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Entrevista en À Punt Radio. Programa ‘Pròxima parada’

Gemma Juan y Nelo Gómez me hicieron disfrutar de una de las entrevistas más divertidas que me han hecho hasta ahora, en su programa de radio ‘Pròxima parada‘, de À Punt.

En ella charlamos sobre mi novela La melodía de las balas, pero también sobre literatura, lo humano, lo divino y lo perruno.

Les agradezco enormemente el buen rato que me hicieron pasar.

 

Pulsad en este enlace para escuchar la entrevista completa (a partir del minuto 11:35).

Entrevista en Radio Intereconomía Valencia – Programa ‘A buenas horas’

Dejo aquí esta amena y divertida entrevista que Miguel Ángel Pastor me ha hecho en su programa A buenas horas, de Radio Intereconomía Valencia, en la que nos ha dado tiempo a hablar de mi novela La melodía de las balas, de literatura, de Valencia y hasta de la familia y de perros.

Pulsad este enlace para escuchar la entrevista (a partir de 01h:04m:00s)

ÉL NUNCA LO HARÍA, IMBÉCIL

Los que desperdician su tiempo leyéndome en Twitter habrán advertido que invariablemente comienzo mi rutina allí con el mismo saludo: café, noticias y lo que se tercie. A diferencia de otras personas a las que les cuesta horrores levantarse, el único esfuerzo que yo he de hacer cada mañana es volver a tomar contacto con lo que me rodeaba cuando cerré los ojos unas horas antes. Un poco a la manera del famoso microrrelato de Monterroso, cuando despierto, es el mundo el que sigue ahí. Por eso es un hábito necesario para reencontrarme con la realidad matutina paladear el negro líquido mientras ojeo la lista de barbaridades que los diarios han decidido destacar esa jornada.

Pero ocurre que últimamente ese café deviene cada vez más amargo. No hay día en que no me asalte un anuncio con peticiones de adopción o acogida de perros abandonados, sin distinción de razas ni tamaños. Criaturas diminutas arrojadas a una caja de cartón o abuelos de profusas canas y semblante derrotado me miran desde la pantalla con la expresión de quienes, juraría, no volverán a confiar en esta maldita especie que se llama a sí misma inteligente. Y ahí estoy yo: dando estupefactos sorbos a la taza mientras no tengo más remedio que contemplar las heridas, en el cuerpo y en la mirada, de animales en los que algún hijo de puta integral (o hija de puta, no vayan a acusarme de machista, o sea) decidió volcar su furia, su ruindad o su cobardía. Porque, no se engañen, quien es capaz de ponerle la mano encima a un ser indefenso de manera gratuita, en realidad está cometiendo lo que en el fondo desea para algún semejante y no se atreve a perpetrar porque se imagina las consecuencias. Y ahí es donde quería llegar; esa es una de las clamorosas fallas en el asunto: la vergonzosa protección que esta sociedad brinda a nuestros compañeros de vida, más allá de las penas irrisorias previstas, por supuesto, sólo para los casos más graves.

Fallamos. Fallamos como especie, como organización y como familia. Fallamos porque demasiadas personas se han quedado instaladas en la aberrante asociación entre el animal y el puto regalo de Navidad. Olvidan, claro, lo que viene a continuación: que las risas, los jadeos y los alegres retozos del cachorrito se hacen acompañar a menudo de cacas, meadas y utensilios mordidos. Que aquel gracioso perrito calcado al del anuncio de Scottex se ha transfigurado en un labrador de treinta kilos que demanda compañía a pesar de la semana romántica que tenían planeada en Formentera, que necesita un paseo aunque su dueño vuelva de fiesta cocido a las cuatro de la mañana, y que cualquier enfermedad que sufra habrá de llevarse bastantes euros de la humana cartera en veterinarios.

