de paso de su nene. Así pues, fue nombrado Virrey de Valencia y enviado a degustar paellas y fideuá a los pies de las Torres de Serranos. No duró, sin embargo, más de dos años en ese puesto, regresando a Madrid donde, por influencia de su amiguito del alma, ya proclamado rey Felipe III, recibió el título de Duque de Lerma.

De modo que ya instalado cómodamente en la poltrona, lo demás le vino rodado. Nombramientos a dedo —principalmente entre familiares y amiguetes de turno—, manejo sin contemplaciones de ese dinero público que no es de nadie y, como remate de fiesta, el traslado de la corte madrileña a Valladolid, donde el duquesito (en eso estuvo fino, reconozcámoslo) se las apañó para vender unos terrenillos recién adquiridos, ahí es casualidad, por diez veces su valor a la ingente cantidad de cortesanos que se vieron obligados a desplazarse a la ciudad castellana para seguir estando cerca del rey. Vamos, lo que viene siendo la especulación urbanística en versión siglo XVII. Y ahí siguió el artista, gobernando en realidad y en la sombra los designios de aquella lejana España. A tal punto llegaba su poder que influyó decisivamente en dos de las decisiones más controvertidas de la época y que más quebraderos de cabeza trajeron al rey: la tregua de Amberes y la expulsión de los moriscos.

Mientras tanto, la esposa de Felipe III, la reina Margarita, le montaba el correspondiente pollo al regio calzonazos cada noche en la alcoba. Que si no me gustan un pelo tus amistades, que qué le has visto a ese tío, que parece él tu mujer y no yo… Y como quiera que la señora no recibía más que tímidos pretextos de su absorto esposo, se las arregló junto con su confesor fray Luis de Aliaga, entre otros, para que se iniciara una investigación que destapó la red que el Duque de Lerma había tejido a base de corrupción, nepotismo y chanchullos de todo tipo. De modo que cuando este vio cómo sus más cercanos colaboradores empezaban a caer bajo el peso de la justicia —sin ir más lejos su mano derecha, Rodrigo Calderón de Aranda, fue ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid, la del relaxing cup justamente—, movió sus últimas influencias tocando a las puertas de Roma hasta lograr ser nombrado cardenal, lo que le proporcionó la inmunidad religiosa que le libró de rendir cuentas y del áspero roce de la soga del verdugo en su  cuello. Pero el pueblo llano, siempre resignado a la vez que coñón, se divertía tarareando una coplilla que rezaba: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado”.
Esto ha sido, a grandes rasgos, un pedazo de la historia de una España que aconteció hace más de trescientos años. Lo que no quiere decir que forme parte del pasado. Jueguen, si no, a cambiar al Duque de Lerma por cualquiera de los políticos o tipos cercanos a la realeza que trufan el panorama actual abriendo portadas y telediarios por causas de corrupción. Y ya puestos a estirar la cosa, prueben a extrapolar la inmunidad que daba el vestirse de colorado con un puesto, discúlpenme el ripio fácil, en el siempre socorrido Senado.

MEROS INDICIOS: CUANDO LAS HOJAS DEL CALENDARIO CAEN

Sabía que las hojas del calendario acabarían cayendo. Como suelen hacerlo las cosas que duelen. Despacio, sibilinamente, casi regodeándose en el dolor difuso e incomprensible que van dejando las ausencias. Sin más ruido que el quejido de un corazón que siente perder un pedazo a cada despedida. Pedazo que, al pudrirse, al menos abonará el campo de la memoria y el dulce recuerdo; el huerto de los olores y las sensaciones pasadas. Lo grato que anida en la memoria y que me trae imágenes de Almería, de la calle Juan Lirola y la peña Jueves Taurinos, de Velez-Rubio, la familia Placeres, un joven médico en Ciudad Real, una maestra que tocaba la guitarra, un policía bonachón o la matriarca de toda una estirpe alrededor de la cual danzábamos todos.He llegado a esa edad en la que, por fin, he dejado de preguntarme a dónde irán o dónde estarán; si me mirarán con indulgencia o con amonestadora severidad. Ni siquiera si existe ese lugar del que todos hablan y nadie conoce ni comprende. Porque me queda esa sonrisa en forma de recuerdo, de vívido mundo que acude a mí a ratos, inesperadamente, asaltándome para recordarme que nadie podrá quitarme… corrijo, podrá quitarnos nada de lo que vivimos al lado de todos ellos. Que somos porque ellos fueron. Que fueron porque nosotros somos. Y eso me alegra. Con eso me basta.

