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MEROS INDICIOS: CUANDO LAS HOJAS DEL CALENDARIO CAEN

Sabía que las hojas del calendario acabarían cayendo. Como suelen hacerlo las cosas que duelen. Despacio, sibilinamente, casi regodeándose en el dolor difuso e incomprensible que van dejando las ausencias. Sin más ruido que el quejido de un corazón que siente perder un pedazo a cada despedida. Pedazo que, al pudrirse, al menos abonará el campo de la memoria y el dulce recuerdo; el huerto de los olores y las sensaciones pasadas. Lo grato que anida en la memoria y que me trae imágenes de Almería, de la calle Juan Lirola y la peña Jueves Taurinos, de Velez-Rubio, la familia Placeres, un joven médico en Ciudad Real, una maestra que tocaba la guitarra, un policía bonachón o la matriarca de toda una estirpe alrededor de la cual danzábamos todos.He llegado a esa edad en la que, por fin, he dejado de preguntarme a dónde irán o dónde estarán; si me mirarán con indulgencia o con amonestadora severidad. Ni siquiera si existe ese lugar del que todos hablan y nadie conoce ni comprende. Porque me queda esa sonrisa en forma de recuerdo, de vívido mundo que acude a mí a ratos, inesperadamente, asaltándome para recordarme que nadie podrá quitarme… corrijo, podrá quitarnos nada de lo que vivimos al lado de todos ellos. Que somos porque ellos fueron. Que fueron porque nosotros somos. Y eso me alegra. Con eso me basta.

Sabía que las hojas del calendario acabarían cayendo. Pero no que un día lo harían tan deprisa. Ni tan dolorosamente.

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POR LA PUERTA DE ATRÁS

En días como este me pregunto si merece la pena tener perro. Ya lo he expresado de un modo u otro en anteriores artículos pero al final, seamos realistas, las palabras no consuelan de esta triste sensación que me invade. Son ya casi doce años y los achaques han dicho “hola muy buenas”. Nadie lo diría por su aspecto, pero Yelko empieza a perder salud y facultades, como cualquier abuelo que ya acumula demasiados kilómetros en la mochila. Tendrían que verlo: es hermoso, grande y de rostro sereno. Con ese punto cabrón que todos los cocker spaniel color canela exhiben cuando les pisan un terreno que consideran propio. Para eso es muy suyo. Tan suyo como que apenas había cumplido un año de edad cuando ya era carne de matadero. Pertenecía a una señora mayor que vivía en una gran finca, rodeada de perros de los cuales no quedaba uno que no se hubiera enzarzado con él por un quítame allá esas pajas y la inyección empezaba a ser una alternativa a las facturas veterinarias que se acumulaban. Hasta que un día, por casualidad, los ojos negros del camorrista se cruzaron con los bellísimos azules de la mujer con la que comparto mi vida y a partir de ahí comenzaron juntos una aventura a la que años después tuve la suerte de unirme.

Iba a escribir que Yelko trabajó durante diez años para, pero he comprendido que la preposición correcta era en la Policía. A decir verdad, para quienes ha currado durante esa larga década ha sido para todos nosotros. Para tantas madres que no sufrieron la pérdida del hijo amado por sobredosis de heroína o jóvenes que no habrán de soportar un mal viaje por cocaína adulterada. Dramas ciudadanos derivados de unas drogas que su fino olfato detectó a tiempo en incontables madrugadas sin una sola queja, sin exigir vacaciones ni días moscosos y siempre bajo la atenta mirada de los hermosos ojos de una profesional que hoy destilan un brillo amargo y desencantado por su precipitada despedida.

Porque Yelko se ha jubilado aunque él no lo sabe. No hubo reloj, ni placa, ni siquiera una palmada en el lomo para agradecerle los servicios prestados. Mantenerle lo que le quede de vida en unas dignas condiciones suponía un tratamiento caro, así que tras los pertinentes informes veterinarios el adiós de la administración se materializó en una llamada telefónica con forma de voz burocrática negándole cualquier asistencia y ofreciendo, a modo de limosna, lo que se atrevieron a calificar como “eutanasia humanitaria”. Ahí tienen su recompensa.

