MEROS INDICIOS: PALABRAS MUDADAS

Hace poco tiempo mudé palabras.

Ingentes cantidades de letras apiladas en las polvorientas hojas de una vieja colección de libros. Las hice trasladarse desde las estanterías del despacho de mi hermana hasta mi biblioteca, a unos quinientos kilómetros de distancia. Fue un viaje tedioso, aunque salpicado por la ilusión del tesoro recién descubierto. Los casi ochenta volúmenes se despidieron de las costas de Almería, recorriendo la huerta murciana para terminar afrontando los fértiles campos de Valencia, disputándose en el trayecto el espacio interior de mi coche, hacinados en huecos imposibles cuya existencia yo mismo desconocía hasta ese momento. Y ahora aguardan ahí, justo frente a mi mesa, ligeramente ladeados. Dickens, Balzac, Faulkner o Víctor Hugo, contemplándome desde su humilde atalaya de Ikea mientras se dirigen miradas de recelo, disputándose la dignidad de ser los primeros en ganar un nuevo lector que se acercará a ellos con esa sempiterna mezcla de curiosidad y abrumador respeto que se adueñan de uno cuando se está ante un grande de la literatura.

Me aproximo a la estantería y aspiro el olor picante que exhalan la tinta y el papel adormecidos. Eternos amantes cuyo despertar está próximo, y que sucederá cuando al abrir la portada la claridad les deslumbre y se desperecen para adoptar la forma y estilo que su autor dispuso en su día. Mis dedos acarician despacio la piel de sus lomos hasta detenerse en uno. El tomo VIII de las obras completas de Benito Pérez Galdós, de la Editorial Aguilar, con anotaciones de Federico Carlos Sainz de Robles quien, por aquel entonces, tal y como se indica en su interior, ejercía como archivero, bibliotecario y arqueólogo, además de Subdirector de la Biblioteca y el Museo de Madrid. En la contraportada del volumen figura una fotografía del escritor canario con pose ausente y relajada, bajo la cual reza la siguiente leyenda: “Retrato de una época en que era ya el novelista indiscutido y empezaba a ser el dramaturgo genial”.

No es un mal comienzo para albergar estas nuevas palabras.

NEGRAS PALABRAS

Con el transporte público urbano pasa lo que con los primeros amores. Todas las promesas iniciales de las administraciones implicadas (más vehículos, mayor frecuencia de paso y ese avance tecnológico que consiste en un sintetizador de voz anunciando serena e impersonalmente la siguiente parada, y al que por cierto odio con toda mi alma) finalmente quedan en nada y uno acaba por rendirse al pragmatismo de lo cotidiano, que consiste en utilizar el vehículo particular para todo. Pero siempre gusta recordar aquellas ingenuas esperanzas.

Por eso hoy en día conservo la costumbre de coger mi mochila y mis cuadernos,  tomar de vez en cuando uno de esos enormes vehículos rojos y dejarme llevar al centro de la ciudad para pasar el resto del día paseando por sus calles, visitando librerías y urdiendo, transformadas sobre el papel, las historias cotidianas que contemplo a través de los cristales de cualquier cafetería. Algunas de esas historias comienzan, precisamente, en un autobús.

Treinta y tantos años, rostros somnolientos y ataviados con traje y corbata. Lo mismo eran comerciales de cualquier empresa que ejecutivos en prácticas de una aseguradora, qué sé yo. Se sentaron delante de mí justo cuando el autobús arrancaba de nuevo. El de la izquierda miraba por la ventanilla, tal vez presintiendo la lluvia con la que el día plomizo nos amenazaba.

–          ¿Está muy lejos el centro? –preguntó con un deje de fastidio-. Tengo hambre.

El otro –un tipo pelirrojo y delgaducho- andaba enfrascado en su teléfono móvil. Clic, clic, clic. Desde mi asiento escuchaba el sonido apagado de las teclas cediendo bajo la presión de sus ágiles dedos.

–          A unos veinte minutos –dijo al fin-. ¿Dónde vamos a almorzar?

–          Conozco un lugar, cerca de la Estación del Norte. Tiene terraza y se puede fumar.

El autobús enfiló una avenida cuyo nombre nunca recuerdo. Nada más girar, en una de las paradas, un hombre negro subió y se sentó delante, en uno de esos asientos bajos que miran hacia el final del vehículo, quedando enfrentado a los dos jóvenes trajeados. Calculen la tesitura: alto, corpulento, con no menos de quince sombreros de paja sobre la cabeza y portando una bandeja de madera repleta de gafas de sol a cada cual más hortera. Ya le había visto antes de subir, en la parada, sonriendo mientras ofrecía su mercancía a los viandantes, que la rechazaban con un gesto amable de su mano. Lo que no podía ver era la cara de mi vecino del asiento delantero izquierdo, pero el contrariado chasquido de sus labios llegó hasta mis oídos.

–          ¿Qué pasa? –le preguntó el pelirrojo, dejando de prestar atención al aparatejo.

Su compañero no respondió. Se limitó a levantar el mentón en dirección al asiento del recién llegado.

–          Míralo. Están por todas partes y aquí ya no cabe un parado más.

–     Ya –secundó el otro-. Siempre dando por culo con cachivaches que no interesan más que a los borrachos en las fiestas del pueblo.