Sabía que las hojas del calendario acabarían cayendo. Pero no que un día lo harían tan deprisa. Ni tan dolorosamente.

FRONTERAS IDÍLICAS

Manolo carraspea por enésima vez. Mal frío el que le entró anoche, durante la última guardia. Bebe a pequeños sorbos el café tibio apoyado en el alféizar de la ventana de su pequeño piso en Melilla. Está situado en la última planta y a lo lejos se divisa la frontera. Sus labios se arrugan en lo que parece una sonrisa descreída, provocada por el recuerdo que las palabras del político de turno que les visitaba le dirigió a él y al resto de su sección de la Guardia Civil hace bien poco.

– Hagan lo necesario, pero que no entren.

– Vale -se había atrevido a decir. La cara del capitán era todo un poema-. ¿Y si aun así saltan e intentan arrollarnos?

– Usted sabrá lo que hace, para eso es el profesional. Actúe en consecuencia.

En consecuencia, se repite apurando los posos amargos del vasito de cristal. Lo que, traducido, significa que allá se las compongan cuando noten la sombra del marrón encima. Que apechuguen como puedan el envite de desesperados que no conocen ni a Alá ni a su madre, que después, sin haber dado tiempo a que se caigan las costras de las heridas que suelen producirles y que no salen jamás en los medios, ya les pondrán a parir según convenga.

Claro que la inmigración es un problema, piensa. Como cualquier otra cosa sobre la que se pierde el control. Si todos partiéramos de esa premisa, otro gallo nos cantaría. Pero siempre hay gente a la que le pone apropiarse de la causa del negrito de turno cuyos problemas parecen surgir espontáneamente al llegar a tierras españolas. Que su miseria y desesperación tengan su origen en países donde la democracia es un chiste, a esos tontos del bote se la trae al pairo, principalmente porque no tienen huevos ni de chistarles. La cosa es que, una vez a las puertas de Europa, la marea de inmigrantes es moldeada según intereses electorales, subvencionados o de cualquier otra abyecta índole. Lo de intentar hacer creer a la sociedad que seguimos viviendo en un imaginario mundo franquista, con olor a naftalina y en blanco y negro ya es un añadido. Y es que hasta Manolo comprende que debe de ser difícil contener la erección o su equivalente humedad aplaudidora cuando se tiene entre manos la jugosa fabulación de que unos pobres inocentes intentaron alcanzar el Edén hasta que fueron masacrados por unos tipos de uniforme malvados y crueles. Si de fondo ya suena “Al Alba”, de Aute, el orgasmo está asegurado.

Lo llevamos en la cultura, en la sangre y hasta en las células muertas de la piel que se nos caen al paso: siempre fuimos un país de torear desde la barrera y de marcar goles apoltronados en la seguridad del sofá. Con las ideas tan claras que de 45 millones de seleccionadores nacionales de fútbol hemos pasado a una cantidad análoga de expertos en fronteras y manejo de masas descontroladas. Con dos cojones. Los mismos que hay que tener cuadrados para tratar de dar lecciones de sufrimiento humano, de olor a sangre y de la tragedia en vida a quienes llevan más de cien años perdiendo la suya en el intento de salvar las de otros.

