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Reseña de `Hadas con tacones afilados´ en el blog `Cazafantasía´

El blog literario Cazafantasía ha publicado una generosa reseña sobre mi novela Hadas con tacones afilados. En ella, su autora, Aure Martínez, se plantea acertadamente una de las claves del libro: ¿hasta qué punto los medios de comunicación pueden condicionar nuestra perspectiva de la realidad?

Os animo a que visitéis su blog y disfrutéis con la lectura de esta reseña y de todo su contenido.

Para leer la reseña completa, pulsad en este enlace.

 

 

 

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Mención en `El rincón de las páginas´

El concienzudo bloguero Carmelo Beltrán, autor de El rincón de las páginas, nos acerca a menudo obras literarias y audiovisuales de los más variados estilos.

Esta vez le ha tocado el turno a la #SemanaAutopublicados, y dentro del video que ha preparado para la ocasión ha contado una vez más con mi primera novela, Hadas con tacones afilados.

Tan agradecido como siempre, Carmelo. Un placer contar con tu atención.

Pulsad aquí para ver el video completo

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Presentación de `Hadas con tacones afilados´ en el Ateneo de Jerez

Muchos kilómetros separan Valencia de Jerez de la Frontera, pero se recorren con gusto cuando sientes el cariño con el que mis amigos del Ateneo de Jerez nos recibieron en el acto de presentación de mi primera novela Hadas con tacones afilados.

De la deliciosa mano de Teresa Fuentes Caballero, profesora de Historia, autora del blog La ventana de Teresa y de varios libros, entre ellos `Al hilo de la conversación´ o `El vuelo de la memoria´, tanto el público (que tuvo una gran participación) como yo pasamos un evento memorable en el que hubo espacio para la literatura, la edición, secretos del oficio de escribir, el debate y también las risas.

Fue un placer reencontrarme con mi añorada provincia de Cádiz, a la que, como ya expliqué durante el acto, me unen fuertes lazos familiares y afectivos, con estimados amigos que residen allí y con un público al que espero poder volver a ver muy pronto. Un honor haber aportado mi humilde granito a la historia del Ateneo de Jerez.

 

Gracias a todos por vuestra asistencia.

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Firma de libros en la Feria Asociativa y del Comercio de Benetússer

El pasado día 29 de abril de 2017 estuve firmando ejemplares de mi novela Hadas con tacones afilados en la IX Feria Asociativa y Comercial de Benetússer, concretamente en el estand de Les paraules, uno de esas pequeñas librerías de barrio que, gracias al buen hacer de su propietario, Vicente, conserva ese delicioso ambiente de amor por la literatura.

Fue una jornada interesante en la que amigos y lectores se dejaron caer por allí para adquirir un ejemplar firmado de la novela y mantener una agradable charla.

Gracias a todos por asistir.

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Entrevista en el programa `A buenas horas´, de Gestiona Radio.

Archivo de sonido con la entrevista que sobre mi novela Hadas con tacones afilados me realizaron los periodistas Javier Martínez y Miguel ángel Pastor en el programa matinal A buenas horas, de la cadena Gestiona Radio.

Mi agradecimiento a ambos por la amabilidad de su trato y el interés que mostraron por la novela.

 

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Reseña de autor en el blog `El rincón de las páginas´, de Carmelo Beltrán.

Además de muchas otras cosas, Carmelo Beltrán es escritor, bloguero y —lo admito, orgulloso— amigo mío. Uno de esos tipos que ama la literatura hasta el punto de no limitarse a ser un lector pasivo, sino que gusta de desgranarla y explorarla hasta sus límites, en la honrosa tarea de contagiar al público su pasión por las letras.

Si bien hace ya algún tiempo publicó esta reseña sobre mi novela `Hadas con tacones afilados´, en esta ocasión me ha dedicado unas inmerecidas y elogiosas palabras, concediéndome un valioso espacio de autor que desde aquí agradezco profundamente.

Podéis leer el artículo completo pulsando en este enlace.

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Participación en Cartagena Negra

Durante los días 11 y 12 de septiembre de 2015 se celebró la primera edición de Cartagena Negra en la legendaria ciudad murciana, cumpliendo así el viejo anhelo del mundo de la cultura de dar cabida a un evento que acogiera con toda su generosidad e intensidad al género negro literario. De la mano del comisario Ignacio del Olmo tuve el placer de ser invitado y participar en la mesa redonda Lo policíaco, lo policial y lo judicial: un juego de muñecas rusas, donde coincidí con el doctor Juan Pedro Hernández, médico forense, y la inspectora jefa de Policía Científica, Silvia Pérez Pavía. Un inmenso honor haber compartido espacio y experiencias con ellos.

Cuidada y meritoria organización, inmejorable acogida y un sinfín de emotivos detalles que alcanzaron incluso lo personal. Gracias a todos y hasta siempre.