–         Que yo no tengo nada en contra de ellos, ojo, pero es que al final terminamos por pagárselo todo nosotros. La vivienda, la sanidad,… ¿Cuánto puede ganar al día ese hombre? No tiene que vender sombreros ni nada para poder comer un simple bocadillo. Seguro que lo que le falta para vivir lo saca de algún otro lado. Y no limpiamente.

Por ese instinto que concede a cualquier ser humano el detectar que están hablando de él, el vendedor levantó de pronto la vista hacia ellos, que apartaron la suya con disimulo. Al fin y al cabo eran casi dos metros de maromo, debió pensar mi indignado paisano. A ver si no le iba a gustar la alusión y tenían verbena.

–          Además –continuó en voz baja una vez que el africano se hubo olvidado de ellos-, ¿qué podemos esperar de su cultura? No tienen principios, modales ni educación. En fin, que toca aguantarlos, macho. Vaya mierda de política de inmigración.

Faltaban un par de paradas para llegar al centro cuando se abrió la puerta una vez más y, tras salvar con dificultad dos escalones y pagar su billete, entró una abuelilla menuda y enjuta. El autobús iba hasta los topes y, ante la ausencia de ofrecimientos para que reposara sus vetustas caderas en cualquier silla delantera, la anciana decidió permanecer de pie, resignada, en medio de aquel pasillo. Pero no habían transcurrido ni quince segundos –el tiempo que tardó en darse cuenta de la situación- cuando el mercader de piel de ébano se levantó apresuradamente y le cedió su asiento. Sus dientes amarillentos asomaron entre sus labios correspondiendo con una amplia sonrisa al tímido gracias de la pasajera.

El autobús quedó prácticamente vacío al llegar a la Estación del Norte. También era mi parada. Mis vecinos bajaron delante de mí y, ya en la calle, todavía alcancé a escuchar las últimas palabras de su conversación.

–          Bueno, ¿almorzamos o qué? –preguntó el pelirrojo.

–          No tío, déjalo. Ya no me apetece.

Ambos torcieron la siguiente esquina con paso cansado. Yo permanecí allí, sobre la acera, contemplando la hermosa fachada de la Estación del Norte que había quedado descubierta por la silueta del autobús que ya se alejaba. Pensando que si algo tengo claro en mi particular novela, que ya dura casi treinta y cinco años, es que ningún personaje, no importa si es principal o secundario, es bueno o malo del todo. Que no hay venerables santos ni perfectos hijos de puta. Que los problemas se deben afrontar desde esta perspectiva y no con la demagogia y el populismo que nos caracteriza. Y que en temas de inmigración no nos puede el racismo más que a nuestros ilustres primos africanos en sus respectivos países. Sólo cambian las circunstancias, pero la materia prima de la que estamos hechos es igual de imperfecta. Lo que sí aprendí aquella mañana es cómo un hombre, cuando menos lo espera, puede sentir su conciencia empachada y perder repentinamente el hambre después de comerse sus propias palabras.

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ANATOMÍA DE UNA NOVELA: EL ESBOZO

Las yemas de mis dedos, manchadas de tinta negra, bruñen la punta de la pluma por última vez. El esbozo de mi novela está casi listo y no conviene que un borrón a destiempo lo eche a perder. Pero ahí está: un joven policía obligado a resolver dos gravísimas situaciones sobrevenidas, una de las cuales pone en juego la vida de cuantos le rodean; la otra, a contrarreloj, destinada a terminar con la suya propia. Son un total de veinte folios y la idea me parece redonda, pulida. Impecable. La raíz de la cual brotará en forma de cientos de páginas la historia que bulle en mi cabeza.

Cuando empezó a escribir “La familia de Pascual Duarte”, Camilo José Cela pergeñó un guión que contenía aspectos básicos de la trama pero, según sus propias palabras, antes de terminar el primer capítulo el personaje ya se le había ido por otro lado y él tuvo que limitarse a seguirle. Aunque existen pocas reglas fijas en el mundo de la literatura, comparto la opinión del Premio Nobel gallego de que, cuando una idea está bien planteada y posee suficiente fuerza, la técnica empleada en su escritura termina por confundirse con la propia novela. Sin embargo, para llegar a ese nivel de excelencia, antes hay que haber pensado, escrito, corregido y replanteado el esbozo tantas veces como resulte necesario.

Resulta obvio que cada escritor es no ya un mundo, sino un completo universo. Hay quien prefiere dejarlo todo a la inspiración como suma expresión de la libertad creativa, lo cual resulta más que respetable. Yo mismo mantuve esa creencia durante años, pero con el tiempo me di cuenta de que esa presunta metodología sólo había sido otro error que añadir a mi mochila vital. Actualmente estoy convencido de que una preparación meticulosa, cuidando hasta el mínimo detalle, aumenta exponencialmente las posibilidades de que un proyecto goce de una más que aceptable calidad, lo cual dista mucho de garantizar el éxito.

Al igual que un arquitecto depende de sus planos o un marino jamás prescindiría de sus cartas de navegación, el esbozo constituye el guión estructural de una novela. Al principio sólo es un sencillo argumento. Una idea más o menos intensa que ocupa apenas unas líneas, pero que condensa la fuerza de la historia que queremos contar. Luego, esa idea ha de ser reescrita una y otra vez, añadiendo personajes, eliminando otros, tejiendo entre ellos nuevas subtramas, sentimientos, percepciones y eventualidades. Muchas de las grandes novelas de la literatura universal –que no siempre coincidieron con los criterios editoriales de la época-, comenzaron siendo una idea que no por intensa o interesante dejaba de ser excesivamente simple. A partir de ahí, sus autores rediseñaron tantas veces como estimaron necesario el esbozo, entreteniéndose durante semanas o meses en detalles tediosos pero fundamentales para que todas las piezas encajaran, y que terminaron formando esa historia que aún hoy nos mantiene con los ojos pegados a sus páginas hasta muy avanzada la madrugada.