El siguiente capítulo ya lo conocen. Muchos, demasiados, acaban por convertirse en ese estorbo que, en su bendita ignorancia, sigue mendigando la mirada de quien decide rehuírsela. Y así es como es miles de ellos acaban en protectoras saturadas hasta lo vomitivo, encadenados sobre palés mientras conservan en sus rostros la triste y eterna duda de cuándo regresará el último ser amado que aún retienen en su memoria. Eso sin contar los que sobreviven en calles o cunetas, al albur de la lluvia, el sol abrasador o la crueldad. Luego todo depende de anuncios, de redes sociales, de la solidaridad de voluntarios o miembros de los servicios de emergencias que, excediéndose en su obligación, acaban por convertirse en ángeles guardianes. No faltan crónicas a diario sobre ello, lo que dota a la cuestión de un mayor dramatismo. Lejos de ser noticia, lo que debería ser normal es que los animales anidaran en el corazón de una sociedad que inspirara el amor y el respeto por ellos, además de una administración que facilitara (e impusiese, cuando fuera preciso) llevarlo a cabo.

Nos queda un infinito camino por recorrer. Conocerles, entenderles, interpretarles, adquirir hábitos como la esterilización, prever sanciones penales que hicieran a más de un canalla pensarse el tocarles con más fuerza que la que basta para una caricia… Preguntarse, en fin, que si para manejar un coche o manipular alimentos hace falta estudiar y examinarse de conocimientos teóricos y prácticos, cómo es posible que para cuidar de un ser que siente y sufre todavía hoy no nos exijan ni un maldito requisito.

BENDITOS PERROS. MALDITOS PERROS.

(Fotografía obra y cortesía de Raúl – @iblis76. Mi admiración y más sincero agradecimiento).

Debe de tener siete años, ocho a lo sumo. Pero su cuerpecito parece capaz de albergar toda la ilusión del mundo. Su padre intenta cogerle la mano sin éxito, pues el chiquillo no para de corretear por el camino de tierra, presa de un júbilo infantil que muy pocos son capaces de comprender. Se detienen ante la verja oxidada y una joven pelirroja sale a recibirles. Es atractiva, con una sonrisa amplia y fresca, la misma con la que asiste a los saltos y brincos del zagal que mira a su alrededor sin saber cuál de todas las direcciones posibles tomar. Con esa ternura sedante que sólo una mujer hermosa por dentro sabe inocular, sus manos delgadas rodean sus hombros y los tres se dirigen hacia un pequeño chamizo del que brota una caótica sinfonía de ladridos.

No es eso lo que buscan, comenta el padre con una mueca de desencanto. Demasiado grande éste. Demasiado peludo aquél. Nada que hacer. Siguen recorriendo las diferentes estancias con idéntico resultado. Hasta que por fin la joven se muerde una uña, nerviosa y dubitativa, sin decidirse a mostrárselo a los recién llegados. Vino en mal estado, tiene un carácter difícil pero en el fondo es muy bueno, tal vez con el tiempo… La amalgama de excusas sigue brotando de sus trémulos labios para presentarles al último de los refugiados. El perrillo no tiene raza, es un chucho cualquiera. En su morrete canoso convergen dos ojillos atemorizados que transmiten su temblor al resto del cuerpo. Nada más acercarse a él, el can lame desaforadamente la mano del niño, en un desesperado intento por apaciguar la forma humana que reconoce como la autora pretérita de tantas palizas y aún más dolor. Pero todo parece ir bien hasta que los deditos del chico rozan involuntariamente el lomo del animal, que se retuerce emitiendo un gañido. Apenas hay pelo en ese costado de color extraño. En su piel todavía resultan visibles las quemaduras que su anterior dueño le causó no hace mucho cuando le ató a un árbol, roció su enclenque figura con medio litro de gasolina y le prendió fuego acercándole una colilla. Al menos se hizo justicia, piensa la pelirroja, también con ese tajante coraje que sólo la mujer posee, y un guardia civil fuera de servicio pilló en el ajo al cabrón, aplicándole un juicio rápido con toda la contundencia legal de la que fueron capaces sus manos.

El niño abre mucho los ojos, fijos ahora en su padre, esperando un veredicto indulgente. Los dos adultos están pensando lo mismo: será caro el tratamiento, difícil resocializarlo y con suerte sobrevivirá un par de años más, a lo sumo. Pero ya es demasiado tarde. Todos los pretextos han perdido su utilidad, y Canelo, o Lucky, o como quiera que ahora se llame su nuevo amigo, abandona el refugio para animales estrenando la correíta que el zagal compró hace más de tres meses para cuando llegara el ansiado momento.