En ese aspecto otros países nos llevan la palma. Reconocen que un perro que ha dado toda su vida por el bien de la sociedad detectando drogas, explosivos o moribundos en una catástrofe es un compañero más. Un tipo al que, además de homenajes y solemnidades, se le debe un mínimo de lealtad. Porque saben como nadie que respetándole en realidad se respetan a sí mismos como policías y como personas. Aquí en cambio parecemos empeñados en reducirlos a una mera utilidad que cuando deja de cumplir su función es desechada sin más, obviando su pasado, su dignidad y, lo que ya es difícil, créanme, su mirada.

De cualquier manera hoy ya es un gruñón retirado que comparte mis rutinas literarias bajo la mesa del despacho, enredado entre mis piernas. Pero hay ciertos días en los que de pronto alza la cabeza sin motivo aparente y se queda muy quieto, expectante, venteando la mezcolanza de olores que desde el patio de luces penetran por la ventana mientras sus ojos oscuros se pierden en la lejanía de la pared, como si aguardara el instante en el que su guía le hará una señal para comenzar el rastreo. Algo que nunca volverá a suceder. Intento calmarle acariciando su frondoso manto de pelo y se vuelve a mirarme con esa mezcla de dulce desconcierto. Y es entonces cuando comprendo por qué ha merecido la pena tenerlo. Porque el día que exhale su último suspiro serán nuestras manos las últimas que sienta y el amor de nuestros ojos lo último que vea, sin la miserable complicidad de una administración que se apresura a eliminarlos al mínimo contratiempo. Porque la corta biología de los perros nos obliga a un cursillo acelerado de vida: el flechazo de la primera mirada, la cría del cachorro, el peso de una responsabilidad cotidiana plagada de buenos y malos momentos y, por fin, la inevitable despedida. Una existencia condensada en una sola de nuestras décadas, a través de la cual nos acompañan para ayudarnos a sobrellevar y hasta a redimirnos de nuestras miserias humanas, propias y ajenas. Porque haciendo ese pacto sagrado con ellos nos concedemos la oportunidad de ser -justo al contrario de lo que les pasa a quienes se empeñan en darles la espalda- un poco menos hijos de puta.

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ELEGIR A DEDO

Querida Olvido:
Todo por un simple dedo. Puta y zorra te llamaron, ya ves, aquellos cuya indigencia mental les lleva a desconocer el significado real de ambas palabras. Ninguna de las dos se te puede aplicar: la primera porque no comerciaste con nada y la segunda porque ni siquiera tuviste la astucia de olfatear a tu presunto enemigo teniéndolo tan cerca. Pero errar es humano, ni siquiera eso se te puede objetar.
Has tenido un desliz, eso es cierto. Y no me refiero al video, sino al error de precipitar un amago de dimisión sólo porque te derrumbaste ante las plañideras que lanzaban espumarajos, incapaces de admitir que sus representantes políticos gocen de su sexualidad. Menos mal que recapacitaste. Ya has comprobado que la estupidez no conoce de izquierdas ni de derechas. Puta y zorra te gritaron en el Pleno, no lo olvidemos. Los mismos que parecen haber olvidado ese aforismo que afirma que cuando te señalan con un dedo los otros tres apuntan hacia ellos. Puta y zorra, vocearon mujeres que, o bien no hacen dedo y esa energía indómita y natural la queman jodiendo al prójimo o, si lo hacen, emplean con toda seguridad dos o tres o hasta donde les dé el asunto. Puta y zorra, gritaron hombres que olvidan que si tú utilizaste un dedo, ellos usan los cinco. Con la sana excepción de quienes emplean alguno más por salva sea la parte. Pero no me hagan señalar.
Haz honor a tu nombre y olvídalo todo. La difícil tarea que tú y tu familia tenéis por delante es mucho más importante y delicada. Recuperar la confianza en vez de una honra que nunca perdiste. En cuanto a esa panda de analfabetos emocionales que aportan escandalizados madera para tu hoguera al mismo tiempo que aplauden babeantes las gracias de otros políticos que se trajinan no solamente lo suyo sino también lo de los demás, déjame decirles que si tengo que decidir entre eso o el derecho de una señora –que por cierto está estupenda- a ejercer libremente su sexualidad, elijo lo segundo. Y lo elijo porque sí. O sea, a dedo.