Y hablando de nuestro presente, en lo que a mí respecta, tras nueve tentativas, por fin he terminado el esbozo definitivo. Para secar la tinta, soplo sobre la hoja de papel y la alejo, contemplándola satisfecho, con una media sonrisa que sabe como un trago de vino fresco tras haber recorrido un largo desierto de incertidumbre. Es entonces, al inclinar el folio, cuando una furtiva gota negra resbala, dibujando azarosamente una curva que se me antoja la forma bellísima de un cuerpo de mujer. Sí, eso es. ¿Por qué no añadir un personaje femenino que aporte a un tiempo tormento y serenidad a la historia del inspector Silvio Tanco?

Iba a continuar escribiendo este artículo pero, si me disculpan, he de afrontar la décima y definitiva versión del esbozo de mi novela.

EL NIÑO DE LA PEINETA

Le vi hará unos días. Apenas dos añitos, la melenita castaña y la inocencia propia de su edad acumulándose en sus encarnadas mejillas. El lánguido brazo extendido terminando en su prieto puñito, excepto el dedo corazón, que apuntaba, divertido y enhiesto, al paso de unos concejales en un acto festivo. Tú le sostenías y lo alzaste para que lo vieran bien, mordiéndote los labios tensos, la rabia instalada en ellos, y desentonando con la sonrisa, ignorante y franca, de tu hijo. Algunos a tu alrededor se volvieron hacia el bebé y le aplaudieron entre risas, para continuar insultando a los cargos públicos con toda su fuerza y fotografiando la insólita escena. Y cuando todo finalizó, te marchaste de allí entre risas, inconsciente de que tus maternales brazos protectores acogían ya a un pequeño proyecto de tirano.

No sé cuánto tiempo te llevó enseñarle un gesto tan complicado para su inmaduro sistema locomotor. Las sincinesias en un bebé hacen realmente complicado ejecutar ciertos movimientos aislando grupos musculares. En otras palabras, resultaría mucho más fácil enseñarle unas constructivas palmadas de aprobación que esa despreciativa peineta. Pero tus convicciones te guían y ahí está el resultado: dedicas más tiempo y esfuerzo a que aprenda a odiar antes que a tolerar.

Pero qué narices: me parece bien. Mira a tu alrededor. Esto se empieza a parecer demasiado a una jungla peligrosa y por eso debes enseñarle a golpear primero. A que sepa mantener a raya a cualquiera que le estorbe aunque no sepa de sus intenciones. A imponer su punto de vista sobre los demás, aunque carezca de la formación, la cultura y la experiencia necesarias para sostenerlo. Nadie dijo que la vida fuera justa. Lo importante es sobrevivir. Luego, conforme el pequeñín crezca, ya desarrollará esa fina capacidad para humillar a cuantos no piensen como él. La aplicará en el colegio –adueñarse de la plastilina siempre fue origen de graves conflictos-, en las pachangas de fútbol con los amigotes –el césped está lleno de árbitros y jugadores contrarios despreciables-, en su pandilla de adolescentes –si tiene que convencer por la fuerza a Jenny para que se enrolle con él, lo hará- y, más adelante, en la universidad o en el mundo laboral. ¿Lo estás viendo? Mírale: plantado en la puerta de la empresa o de su facultad, sintiéndose fuerte entre sus correligionarios y dispuesto a impedir el legítimo derecho de otros a acudir a clase o a su puesto de trabajo durante una jornada de huelga. Cierto que afeado por la contradicción de exhibir sin tapujos sus ideales al mismo tiempo que se oculta el rostro para no ser reconocido. Pero la cobardía en según qué casos está justificada si eso evita tener que asumir responsabilidades por las propias acciones.

Y ahí estarás tú, jaleándole cuando lo veas en televisión amenazando con tomar la ciudad a sangre y fuego, sintiendo ese venenoso orgullo al contemplarle humillando a otros ciudadanos acostumbrados a sufrir sus bravatas y desmanes en silencio para evitar más problemas que los que ya tienen, o carcajeándote cuando manifieste que a los oponentes ideológicos hay que echarlos con escopetas si es necesario.

El problema llegará –siempre llega, créeme-, cuando el chaval se tope con la horma de su zapato y olvide que, puestos a emplear las armas, siempre habrá quien dispare mejor y más rápido que él. Que durante una de sus cobardes acciones como piquete le partan por fin la cara aquellos que están hartos de sufrir sus amenazas y acciones violentas. Que pruebe en su cara el extintor que tan diestramente maneja y comprenda por fin que no era el rey de la jungla, sino un animalillo más sometido a las mismas crueles reglas. Recuérdalo cuando eso suceda e intervengas en directo en cualquier programa matinal, lloriqueando con el auricular en la oreja, lamentándote de lo que le hicieron a tu retoño y obviando el singular detalle de que ansiaba violencia y violencia tuvo. O a lo peor –una madre siempre es una madre-, cuando seas tú misma el objetivo de esa ira que tan bien le enseñaste y te llegue la hora de manos de aquel a quien diste de mamar odio e intolerancia. “No me lo explico, si de pequeño era un encanto. Hacía unas peinetas más majas…”, dirán tus vecinos cuando contemplen tu cara de gilipollas incrédula y estupefacta en la fotografía de tu esquela, pedazo de imbécil.