El sol del invernal mediodía brilla en lo alto y el padre camina llevando de la mano a un hijo que, aún sin saberlo, ya no es el mismo que cuando entró. Porque de allí ha salido más maduro y adulto, asumidos una responsabilidad y un compromiso afectivo que durarán el resto de su vida. Los ojillos del animal que ahora le escrutan, temerosos e ignorantes de su propia suerte, pronto serán los autores de una mirada fiel y constante, a prueba de estados de ánimo. Cuando esos mismos ojos sean pasto de la tierra y el polvo, cuando los ecos domésticos de sus jadeos y ladridos se hayan extinguido para siempre y sus juguetes floten, huérfanos y desolados, sobre las baldosas de la habitación vacía, seguirán ahí buscándole, comprendiéndole, amándole. Claro que para entonces él se habrá convertido en un hombre fuerte, no necesariamente de físico pero sí de carácter, sabedor del significado de la amistad, el sacrificio por el compañero, el amor sobre todo a cambio de nada y el dolor por la pérdida del más fiel camarada. El mismo dolor que le hará jurarse a sí mismo no volver a cobijar a ningún otro perro, promesa que muy pronto incumplirá, abriendo de nuevo las puertas de su hogar y su alma a un nuevo amigo junto al que envejecerá. Y con el paso del tiempo, contemplado desde los años y la distancia, un día cualquiera se acercará a él y le rascará la oreja, logrando esquivar los lametones pero no su mirada, la misma que le hará preguntarse si no hubiera sido mejor no conocer jamás la alegría para, a cambio, no tener que descubrir la tristeza. Y mientras piense sobre todo esto, concluirá: Benditos perros. Malditos perros.

CRÍTICA LITERARIA: La ciudad y los perros

Obra: La ciudad y los perros

Autor: Mario Vargas Llosa

Año de publicación: 1963

Ocurrió durante uno de mis viajes a Madrid. Viajaba de pie en el Metro cuando descubrí a mi espalda uno de esos cartelitos adheridos a la pared de los vagones con el pretexto de fomentar la literatura.

“Comencé a escribir La ciudad y los perros en el otoño de 1958, en Madrid, en una taberna de la calle Menéndez y Pelayo llamada El Jute, y la terminé en el invierno de 1961, en una buhardilla de París (…)”. De esta manera su autor, el peruano Mario Vargas Llosa, narraba el periplo que supuso el parto de su primera novela. El texto continuaba, pero para entonces yo maldije el haber llegado tan pronto a mi destino. Me había atrapado no ya la historia, que no conocía, sino el relato del andamiaje sobre el que se asienta la creación de una novela. Cuando abandoné el subterráneo, las calles de Madrid sólo eran rutas hacia cualquier librería que pudiera saciar mi curiosidad insatisfecha. He de confesar que por aquél entonces con el Nobel peruano me pasaba lo mismo que a Sofía Mazagatos: le seguía mucho pero aún no había leído nada de él. Hasta que el resto de la historia llegó a mis manos.

Todo en esa novela parecía difícil. Empecemos por la escritura. Así lo expresaba su autor en una carta escrita en 1959 a Abelardo Oquendo:

“En la novela avanzo y me retuerzo. Me cuesta mucho trabajo… Me paso horas enteras corrigiendo una página o tratando de cerrar un diálogo y de pronto me lanzo a escribir sin parar una docena de páginas. No tengo la menor idea acerca de cómo está saliendo, pero me siento embriagado. Escribir es lo único realmente apasionante que existe”

Descubrir estas palabras resultó vital para mí. El fracaso, la mediocridad, la aceptación o la consagración han de cimentarse necesariamente en la misma raíz: el esfuerzo, el sacrificio y la constancia. La abnegada dedicación del escritor que en su elegida soledad se desespera por la coma innecesaria, la palabra adecuada y la expresión perfecta.