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ANATOMÍA DE UNA NOVELA: HADAS CON TACONES AFILADOS

Dos años y medio, cuatrocientos cincuenta folios y un título: Hadas con tacones afilados. Ese es el honrado balance de un proyecto que, con mayor o menor fortuna, por fin he finalizado. Un periodo de tiempo significativo durante el cual la inspiración no ha sido más que una esquiva brisa a la sombra de la disciplina que supone levantarse todos los días para sentarse en el despacho, posar las manos en el teclado y escribir con independencia de las ganas, de los deseos e incluso del tiempo que hiciera allá afuera.

Reconozco que junto al cansancio por lo acabado reposa cierta tristeza. Han sido más de dos años conviviendo con personajes que conocieron mi nombre solo porque yo imaginé que lo hacían. Sintiendo cómo me observaban desde el cobijo de sus penumbras, frente a mi escritorio, mientras me impelían a escribir las palabras precisas que habrían de salir de sus bocas. Pero tras veinticuatro meses de dura travesía en la que se mezclaron desesperantes tormentas con momentos de relativa calma, ahora, con los brazos apoyados sobre la amura de estribor, empiezo a sentir esa brisa dulce y aliviadora que presagia que pronto podré abandonar una nave cuyos rincones he recorrido miles de veces hasta la extenuación. Créanme que estoy deseando volver a notar el suelo bajo mis pies, inspirar profundamente y poner fin a mi voluntaria ausencia yendo en busca de buenos amigos para saldar viejas deudas, de esas que solo se pagan con una buena botella de vino. Pero antes de que eso suceda y me aleje para siempre de este puerto, sé que no podré evitar volver la cabeza por última vez atrás y contemplar, sobre el muelle y solitario, al protagonista de la novela, el Inspector Silvio Tanco. Supongo que entonces me acercaré, nos miraremos a los ojos y nos daremos la mano antes de que cada cual se marche por su lado. Él, atrapado en su jaula de cientos de folios, donde vivirá tantas vidas como ojos se presten a leerle. Yo, dispuesto a afrontar la próxima batalla literaria con la exigua munición de un cuaderno repleto de anotaciones bajo mi brazo.

Después, al final, quedará la pregunta que más he escuchado durante las últimas semanas: “¿Y ahora qué?”. La respuesta es fácil: toca dejar que ciertas personas tan sinceras como desinteresadas que se han ofrecido a leer la novela la escudriñen con ojos inmisericordes para localizar los errores que forzosamente siempre pasan desapercibidos para el cansado padre de la criatura. Lo demás, lo ulterior, no me preocupa. No al menos por ahora. Seamos sinceros: sería impensable pretender que la primera novela de uno tenga la calidad suficiente. Existen bastantes formas de escribir una historia, pero muchas más de cometer fallos en ese intento. Por eso me gusta tanto repetir aquella frase de Antonio Muñoz Molina de que uno no se cura de un libro corrigiéndolo sino escribiendo otro. Y conste que esto no es ponerme el parche antes de la herida, sino el realismo de entender que por la constancia y la ilusión de un escritor también han de sangrar, forzosamente, sus desaciertos.

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ANATOMÍA DE UNA NOVELA: LA AMBIENTACIÓN (HISTORIA DE UNA IGLESIA).

La vida nos impone desafíos. En la novela los planteamos nosotros.

Sólo la oscuridad contempla a Silvio y a Hugo dentro de la iglesia. A esas alturas del capítulo y de la trama ya debe estar claro el motivo por el que se encuentran allí durante una madrugada de primeros de abril, reducidos ahora a un par de sombras furtivas cuya única aspiración es la de no ser vistos ni oídos. Avanzan por separado, a distancia, pegados a la pared, notando cómo la arenilla del suelo rueda bajo las suelas de sus zapatos y rogando en lo más hondo de su ser que termine de extinguirse el delator y lastimero chirrido que emite la oxidada cancela de hierro de una de las capillas laterales al abrirla.

Ahora debo corregir lo que he dicho: no sólo la oscuridad les observa. Todo lector que sostenga entre sus manos el libro vive en ese momento refugiado dentro de esa misma negritud. Por eso, al igual que ocurre con los dos personajes, hay que ofrecerle un itinerario en la penumbra para que pueda recorrerlo con ellos, para que dude también sobre si debe girar a la izquierda o a la derecha y termine por hacer suya la inquietud que supone aceptar las consecuencias de la decisión que finalmente tomen. Ese es el desafío. Y un elemento fundamental para alcanzarlo es crear el ambiente adecuado, tarea que, entre otras cosas, se basa en una buena documentación.

Todo cuanto sucede lo hace siempre dentro de un contexto. Pero a diferencia de la vida, en la que prestar atención o no al ambiente que nos rodea suele ser un acto más o menos aleatorio, en una novela este hecho puede manejarse a voluntad. A lo largo de cada página, lo que el lector sabe es porque el escritor quiere contárselo. Eso implica dos cuestiones: que nada puede darse por sabido y que, al mismo tiempo, podemos destacar o disimular lo mismo sucesos importantes que nimios detalles según nos convenga. El misterio de la literatura llegará luego, cuando el lector interprete a su manera la historia que quisimos contarle.