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ANATOMÍA DE UNA NOVELA: ANOTACIONES

Como todo idealista inmaduro, cuando comencé a escribir creía firmemente en la inspiración. Cualquier aficionado a cultivar una disciplina artística en su versión creativa ha sentido alguna vez el destello de ese pensamiento fortuito que se le antoja pulcro y rotundo, la semilla que más tarde habrá de germinar y alcanzar la forma de la idea perfecta. Pero eso, sencillamente, no basta.

La inspiración siempre es inoportuna. Una mirada fugaz en la calle, la conjunción de un olor con la melodía del hilo musical de la consulta médica o, simplemente, recuperar un presunto recuerdo, me obligan a menudo a buscar con desesperación cualquier soporte donde anotarlos para evitar que desaparezcan. Al principio sólo confiaba en mi memoria, pero los años me demostraron que es insuficiente, y que me resulta mucho más provechoso unirla a mi imaginación para que jueguen a deformarse mutuamente y así dotar de vida a lo que escribo. De este modo, quien visite mi despacho puede encontrar anotaciones en cualquier lugar imaginable. Sobrecillos de azúcar, resguardos de la compra, o pedazos de papel arrancados con la saña furibunda del escritor que teme ser despojado repentinamente por el olvido de la idea soñada. Muchas de esas líneas con cuerpo de tinta y grafía confusa no las he utilizado jamás, e incluso algunas de ellas, al ser consultadas de nuevo transcurridos más de quince años se me antojan absurdas e inconexas con nada de lo que haya escrito o desee escribir en la actualidad, lo que me lleva a concluir que la literatura, como las relaciones humanas, también tiene sus etapas, su momento, pasados los cuales nuestras percepciones dejan de tener sentido para ceder el paso a otras más coherentes con nuestros anhelos.
 
Uno de mis felices descubrimientos en el ámbito de la escritura han sido los cuadernos. Normalmente utilizo dos. El primero de ellos es de la marca Moleskine: pequeño, con las tapas de color negro y las hojas rayadas con una línea. Debido a su diseño extremadamente sencillo, está curtido en soportar los diferentes climas y ajetreos de los interminables viajes a los que mi trabajo me obliga. En él hago anotaciones sobre la novela que estoy escribiendo. Detalles, conjeturas, pequeños esbozos que son tachados, corregidos y ampliados una y otra vez, van devorando una a una sus diminutas páginas. El otro es un Paperblanks, con un diseño –como caracteriza a esta marca- mucho más cuidado. De tapa dura, inspirada en la encuadernación original de un libro de poesía británica, me acompaña prácticamente siempre, y en él voy depositando cuestiones más generales. Frases célebres e interesantes, párrafos de novelas que llamaron mi atención, ideas para alguna novela o simplemente técnicas literarias. Una particular mezcolanza que me depara muy buenos ratos de lectura o consulta. A modo de anécdota, es el cuaderno en el que anoté la cita de Santa Teresa de Jesús que me regaló Manolo, el camarero apasionado de la literatura que trabajaba en el buque que cubría el trayecto de Valencia a Palma de Mallorca y que inspiró mi artículo El camarero del Fortuny.
 
En fin, la literatura también tiene su punto de fetichismo, y a mí me resulta realmente grato conciliar ese deber que todo escritor asume de luchar contra el olvido y la desidia con el placer de sentir mi pluma serpenteando entre las hojas de unos cuadernos que espero poder releer pasados los años con la fruición que la distancia y la perspectiva de toda una vida se dignen a concederme.

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MIENTRAS NOS QUEDE EL FÚTBOL

Vuelvo a leerlo, incrédulo, por tercera vez. Y les juro que ni aun así termino de convencerme. La noticia no es que dé para mucho: un jugador del Real Madrid, detectado por un radar circulando a más de doscientos por hora en la M-40.  

Antes de nada, hablemos del cazador. Uno de esos radares de la DGT, ultimísima generación, el no va más en velocidad de obturación bajo difíciles condiciones lumínicas, y ya en megapíxeles ni les cuento. Solo que luego no hay medios ni huevos para interceptar al probable homicida. Que siga su noble camino, pensará el Multanova. Que siga disputándose el espacio –y tal vez la vida- con el resto de ciudadanos que circulan en sus respectivos coches, lo mismo solos que acompañados, y a lo peor llevando a sus hijos, ignorantes todos ellos de que un capullo con ínfulas de tocapelotas tiene, no ya en sus manos, sino en la punta de su pie sobre el acelerador sus frágiles vidas sin importarle nada más que, si acaso, salir en la foto dando el perfil bueno. Total, ya le llegará la cartita al cabo de unos días con el impersonal y burocrático ruego de que identifique al conductor. Algunos cientos de euros, tantos puntos y cling, cling, hasta la próxima, chavalote.
 