Pero una vez terminada, el escritor peruano se lanzó a la búsqueda de un título adecuado que la definiera y a la vez fuera capaz de soportar la enormidad, y a un tiempo la dureza, de la historia que contenían sus páginas. Comenzó llamándola La morada del héroe, y más tarde Los impostores, pero fue su amigo, el crítico José Miguel Oviedo el que, tras alguna tentativa fallida, le sugirió La ciudad y los perros, título que finalmente adoptó para la novela.

Tras diversos intentos, el manuscrito de 1200 páginas fue a parar a manos del editor catalán Carlos Barral quien, a pesar de haber recibido demoledoras críticas sobre ella, sugirió a Vargas Llosa que la presentara al Premio Biblioteca Breve, que ganó merecidamente. Así, en 1963, la editorial Seix Barral, sorteando con habilidad la censura franquista, logró la publicación en España de la primera novela de Mario Vargas Llosa. Además, fue galardonada por el Premio de la Crítica Española y estuvo a punto de ganar el Premio Prix Formentor, que perdió por un solo voto. Ha sido traducida a decenas de idiomas.

La ciudad y los perros es la historia de un grupo de alumnos del Colegio Militar Leoncio Prado, situado en La Perla, Provincia Constitucional del Callao, Perú. La formación secundaria que allí se da incluye los cursos de tercero, cuarto y quinto año. Perroses el apodo que reciben los cadetes novatos de tercer año. La trama se basa en una profusión notable de personajes cuyas vidas se entrecruzan entre sí. Es una historia sórdida, abandonada a la soledad que aúna las acciones duras y descabelladas con los enormes monólogos interiores de algunos de sus protagonistas. El Poeta, el Jaguar, el Esclavo,… todos ellos son simples alumnos con un pasado y un presente tan distinto que a pesar de dormir en literas pegadas las unas a la otras, están separados por abismos insondables que les pondrán a prueba y llegarán a cobrarse el honor, la moral, la libertad y e incluso la vida de uno de ellos. Desde los fríos amaneceres ambientados en la sempiterna niebla que cubre siempre el colegio junto al mar, narrados con tal habilidad por Vargas Llosa que logra inocular en el lector la sensación amarga de tener que pasar un nuevo día en el centro castrense, hasta las noches inútilmente controladas por la férrea guardia de los soldados de la Prevención y que son en realidad los únicos momentos del día en que los alumnos se liberan de su inhibición y se constituyen en fieros luchadores, hábiles jugadores o escritores inmorales lo mismo de cartas por encargo para las novias que aguardan en sus ciudades de origen que de textos eróticos que logran aliviar la soledad de un pelotón de hormonas encerradas y uniformadas. Una novela eminentemente simbolista, aunque con trazas realistas, costumbristas y urbanas. Una nomenclatura perfecta de palabras tersas, apagadas, rebeldes y chillonas que consiguen dibujar un lienzo tan irregular y apasionado como los fantasmas que aguardan apostados en el fondo de cada una de nuestras vidas.

Gustave Flaubert decía que para leer hay que tener verdadero talento. Tal vez por esta razón, cuando terminé de leer la novela una tarde de septiembre me sentí emocionado. No por haber descubierto por fin su resolución sino porque sus últimas frases nos colocan ante un espejo de dos imágenes. La primera, la íntima humillación de un lector confundido durante toda la narración. La segunda, el orgullo de haber sido engañado por la maestría de un Vargas Llosa que logra llevarnos de la mano hasta descubrir a un personaje narrador que en mi candidez jamás habría deducido. Aunque afortunadamente tampoco estuve sólo en esto. Me reservaré los detalles para no estropear el final a quien aún no haya disfrutado de esta magnífica historia, pero durante una visita que el escritor realizó en México a un crítico francés, éste le comentó que se sentía fascinado por la acción que uno de los personajes de la novela había realizado. El autor le aclaró que en realidad no era esa acción y sí otra la que el personaje había cometido, respondiéndole el crítico: “Usted se equivoca. Usted no entiende su novela”. A pesar de que, con posterioridad, Vargas Llosa confesó haber escrito esa trama según su propio criterio, también comprendió la maravillosa revelación que nos ofrece la literatura: En realidad nadie lee el mismo libro, cada cual vive la historia a su manera. La magia de la creación literaria se da cuando la verdad del lector importa más que la del escritor. Ahí es cuando la obra adopta una vida propia.