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REFUGIADOS EN NUESTRA ALMOHADILLA

Imposible no llevarse la mano a la boca, horrorizados. La imagen del niño de tres años ahogado en una playa turca, con la carita sumergida y las manos vueltas hacia arriba —demasiado joven para haber aprendido a luchar contra su propia muerte— es la prueba irrefutable de que tenemos un problema. Bueno, en realidad dos. El de los habitantes de tantos países asolados por el odio, la intolerancia religiosa y la guerra, que deciden, contra la instintiva raigambre del ser humano, abandonarlos en busca de una suerte mejor, y el nuestro, como sociedad. No piensen que íbamos a escapar de nosotros mismos así como así. Porque eso es lo que nos caracteriza: nos quedamos en la boca abierta, en el ay, Dios mío, y en el tecleo apresurado de la almohadilla seguida de una etiqueta molona y rotunda que exhiba nuestra también natural tendencia a la solidaridad inútil. A partir de ahí, nuestro mayor dilema es si azúcar o sacarina.

Creo que estamos de acuerdo en que el milenario fenómeno migratorio que se recrudece cíclicamente nos afecta a todos, de forma más o menos directa. Precisamente por ser histórico, bastaría con un atento vistazo hacia atrás para darnos cuenta de que las civilizaciones que se enriquecieron por la inmigración lo hicieron gracias a dos factores: la organización de los que llegaban y la convivencia entre estos y los que ya estaban. Sin excepción. No hace falta ser historiador para comprender que las sociedades más sólidas lo han sido en base a transformaciones lentas y firmes. Jamás bajo los inconstantes latigazos de una revolución imaginaria donde todo el mundo protesta y se echa la culpa pero nadie da soluciones veraces.

¿Por qué demonios la imagen de ese pobre niño es un fracaso de Europa? ¿Por qué no lo es también del islam, de lo que representa, de lo que miserablemente tolera y silencia? ¿A qué esa manía de autoflagelarnos, como si fuéramos nosotros los que empujamos a esa gente a arrojarse al mar, como si nos llenáramos los bolsillos con las traicioneras monedas de plata obtenidas por colocarlos en chalupas casi tan frágiles como la sociedad de la que huyen? No faltarán, eso sí, las voces simplistas e intencionadamente sesgadas que comparan esta inmigración con la que los españoles nos vimos obligados a protagonizar hace varias décadas. Elementos como que el número de países de origen era sensiblemente inferior (en España, ejemplo de integración, conviven inmigrantes de más de treinta países), que el sistema de valores de Alemania y España era muy similar (añadan al dato anterior sus correspondientes hábitos, costumbres y religiones, algunas de las cuales son cualquier cosa menos tolerantes), y que, salvo por las mafias —que también las hubo—, los emigrantes españoles viajaban con papeles y un puesto de trabajo previamente asignado, son ignorados deliberadamente por esa estirpe de nuevo cuño que tanto gusta de mezclar churras con merinas al tiempo que criminaliza a su propio país mientras disimula silbando cuando de analizar por qué esa gente huye espantada se trata. No deja de resultar paradójico que todos esos que crucifican a la vieja Europa, culpándola de todos los males, aburriendo con lo de la casta y el fracaso del capitalismo, son los mismos que chillan como descosidos exigiendo que sea este mismo sistema malévolo el que acoja cuanto antes a esos miles de refugiados que, por algo será, se empeñan en venir a este maldito infierno. Tema aparte son los países árabes. Tan unidos en su religión, tan de golpes en el pecho, besos por doquier y mucha cercanía física, pero que luego no gastan ni un solo dinar en ayudar a su hermana Siria, en librarla de quienes la están carcomiendo a sangre y fuego. Porque del sutil detalle de que los refugiados componen una amalgama de suníes, chiíes y unas cuantas variantes más que se masacran en sus ciudades natales permítanme que les hable otro día. De nuevo, ¿por qué hemos de sentirnos culpables en exclusiva?

Nadie prueba lo contrario. Nadie aporta una mísera solución o, como mínimo, se presta a discutirla. Todos repiten como papagayos la misma cantinela: hay que poner fin a esto. Estoy de acuerdo, damas y caballeros. Y ahora, díganme: ¿cómo? ¿Han pensado dónde ubicar a los millones —millones, lean bien— de refugiados sirios que aguardan en Turquía, Líbano, Irak o Egipto? ¿Dónde vivirán, de qué comerán? ¿Se han tomado la molestia de averiguar de dónde saldrán las partidas presupuestarias? ¿Se quejarán luego de que los euros destinados a los refugiados saldrán inevitablemente de los recortes en otras áreas? Es entonces cuando a alguien se le ocurre la más lógica idea: solucionemos la guerra en su país de origen. Perfecto. Eso sí, sin intervenciones bélicas. Ah. Vayan y explíquenselo a los del Kalashnikov, a los que obligaron al niño sirio a subirse a la balsa, a los que arrojan homosexuales al vacío, a los que lapidan a las mujeres por parecerles provocativas o a los que pasan a cuchillo a cualquiera que les mire mal, siempre en nombre de Alá, no fuera o fuese. No ha de extrañarnos, por tanto, que cuando uno le echa un vistazo a Twitter, compruebe que el #YoSoyRefugiado coexiste con el #NoALaGuerra.

Una de las consecuencias de la lectura de este artículo es que los estólidos simplificadores resumirán que pretendo darles la espalda a esas pobres personas. Pero como no tengo tiempo para enseñar comprensión lectora, les rogaré que vuelvan a repasar estas líneas. Y si tras varias veces continúan pensando lo mismo, no pasa nada. Sigan tocando el tamtan, cacareando hashtags molones y durmiendo sobre su tranquilizadora almohadilla. Siempre será mucho más cómoda que leer verdades.

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