La noticia es de una página web deportiva. Quienes me conocen saben que el fútbol no es santo de mi devoción, pero hay días en que mi vecino de mesa me lleva la delantera, el muy cabrón, y se afana el periódico antes de que me dé tiempo a parpadear. Así que no me queda otra que tirar de móvil y allí se las compongan mis pupilas y mis dioptrías con la pantallita. Pero a lo que iba. La crónica son cuatro líneas, a las que siguen ochenta comentarios de los lectores. Y es entonces cuando el asco y la desolación se apoderan de mí. Ni uno, oigan, ni uno comenta el suceso afeando la miserable conducta del jugador. Ni tan siquiera sugiriendo que eso está feo. Nada. Las opiniones divagan entre el “tampoco es para tanto, en las autovías no debería haber límite de velocidad” hasta lo que termina por escocerme los higadillos: “Como hay cierta prensa que no soporta que gane el Real Madrid, ahora sólo le queda echar mierda sobre sus jugadores”.
 
Así, tal cual lo han leído. Sin atisbo alguno de inquietud, de vergüenza o como mínimo de desprecio, que en este caso estaría más que justificado, amén de dos buenas hostias, llegado el caso. Una conducta asesina que sigue truncando miles de vidas y destinos al año es justificable si se trata de alguien conocido con más dinero, incultura y fama de los que ningún ser humano puede asimilar.
 
Pero, ¿saben qué les digo? Que tienen razón, y que tenemos lo que nos merecemos. Un país donde nadie es capaz de hacer autocrítica y reconocer sus propios errores, donde se afea la conducta de los corruptos ajenos mientras se tolera y jalea la de los propios, un lugar donde se reclama cultura al tiempo que el pedo mental de cualquier memo famosillo es elevado a la categoría de trending topic. Una sociedad, en suma, donde ningún delincuente –si lo piensan bien, nadie está a salvo de pisar ciertas líneas- sale a la palestra para admitir lo que ha hecho, pedir perdón, y ofrecer su caso para que sirva de ejemplo y escarmiento a otros. Al contrario, se enrocan en su chulería y su mediocridad, escondiendo lo robado con la patita y volcando en su desesperada huída todas las mezquinas excusas que su podrida imaginación es capaz de elaborar. En definitiva, nos pasamos la vida piando con la boca abierta y llena de alpiste.
 
Por eso a tantos parece no preocuparles la reprochable conducta de Benzema, ni las vidas que puso en peligro, ni su absoluta falta de pesadumbre más allá de solicitar al juez que aplace el juicio porque le coincide con un partido. Por eso espero que la panda de descerebrados de la que les he hablado no tengan seres queridos susceptibles de morir asesinados por otros suicidas imbéciles el próximo fin de semana, sin ir más lejos. Pero en el caso de que así sucediera, les recomiendo que se den prisa en organizar el funeral y den rápido carpetazo a sus restos mortales. No vaya a ser que lleguen tarde para ver el puto partido del siglo.

ESA PEQUEÑA CORSARIA

Existen hábitos que me resulta imprescindible retomar de vez en cuando. Usanzas que, no por entrenadas a diario, me hacen olvidar a otras idénticas que disparan mis alarmas cuando compruebo que empiezan a alejarse demasiado. Y una de ellas es observar.

Me hallo sumergido en pleno proceso de escritura de una novela, lo que conlleva desarrollar hasta extremos insospechados el instinto de observación. Como todo instinto, el acto de observar se vuelve involuntario, sustraído completamente a la intención o consciencia del observador. Desde el primer párpado que se despega por las mañanas hasta el último y cansado suspiro que se exhala al anochecer, la única labor relevante que tengo delante de mí es acechar con ojos escrutadores el mundo que me rodea. Rincones, sonidos, miradas, visajes,…, cualquier cosa, por rutinaria que sea, es susceptible de pasar a engrosar el imaginario andamiaje que va configurándose en mi cerebro y que terminará por volcarse –debidamente corregido y, en numerosas ocasiones, mutilado- en forma de tinta y palabras sobre las hojas de papel impresas.

Así pues, en esta etapa de mi vida, observar se ha convertido en una tarea tan imprescindible como obligatoria. Una suerte de rutina sin la cual me hallaría desposeído del más elemental de los recursos que son necesarios para construir una historia. El problema resulta cuando observar por obligación empieza a sustituir al hacerlo por mero placer, y eso es algo a lo que en modo alguno estoy dispuesto a renunciar. Lo que me sucedió hace unos días es una buena prueba de ello.

No había terminado de abandonar la fría seguridad de mi portal cuando, al poner un pie sobre la acera, una criatura de unos nueve años impactó contra mis piernas. Iba corriendo, así que supongo que ambos debimos dar gracias al grueso abrigo que me protegía del frío invernal por amortiguar el golpe. Cuando me recompuse miré al chaval, cuyas gafitas redondas de pasta naranja habían quedado descolocadas de extraña manera sobre su carita enrojecida. Entonces me di cuenta de que no era un niño, sino una niña. Me había despistado el pañuelo de colorines que cubría su cabecita calva, la cual había levantado para mirarme con la incertidumbre de quien no sabe si a continuación vendrá una sonrisa de disculpa o la tormenta en forma de bronca monumental. Pero a pesar de su juventud, en su infantil rostro me pareció detectar algún que otro kilómetro recorrido, lo que me hizo suponer que a broncas ya estaba acostumbrada. Me decanté, pues, por la primera opción. Me correspondió con una sonrisa que iluminó su cara de joven corsaria, momento en el cual sus ojos volvieron al suelo, buscando el objeto que nuestro fortuito encuentro había arrebatado de sus manos. El mismo que yo ya había recogido apresuradamente y ahora sostenía en mis manos. “El Principito”, leí en su portada. Era una versión de bolsillo, de la editorial Publimexi. En su interior, concretamente en la primera página, una mano firme y comercial había escrito a lápiz el precio estimado para ese ejemplar: 3 euros.