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AQUEL JODÍO LEJÍA

(Fotografía extraída de la página web www.culturandalucia.com. Recopilación de Milagros Soler)

Mi memoria aún es joven, no conoció bandoleros. No al menos a aquellos tipos al uso, tabardo y trabuco en ristre, que saqueaban a quienes caminaban por las veredas de Sierra Morena. Lo mismo daba un mercader honrado que un político a secas. Cualquier bolsa que hiciera clinc clinc era buena, y de eso sabían y saben mucho cualquiera de los anteriores.
Pero a lo que iba. El caso es que mi memoria –como la de ustedes, supongo- es asaltada con cierta frecuencia por otro tipo de bandidos que esperan agazapados para adueñarse de ella en el momento más inoportuno. Estoy hablando de los recuerdos. El último asalto ocurrió no hace mucho, durante una de esas tardes apacibles y frescas que le ríen las gracias al veranillo de San Miguel.

A mis manos había llegado una vieja fotografía de la estación de tren de Almería, con su fachada de hierro y cristal como sigiloso testigo de las partidas, sueños y regresos de miles de legañosos durante más de un siglo. El mismo edificio parecía algo irreal entre la niebla aquella noche de noviembre de 1996. En mi maleta no portaba más adultez ni experiencia que los escasos dieciocho años que mi DNI acreditaba. Tomé el Expreso Nocturno que hacía la ruta Almería – Cádiz para cruzar esa extraña e irrepetible frontera entre la niñez y la hombría que llamaban la mili. Supongan que no me llegaba la camisa al cuello y acertarán de pleno. El compartimento daba para seis camas agrupadas en dos literas, descarnadamente aprovechado el escaso espacio. El tren arrancó y a mi propia oscuridad se fueron sumando rostros desconocidos que surgían en la penumbra, brasas furtivas de cigarrillos y murmullos roncos e ininteligibles. Un bocadillo y un refresco que mi estómago cerrado se negó a terminar y se hizo el silencio en aquella diminuta estancia.

Arrebujado en mi catre sentía una enorme congoja, una suerte de miedo terrible que pugnaba por traspasar mi piel y adueñarse de mí. Sólo rompía aquel silencio algún ronquido furtivo de mis desconocidos compañeros de habitáculo. Serían ya las dos o las tres de la madrugada cuando escuché unas voces alegres y escandalosas que llegaban del exterior. No podía dormir de todos modos, así que me levanté y recorrí el angosto pasillo acompañado tan sólo por el juego de luces y sombras que desfilaban, fugaces y tenebrosas, por las ventanillas polvorientas del tren.

El descansillo entre los dos vagones oscilaba terriblemente a cada curva. El fuelle de goma que recubría su interior se contraía y ensanchaba como si diera sus últimas bocanadas y sobre la plataforma tres legionarios intentaban mantener el equilibrio más que de sus propios cuerpos de las cervezas que sostenían con asombrosa habilidad. En realidad yo no podía verlas, pero sí escuchaba la veloz sucesión de efervescencias que emanaban de las latas al abrirse, una tras otra. Sus cabezas afeitadas se recortaban sobre la tenue luz naranja de servicio del vagón contiguo. No me atreví a interrumpirles pasando entre ellos, así que me hice el disimulado haciendo como que miraba por la ventana. Uno de ellos hablaba más que ninguno. Al principio no entendí lo que decía, pero al poco sus palabras se fueron aislando del sordo traqueteo del aquel viejo tren y traslucieron con nitidez la historia que narraba a sus compañeros. Cuando finalizó no pude evitar una amarga sonrisa recordando a quien –más tarde lo supe- pasó mi primera noche fuera de casa llorando desconsolada. Pero al mismo tiempo, aquel jodío lejía y su historia destrozaron mi pueril temor a lo desconocido y me enseñaron sin aditivos y en pocos segundos lo que nadie volvió a explicarme en los nueve meses siguientes: que hasta en el más ruin buscavidas se esconde un hálito de humanidad.

Contaba el legionario cómo un compañero destinado en la almeriense Brigada Rey Alfonso XIII llevaba mal lo de la vida militar. Desesperado, urdió una treta para poder salir de allí. Anunció al Cabo de Guardia que su padre había muerto. Rápidamente y por conducto reglamentario se notificó el deceso y le fueron concedidos quince días de permiso para soportar el duelo. Unas palabras de afectado consuelo y al soldado no le volvieron a ver el pelo durante esa quincena.

De regreso al cuartel la cosa empeoró. Ahora ya conocía las mieles de la libertad, del amor libre y de las venéreas, así que ni corto ni perezoso acudió de nuevo al cabo con la misma historia.“S´a muerto mi padre”, narraba con burlón dramatismo el legionario del tren. Eran muchos en la compañía y el cabo no dio muestras de recordarle. Nueva transmisión del deceso, repetidas palabras de afectado consuelo y otros quince días de gañote para el soldadito. Así hasta seis veces.