Octubre de 2012. Estoy escribiendo la escena de la iglesia y necesito estar en ella y experimentar lo que se siente antes de que lo hagan Silvio y Hugo. Valencia, como tantas otras ciudades españolas, está plagada de templos cristianos, por lo que en un principio no debería costarme un gran esfuerzo dar con la adecuada. Consultado en el ordenador me decanto inicialmente por dos. La iglesia de Santa María del Mar y la de San Martín. Aunque muy diferentes entre sí, su aspecto interior es el que más encaja en la idea que ronda en mi cabeza para esa parte del capítulo. A pesar del otoño, la tarde se presenta calurosa. Cojo la mochila, la cámara de fotos y los cuadernos y me dirijo a la ciudad para poder estudiarlas con más detalle.

Una vez que he llegado hasta la parte final de la avenida del Puerto me encuentro con que la iglesia de Santa María del Mar está cerrada. Una lástima. Sin ser de gran tamaño, su avejentada fisonomía y la portada tardobarroca se parecen bastante a la imagen que me había formado para escribirla escena. Pero no hay nada más que hacer allí, al menos por hoy. Me traslado, pues, hasta la otra punta de la ciudad, en pleno casco histórico, y me adentro en el templo de San Martín. El interior es fascinante. Lo conocía por fotografías que había estudiado con anterioridad, pero ahora que estoy sentado en uno de los últimos bancos y puedo contemplar en silencio la nave central con las capillas laterales intento desalojar en mi imaginación a los escasos feligreses que a estas horas pululan por el lugar y entonces me parece experimentar en propia piel la desazón que habrán de sentir más tarde -mucho más tarde- Silvio y Hugo cuando vivan en su propia piel todo cuanto ha de acontecer allí.

Sin embargo, aunque me gusta el aspecto interior de la iglesia, lamentablemente no ocurre lo mismo con el exterior. No es así como aparece en mi cabeza. No puede ser así como se presente en la novela. Por diferentes motivos, ha de ser un templo alejado en la distancia y en el recuerdo, olvidado tanto por los feligreses como por los eclesiásticos encargados de su mantenimiento. Resulta imprescindible buscar otra apariencia al contenido que acabo de descubrir. Y parecía fácil escribir sobre una iglesia…

Es noche cerrada cuando vuelvo a casa. Entre la escritura de la mañana y la caminata vespertina considero que por hoy es suficiente. Concluyo resignado que me espera otra de esas noches de sueño inquieto. Suele sucederme cuando he de escribir al día siguiente y la escena aún no está preparada en mi cabeza. Todo ha de encajar: los personajes, los gestos, la acción… De no ser así, el proceso narrativo se vuelve mucho más incierto, y aunque al final siempre sale algo, la antesala de ese logro resulta particularmente insufrible.

Al día siguiente inicio la búsqueda de nuevo en internet. Fruto de mi insistencia y también de la casualidad encuentro esta interesante página http://www.jdiezarnal.com/, en la que su autor desgrana las características arquitectónicas de los principales monumentos religiosos de toda España. Al cabo de un rato encuentro la imagen perfecta.

Corresponde a la Catedral de Ibiza, que yo en la novela he rebautizado como la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Su emplazamiento está bastante aislado, al menos desde esa vertiente, debido -como tantos otros templos de la isla Pitiusa- a su origen como basílica defensiva, y su aspecto resulta desangelado. Es así como habrán de contemplarla los dos personajes cuando se aproximen a ella entre las sombras de la noche.

Ahora que mi mente y mis cuadernos están saturados de anotaciones toca la parte más difícil y a la vez más hermosa: escribir. Y es ahora también cuando hay que tener presente una premisa fundamental: documentarse ha de regirse siempre por ciertos límites. De lo contrario, corremos el riesgo de introducir con calzador tal profusión de datos que el lector olvide que está leyendo una novela y acabe creyendo que lo hace sobre un manual de bellas artes o de arquitectura. Una vez hallado ese equilibrio y permitidas ciertas licencias literarias -la iglesia de la novela es, en realidad, la conjunción de dos templos distintos, he reducido el número de capillas laterales para adaptarlas a la acción, cambiado el nombre de un santo e inventado un deterioro inexistente en los frescos de la bóveda, por poner sólo algunos ejemplos- será cuando, si logro el objetivo, de los pedazos de todas esas realidades que acabo de mencionar se habrá creado otra realidad bien distinta, pero tan cierta para el lector como ya lo es para mí. Porque, al fin y al cabo, como escribió Juan Carlos Onetti, ¿qué es la literatura sino mentir bien la verdad?