–          ¿Lo has leído? – pregunté mientras se lo devolvía.

Los ojos de la pequeña me estudiaron con cierta ansiedad. ¿Y éste de que va?, debió pensar antes de darme una respuesta. Pero supongo que llegó a la misma conclusión que yo: me la debía, aunque sólo fuera por el golpe.

–          Sí – murmuró.

–          ¿Y qué parte te ha gustado más?

La niña parpadeó un par de veces antes de hojear con rapidez el pequeño libro. Al cabo de unos segundos, con la sonrisa de quien encuentra un tesoro, lo sostuvo con ambas manos y me lo acercó a la cara, abierto de par en par.

–          ¡Esto! –exclamó.

Leí las palabras que su escuálido dedo me señalaba. Eran breves, me bastó un vistazo, y cuando terminé de hacerlo asentí con la cabeza pero esta vez sin ganas de sonreír. Como si mi gesto se le hubiera antojado una señal convenida, la niña me dijo adiós y continuó su atolondrada carrera hasta perderse calle abajo.

Sería estupendo, pensé, que esa cría viva lo suficiente como para convertirse en una joven culta, guapa e intrépida. Que sepa navegar entre océanos de literatura. Que con los años pase de releer “El Principito” a conquistar “El guardián entre el centeno”, y luego bucee, si sabe aguantar la respiración, entre las simas de “La metamorfosis”. Alguien a quien nadie libre de vivir sus primeros y necesarios desengaños. Que asuma lecciones que sólo se aprenden de madrugada, abrazada a sus propias rodillas, mientras a su lado duerma ajeno el perfecto extraño en el que de pronto se haya convertido el príncipe azul que había creído conocer, o que un día vuelva a sostener en sus manos el pañuelo arrugado que un día cubrió los efectos de su enfermedad y decida entregar media vida ayudando a aquellos que en ese momento teman en juego la suya. Sería estupendo, pero no sé si sucederá.

No he vuelto a encontrarme con ella y no sé si lo volveré a hacer. Tal vez lo suyo no fuera tan grave, y su torpe vitalidad constituyera el mejor síntoma de que todo va a salir bien. A estas alturas de la película conozco perfectamente dónde se encuentran las palabras ánimo, esperanzao deseo en el diccionario, pero confieso que me resulta cada vez más difícil buscarlas. La vida va cubriendo de polvo y mugre ciertos vocabularios, y hace ya mucho tiempo que dejé de creer en los cuentos de hadas. En resumen, ignoro si tarde o temprano se cumplirá ese miserable pronóstico de que los angelitos vuelven al cielo o si, felizmente, todo saldrá bien y la pesadilla quedará atrás; pero al menos, me digo, a pesar de su breve existencia, a esa niña ya le ha dado tiempo a comprender el sentido de las palabras que aquella mañana me mostró subrayadas a lápiz. Las mismas que hoy, sentado en mi despacho mientras tecleo estas líneas, aún me resultan vetadas y que ahora que vuelvo a pensar en ella parece estar dirigiéndomelas a mí: “Cuando te hayas consolado (uno siempre termina por consolarse), te alegrarás de haberme conocido”.

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VENCER SIN CONVENCER

El viejo se mesa la barba, revolviéndose incómodo en su asiento. Ya pasa de los setenta años y se siente cansado de cuerpo y espíritu. Pero no es eso lo que en realidad le perturba. Es su conciencia, falta de reflejos, la que le está consumiendo. Puede que haya servido de algo ante los demás, pero desde luego no para él, el arrepentimiento público que expresó hace pocos días por haber apoyado la sublevación de los fascistas contra la II República. Esos hombres enérgicos, tal vez algo autoritarios, en los que él creía haber visto a los regeneradores que encauzarían la terrible deriva que había tomado el país, se han revelado como salvajes ególatras cuya única intención parece la de querer aniquilar a todo el que no piense como ellos. Y, como siempre ocurre en estos casos, sus contrarios, fieles reflejos de su odio devorador, han comenzado a emplear los mismos métodos criminales y homicidas para defender el bando de su ideología republicana. Un recuerdo amargo aldabea de pronto la puerta de su memoria: hace días que no sabe nada de su buen amigo, el pastor anglicano Atilino Coco, condenado a morir fusilado por sus creencias religiosas. Agita la cabeza intentando alejar ese pensamiento, pero la realidad a la que regresa no resulta mucho más amable.

Un par de sillas más allá, sentado en el mismo estrado que él preside con ocasión del acto de apertura del curso académico, y que coincide con el Día de la Raza, el profesor don Francisco Maldonado está terminando su discurso. Sus palabras cargadas de veneno resuenan todavía entre el público del Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Cataluña y País Vasco, ha dicho, son cánceres de la nación que el fascismo, cirujano sanador de España, libre de falsos sentimentalismos, sabrá cómo exterminar, cortando en la carne viva.

No hables, Miguel, que nos conocemos, se repite a sí mismo mientras disimula su contrariedad haciendo como que toma notas en un cuaderno. Pero apenas ha terminado el profesor Maldonado su perorata cuando alguien grita, desde el fondo de la sala, “¡Viva la muerte!”. En un rincón del estrado, junto a las cortinas de terciopelo rojo, un soldado dormita, ajeno a todo aquello, con un fusil en su regazo. Está allí para acompañar y proteger al hombre tuerto, manco y con el rostro amargado que acaba de ponerse en pie.