Pero, por aquello de no abusar, el legionario empezó a pensar si no iba siendo hora de cambiar la cantinela, conque decidió sustituir el cadáver. Esta vez la muerta sería la madre. Afectuosas palmadas, sentidos pésames y otros quince días de libertad. Ya de vuelta al cuartel, el lejía se frotaba las manos. Y volvió a la carga. “S´a muerto mi madre, mi cabo”, lloraba el perla ante el Cabo de Guardia justo un segundo antes de que la Policía Militar lo cogiera por los hombros y cumpliera tres meses de arresto en el calabozo.

–    ¡¿Pero por qué?! -clamaba el milico embustero- ¡¿Se traga usted la historia de mi padre y la de mi madre no?!

–  ¡Firmes y no blasfemes, legionario! –ordenó el cabo mientras daba una calada al Ducados y observaba el lento ascenso de las volutas de humo blanco-. Y para la próxima vez apréndete bien la lección: padres los que quieras pero madre sólo hay una.

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EL CAMARERO DEL FORTUNY

Los motores del barco se desperezan con un ronco murmullo que hace vibrar la cubierta. Ya es noche cerrada y los últimos coletazos de la virazón me indican que es hora de regresar adentro. Delante de mí corretean ocho horas de travesía nocturna de las que sólo soy un forzoso invitado al juego de intentar alcanzarlas hasta arribar a Palma. En mi mochila aguardan las diez últimas páginas que atestiguan la odisea de Edmundo Dantés, y no se me ocurre mejor compañero de viaje que un café aguado en el bar.

Mientras la proa del Fortuny comienza a romper las aguas, a lo lejos Valencia me despide con esa tristeza fingida y mecánica de quien sabe que, como de costumbre, regresaré muy pronto. Recorro la decena de metros que me separan del bar mientras concluyo que siempre es la misma historia. Cualquier cosa o persona a bordo me resulta ya excesivamente familiar. Rincones, procedimientos, gestos,… hasta el rostro, siempre severo y escrutador, de la sobrecargo. Todo conforma un escenario usual que con el tiempo ha llegado a aportarme tranquilidad durante la monótona singladura.

Detrás de la barra atiende un joven camarero al que no había visto hasta entonces. Es bajito, calvo y con un fuerte acento gallego. Se maneja con energía, con una peculiar soltura que arranca sonrisas entre los clientes. Lo del riguroso orden de llegada no va con él. Selecciona a los parroquianos según le da, señalándoles con un dedo al tiempo que arquea las cejas, en una especie de ruleta apasionante en la que nunca sabes cuándo te va a tocar.

Qué suerte, me digo, ésta es la mía. Ahora el dedo me apunta a mí y veo su cara de ratoncillo vivaracho expectante. Un café sólo largo, pido como de costumbre. ¡Vamos a ello!, responde con entusiasmo al tiempo que de un giro danzarín se encara con la máquina y agarra el cacillo. Intento morderme la lengua, pero no puedo evitar el comentario.

–    Es curioso -le digo-. Hace usted interesante cualquier acción rutinaria.
Entonces, como fulminado por esas ocho palabras, congela el gesto y se vuelve sorprendido.

–   Me ha gustado esa frase –responde-. Nadie había definido nunca mi trabajo así. Oiga, ¿le gusta a usted la literatura?