El guardia Manolo echa un vistazo a la valla por última vez. Allí están. Venteando la tierra prometida. Organizándose para intentar otro asalto masivo, solo que esta vez son cientos, tal vez miles. Es lógico: cuanto más les atan las manos a la espalda a los beneméritos, más se frotan las suyas las mafias. Negocio seguro. Luego mira el interior del vaso vacío y tose despacio, fantaseando con la idea de que, ante el próximo intento, una sección de comisarios europeos avanzara en columna de dos, con decisión y arrojo, dispuestos a enseñar al mundo la forma correcta de proceder según unos protocolos que se niegan a legislar; cubriendo los flancos y la retaguardia pelotones de políticos españoles en la oposición -cuando gobiernan es otra cosa; siempre es otra cosa-, repeliendo la invasión con depuradas técnicas de diálogo y, en caso de no funcionar estas, de besos aplicados y palmadas en la espalda combinadas con ingeniosos comentarios sobre lo bien que se viaja a Bruselas en Business Class. Sería la leche, concluye, recibir lecciones de fútbol de auténticos expertos en tirar balones fuera.

ANATOMÍA DE UNA NOVELA: HADAS CON TACONES AFILADOS

Dos años y medio, cuatrocientos cincuenta folios y un título: Hadas con tacones afilados. Ese es el honrado balance de un proyecto que, con mayor o menor fortuna, por fin he finalizado. Un periodo de tiempo significativo durante el cual la inspiración no ha sido más que una esquiva brisa a la sombra de la disciplina que supone levantarse todos los días para sentarse en el despacho, posar las manos en el teclado y escribir con independencia de las ganas, de los deseos e incluso del tiempo que hiciera allá afuera.

Reconozco que junto al cansancio por lo acabado reposa cierta tristeza. Han sido más de dos años conviviendo con personajes que conocieron mi nombre solo porque yo imaginé que lo hacían. Sintiendo cómo me observaban desde el cobijo de sus penumbras, frente a mi escritorio, mientras me impelían a escribir las palabras precisas que habrían de salir de sus bocas. Pero tras veinticuatro meses de dura travesía en la que se mezclaron desesperantes tormentas con momentos de relativa calma, ahora, con los brazos apoyados sobre la amura de estribor, empiezo a sentir esa brisa dulce y aliviadora que presagia que pronto podré abandonar una nave cuyos rincones he recorrido miles de veces hasta la extenuación. Créanme que estoy deseando volver a notar el suelo bajo mis pies, inspirar profundamente y poner fin a mi voluntaria ausencia yendo en busca de buenos amigos para saldar viejas deudas, de esas que solo se pagan con una buena botella de vino. Pero antes de que eso suceda y me aleje para siempre de este puerto, sé que no podré evitar volver la cabeza por última vez atrás y contemplar, sobre el muelle y solitario, al protagonista de la novela, el Inspector Silvio Tanco. Supongo que entonces me acercaré, nos miraremos a los ojos y nos daremos la mano antes de que cada cual se marche por su lado. Él, atrapado en su jaula de cientos de folios, donde vivirá tantas vidas como ojos se presten a leerle. Yo, dispuesto a afrontar la próxima batalla literaria con la exigua munición de un cuaderno repleto de anotaciones bajo mi brazo.

Después, al final, quedará la pregunta que más he escuchado durante las últimas semanas: “¿Y ahora qué?”. La respuesta es fácil: toca dejar que ciertas personas tan sinceras como desinteresadas que se han ofrecido a leer la novela la escudriñen con ojos inmisericordes para localizar los errores que forzosamente siempre pasan desapercibidos para el cansado padre de la criatura. Lo demás, lo ulterior, no me preocupa. No al menos por ahora. Seamos sinceros: sería impensable pretender que la primera novela de uno tenga la calidad suficiente. Existen bastantes formas de escribir una historia, pero muchas más de cometer fallos en ese intento. Por eso me gusta tanto repetir aquella frase de Antonio Muñoz Molina de que uno no se cura de un libro corrigiéndolo sino escribiendo otro. Y conste que esto no es ponerme el parche antes de la herida, sino el realismo de entender que por la constancia y la ilusión de un escritor también han de sangrar, forzosamente, sus desaciertos.