–          ¡España! –grita, exaltado, el general Millán-Astray.

–          ¡Una! –responde al unísono el auditorio.

–          ¡España!

–          ¡Grande!

–          ¡España!

–          ¡Libre!

La madera del Paraninfo retumba bajo el tronar de los vítores y aplausos del público. El anciano profesor continúa garabateando el cuaderno. Se quita las gafitas redondas y con dos dedos aprieta la piel de su ceño, marcada por el fino metal de la montura. Por fin ha llegado el silencio, pero no dura demasiado. El ruido de la pluma del viejo cayendo pesadamente sobre las hojas lo quebranta.

–         Estáis esperando mis palabras –dice, levantándose lentamente-. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso (por llamarlo de algún modo) del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir lo mismo. El señor obispo –señala al tembloroso prelado de Salamanca, que aguarda en su asiento-, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, y aquí está para enseñar la doctrina cristiana que no queréis conocer. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao y llevo toda mi vida enseñando la lengua española, que no sabéis…

La tensión es insostenible. Millán-Astray golpea repetidas veces con fuerza el estrado mientras pregunta en voz alta: “¡¿Puedo hablar?! ¡¿Puedo hablar?!”, hasta que, fuera de sí, se levanta y exclama:

–         ¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!

Más gritos y vivas a España arropan al general que acaba de cuadrarse, incapaz de seguir hablando debido a la excitación, al tiempo que su escolta presenta armas. Al poco vuelve el mortal silencio. El anciano sigue en pie, imperturbable.

–        Acabo de oír el necrófilo e insensato grito “¡Viva la muerte!”. Esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esta superioridad de espíritu es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada…

Millán-Astray no puede más, y ya fuera de sí grita:

–        ¡Viva la muerte! ¡Muera la intelectualidad traidora!

Pero el viejo Rector de la universidad aparenta no haber escuchado esas últimas palabras. Tan sólo le dirige una fugaz ojeada antes de continuar.

–    Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.

El Paraninfo se viene abajo. Los congregados insultan a un anciano Miguel de Unamuno, e incluso algunos de los presentes empuñan sus armas dispuestos a terminar con la vida de aquel vasco de izquierdas que creían hasta hace unos minutos un aliado del alzamiento nacional. Pero de pronto siente su brazo sujeto por una mano tan frágil como decidida. Se trata de Carmen Polo, mujer de Francisco Franco, en cuya representación ha acudido al acto. Junto al Obispo de Salamanca, ambos escoltan al viejo Rector hasta el coche para sacarlo de allí mientras son rodeados por una multitud que alza la mano derecha y entona consignas fascistas.

El 12 de octubre de 1936, la intransigencia y la muerte se dieron la mano disfrazadas de una ideología de derechas. Hoy, se siguen cancelando actos en universidades y fundaciones a causa de la coactiva y mutilada democracia de un fanatismo intolerante que ahora viste ropajes teñidos de una presunta izquierda y emplea argumentos basados en guillotinas o en incendiar las Cortes Generales, todo ello en medio del cómplice silencio de muchos agentes sociales. Vencer mucho y convencer poco, tan poco como lo que hemos aprendido en estos setenta y seis años.

(El discurso pronunciado por Miguel de Unamuno está basado en la versión narrada por el historiador Hugh Thomas en su libro “La Guerra Civil Española” (1978) Ed. Grijalbo).

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FRONTERAS CANIS

No sé cuántas fronteras conocen, pero yo algunas. Y qué quieren que les diga, nada es comparable con nuestro producto nacional. Spain is different, y todo eso. Desconozco si han visitado alguna vez –por poner sólo un ejemplo- el paso fronterizo de Beni Enzar, en Melilla. Resulta difícil creer que unos pocos metros de tierra puedan separar de tal modo no ya diferentes culturas, sino universos tan radicalmente opuestos. Mundos en los que a un lado de la valla –les reto a adivinar cuál- todo son garantías, agarres de salva sea la parte con papel de fumar y oenegés babeando a la espera de la foto sensacionalista del guardia echando la bronca al pobre Mohammed, mientras que al otro, los atropellos a los derechos humanos, las amenazas y las coacciones y algunos delitos de lesa humanidad están a la orden del día. Y todo con la deliberada ignorancia de las mencionadas organizaciones teóricamente no gubernamentales. Por algún extraño motivo, no interesa ni vende girar la cámara de vez en cuando ciento ochenta graditos, grado más, grado menos, para dejar constancia de lo que sucede en ese polvoriento pedazo de tierra. Pero de este tema ya charlaré otro día, con más tiempo y más ganas. Las fronteras a las que hoy vengo a referirme no son las físicas, sino las que dividen a una sociedad.