Lo malo de poseer mil respuestas a la misma pregunta es que nunca sabes escoger la correcta. Pero no importa. El camarero se arranca a contarme con sincero entusiasmo su afición a las letras. Me habla de autores, de libros, de frases y citas célebres que ofrece a los clientes a cambio de que ellos mismos engrosen su lista de reflexiones. Pensamientos que nacieron en la cabeza de los escritores en los momentos más insospechados, lo mismo pulidos hasta la extenuación en los desvelos nocturnos de cualquier convento que garabateados sobre la madera carcomida de cualquier taberna del Madrid del siglo XVII. De mi bolsa extraigo uno de mis cuadernos y se lo muestro. Ávido, hojea mis anotaciones, siempre apuntadas a pluma, algunas de las cuales acaban transformándose en historias y otras tantas terminan durmiendo en el silencio de mi olvido particular. Comenzamos una tertulia a dos bandas con Mark Twain, Wells o Hemingway como dardos de ida y vuelta mientras que el público (apenas una docena de viajeros estupefactos) contempla cómo dos tipos, los codos apoyados sobre la barra y el vapor del café rezumando impaciencia, disputan una partida literaria tan entusiasta como inesperada.
Se le acumula el trabajo, y Manuel –ése es su nombre- rehúsa cobrarme el café por más que le insisto. Me despido con un apretón de manos y escojo el asiento más solitario del local mientras pienso en la última frase de Santa Teresa de Jesús que me ha regalado: “Lee y conducirás, no leas y serás conducido”. Y entonces comprendo mi error. Nunca es la misma historia. No al menos si se observan con la mirada adecuada cada rincón, cada rostro, cada palabra pronunciada, en apariencia, al azar. Porque hasta el viaje más rutinario de nuestra vida puede tornarse en una desgracia inesperada, en un golpe de inmensa fortuna, o incluso transfigurarse en un camarero capaz de lograr que este condenado café haya terminado por resultarme delicioso. Y eso, supongo, también es literatura.

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RECORTES EN LA ENSEÑANZA

Ahí empezó todo. Lo recuerdo con toda claridad. Sucedía cada día, justo antes del yogurt y el petit suisse que marcaban la infantil frontera entre el día y la hora de dormir. El hombre serio de pelo blanco que a mí se me antojaba tan alto y tan grande se apostaba, perenne, a mi lado, mientras sus manos pálidas y delgadas sobrevolaban el aire para enseñarme solfeo o señalaban, con infinita paciencia, la portada del ABC que descansaba sobre la mesa camilla, al tiempo que mi lengua de trapo balbucía torpemente las primeras letras del universo de mi lenguaje.

Después la cosa se fue complicando: el método Bela Bartok y los cien estudios diarios de Czerny para piano, las frases y las oraciones. El cuento del niño y el cocodrilo, el gato Micho y un viejo recetario de cocina fueron los primeros cuadernos de guerra que me sirvieron para adentrarme en el campo de batalla de la ortografía, la sintaxis y la gramática. Palabras todas ellas tan feas que, de haber cedido a la tentación de esquivarlas, jamás habría conocido a tipos tan dispares como Delibes, Salinger, Dumas o Cela.

Los yogures y los petit suisses se fueron perdiendo en el tiempo y en la costumbre, pero la dichosa línea entre el día y la noche no pareció enterarse y los años siguieron su curso. El mundo y sus fronteras se hicieron más grandes, comenzaron los viajes y las despedidas, y las caras y los recuerdos se volvieron cada vez más lejanos. Hasta que llegó ese día.

Intentaba cerrar la maleta, cuando el señor de pelo blanco que a mí me parecía tan alto y tan grande se me acercó y me entregó un sobre abultado:

–  Son cosas curiosas. Para que las leas, Rubencico –dijo con una sonrisa-.

Guardé el sobre y mucho más tarde, con las paredes de cualquier hotel como mudas testigos, lo abrí y de su interior extraje decenas de recortes de periódicos. Artículos sobre política, religión, derecho y literatura, efemérides imposibles, máximas latinas y viñetas de Antonio Mingote. Algunos marcados con equis donde mi mentor quería señalarme la columna concreta, otros, subrayadas las frases que él consideraba más certeras, e incluso en uno de ellos (creo que versaba sobre el aborto) había escrito arriba, con letra trémula, “Digno de leerse”.

En esos recortes aprendí a seguir amando la literatura al tiempo que comencé a odiar los extremismos, las izquierdas y las derechas de manual, el fanatismo y la demagogia de saldo. Descubrí cómo la ironía puede transformar en dardos las palabras bien escogidas y que un libro puede cambiar todo un mundo.

Ahora, a mis treinta y cuatro años, cuando el crujido de las hojas caídas del calendario cede bajo mis pisadas, en mi maleta no falta periódicamente un sobre que contiene recortes. Recortes de las enseñanzas que ese señor, mi padre, consideró necesarias para no olvidar que nunca dejamos de ser niños dispuestos a aprender el abecé de la vida.

Sólo hay una cosa que no he llegado a comprender jamás. Cómo después de crecer y haberme convertido en un adulto, mi padre sigue pareciéndome tan grande. Tan inmensamente grande.

LA MUJER DEL PRIMERO DE MAYO

Lisboa amanece todo lo alegre que puede permitirse una ciudad como ella. El ahogado sonsonete de los coches circulando sobre el empedrado se confunde con el sonido de un fado que sale de una pastelería cercana. El olor a ternura y a harina caliente me va arrancando a empujones del sueño que me acompaña a cada paso, de camino a un compromiso profesional. Es en el último tramo de la calle, antes de llegar a mi
destino, donde la veo por primera vez. De pie, sobre la acera, junto a la puerta color verde gastado de una discreta casa, la mujer que fuma con los brazos cruzados posa sus ojos azules en mí. Es sólo un instante, el necesario para comprobar que aquel joven delgado que avanza rápido hacia donde ella aguarda no representa una amenaza. Cuando la sobrepaso me fijo en su rostro. Es bonita, sin demasiadas contemplaciones. Chupa con una calma agitada el cigarrillo mientras sus ojos persiguen cualquier detalle del entorno no más de un par de segundos. En ellos se reflejan muchos kilómetros recorridos y otros tantos tiros pegados. Parece acostumbrada a la intensa brevedad de acomodarse en todos sin entregarse a nadie. Sigo mi camino y, cuando me he alejado varios metros, giro la cabeza hacia atrás y la sorprendo mirándome. Se corrige inmediatamente y eleva sus ojos hacia el Puente del 25 de Abril, que cruza justo sobre nuestras cabezas.

A partir de ese momento, cada mañana se sucede la misma rutina. No falla. A la misma hora en el mismo lugar. Sus labios ansiosos apuran el cigarrillo para encender otro a continuación, supongo. Jamás me quedo a comprobarlo. Hasta ese momento, siempre había creído que todas las miradas unen. Excepto la suya. Es una mirada de alambre de espino, de línea de fuego, de sala de espera antes de las malas noticias. Cada vez que me aproximo por la acera sus ojos azules se tornan más fríos, separadores, dominantes de su territorio, de su escaso metro cuadrado a la puerta de esa vivienda.

El destino juega con azares tan cotidianos que no reparamos en ellos. Llegado el viernes, último día de mi estancia en la ciudad, me quedo dormido. Un café rápido y salgo corriendo del hotel para llegar lo antes posible a donde me esperan. Paso por el lugar unos veinte minutos más tarde de lo que lo he venido haciendo durante los últimos cuatro días, y justo entonces todo parece distinto. El brillo dorado de los primeros rayos de sol resbala, cansado, cubriendo los adoquines de la calle. Los raíles del eléctrico reflejan los primeros bostezos de otro día en Lisboa. A ellos mira ahora distraídamente el hombre maduro y con traje sintético que está apoyado, cabizbajo, en el coche oscuro que se ha detenido justo a la puerta de la casa. Serviços Sociais, leo en un tarjetón sobre el parabrisas. El tipo parece impaciente, y en su cara de fastidio madrugador se trasluce su condición de funcionario gris que cumple una obligación como quien cumple un placer, sin ínfulas de sentimiento alguno. Por fin se levanta y, sacando las manos de los bolsillos, se acerca de malas formas hasta la mujer y le arranca al niño de unos seis o siete años que hasta ese momento ella cubría de besos y abrazos. Al hacerlo, sus zapatos pisan la colilla que todavía humea sobre la acera. Ya es tarde para cambiarme de acera, así que acelero y paso justo entre el coche y la casa. Esta vez no me mira. Sus ojos azules anegados en lágrimas no se apartan del niño que le dice adiós desde el coche. Conforme me alejo, escucho las últimas palabras que ella le grita: ¡Até logo, meu filho. Em breve estarei com mama novamente!

Entonces me detengo y cruzo la acera. Me paro en la puerta de la pastelería y me quedo mirándola. Sus ojos se mezclan con los míos y me parece advertir que el dolor que albergan se transforma de repente en cólera. Se da media vuelta y entra en la casa, dando un portazo.

Mi viernes se extingue a bordo del tren que me devuelve a casa. A mi lado, un anciano bonachón se empeña en contarme las buenas notas que su nieta ha obtenido en el final del curso. Pero yo sólo veo a través de mi ventanilla a esa mujer de ojos vivos y escrutadores que me observa desde los visillos descorridos de una modesta casa en el número cincuenta y tantos de la Rua Primeiro de Maio, preguntándose quién será en realidad ese tipo extraño y delgado que se empeña en mirarla cada mañana. Y desde mi asiento, en silencio, yo me pregunto exactamente lo mismo.