 
Sin abandonar la urbe melillense, es un viernes cualquiera, alrededor de las nueve de la noche. Atravieso la Plaza de España de camino a un restaurante cuando recuerdo que voy justo de dinero. La ciudad no es muy grande, así que no he recorrido ni dos manzanas cuando me doy de bruces con un cajero automático. Sorteo unos andamios colocados estratégicamente en la fachada del edificio que se alza sobre la entidad bancaria y, una vez frente a la maquinita, me dispongo a sacar la cartera de mi bolsillo cuando de pronto noto la acera temblar bajo mis pies. Desconcertado, giro mi cabeza hacia todos lados y hallo la respuesta en el coche que acaba de aparcar a mi espalda. No reconozco la marca, sólo el color naranja chillón de la carrocería y una especie de aleta que recorre casi todo el techo. De su interior emana un humillo con olor a jardín fresco, y cuyas volutas ascienden sacudidas por la música atronadora que sus altavoces escupen. No estoy muy al día, pero es algún tipo de flamenqui-pop-rock-fusión-reggaeton, con una melodía y composición cuidadas hasta el detalle. Entre los cañonazos sonoros de graves y agudos me parece escuchar cómo un tipo con la voz arrastrada menciona algo acerca de azotar lentamente a su perra hasta el amanecer contra una pared, o algo así.
 
Del interior del vehículo salen dos chicas y un chico, que sin apagar el motor ni la música se sientan sobre el capó. Portan dos vasos de plástico, de esos de a litro, y aunque les juro que mi capacidad literaria se queda corta para describir sus atuendos, no quiero que digan que no lo intenté. Allá voy. Ellas, cintufalda de ancho imposible, top negro escotado sujeto con corchetes, botas de pluma y chaleco de flecos color rosa fucsia, una, y verde pistacho, la otra. La cresta oxigenada del chico, los pantalones de pitillo negros y el plumas tipo edredón de un blanco inmaculado, completan la nueva colección otoño-invierno del catálogo de los perfectos canis. El chico mete la mano por la ventanilla y baja el volumen de la música. Sus dedos amarillentos por el tabaco están saturados de anillos de oro comprados al peso con las figuras más variopintas. Mis tímpanos agradecen el regalo en forma de silencio, pero cuando el sonido de su conversación llega a mis oídos empiezo a desear que vuelvan a subir el volumen. Hasta arriba, a ser posible.
Alcanzo a escuchar que el chico se llama “el Isra” y la tipa que tiene abrazada y a la que taladra a intervalos regulares con la lengua hasta la garganta responde por “la Vane”. De la tercera, la que sostiene los cubalitros, no he escuchado su nombre, pero tiene toda la pinta de llamarse Jenny. La conversación gira en torno a la situación laboral de los tres perlas, y está salpicada de pitis, saeh qué te quieoh disí, a la niniah no le vasila nadie y un sonoro “poh me comeh la pepitilla” que, tras un buen trago al cubalitro, la tal Vane suelta, acompañado de una carcajada que deja ver el piercing de su lengua configurando un perfecto tres en raya con los otros dos que rematan sus labios. El Isra afirma convencido que estudiar le raya, que pasa de buscar curro y que todo le suda la hortaliza brasicácea (no todo iba a ponérselo fácil: cúrrenselo un poco y esto último búsquenlo ustedes).
 
Terminado el alto en su camino, el trío resplandor regresa al coche. Al agacharse para entrar, la cintufalda de Jenny resbala hasta límites inconfesables y un “XuLah PoR SueRTe, VaSiLoNaH Ta La MueRTe” me saluda desde el tatuaje de su rabadilla. La música vuelve a sonar a toda pastilla y vuelvo a reconocer sin dudas al tipo de la voz arrastrada, que ya va por darle lo suyo a la misma perra y de paso a su prima, pero esta vez de manera sabrosona y sin anestesia. No acabo de entenderlo muy bien, la verdad. Se alejan por fin, dejándome sólo allí, indefenso ante mi conclusión de que tal vez no toda la sociedad, pero sí una parte significativa de ella, hace ya mucho tiempo que se fue al carajo. Y es que siempre existieron listos y tontos, currantes y vagos, pero nunca hubo tanto refuerzo, tanto aplauso enfervorecido ni tanto reírle la gracia a aquellos que no sólo se revuelcan en su propia ignorancia, sino que además alardean de ello, convencidos –y ahí está lo grave, que el tiempo les da la razón- de que tarde o temprano el Estado, el político de turno o las oenegés de cualquier pelaje se partirán la cara por ellos para evitarles el justo acto de tener que afrontar las consecuencias de sus deliberadas carencias, no ya en historia o en matemáticas, sino en valores o esfuerzo. Allí estarán los pobrecitos, con sus manos extendidas para recibir clemencia, comprensión y de paso subvenciones pagadas ya saben con qué, mientras que a esa mayoría de jóvenes estudiosos y formados, lejos de premiarles por su sacrificio y los años empleados, se les castiga con un pasaje sólo de ida a otros países donde al menos se les garantiza un puesto de trabajo, a cambio, como no, de exigirles en todos los aspectos. Justo lo contrario que en nuestra “VaSiLoNaH SpAnYa”.
 
Hay culpas de sobra para repartir. Desde nuestros legítimos representantes –algunos carentes de cualquier formación que no sea la de arrimarse al sillón de cuero-, pasando por ciertos medios de comunicación –no hace falta mencionar a qué programas culturales está abonado medio país-, y terminando por unos educadores que hace tiempo arrojaron lejos la toalla aunque sólo fuera para que los energúmenos y complacientes papaítos de las criaturas no les agredieran con ella. Pero el resultado será el mismo: un país en el que los preparados se marchan y los incultos y apesebrados se quedan para formar parte de todos los estamentos sociales, donde la cultura, el diálogo y el respeto a otras opiniones que es lo que debe configurar una democracia se sustituyen por la remuneración fácil, la satisfacción por la propia incultura y la intransigente violencia como modo de obtener aquello que se desea. Hay otras fronteras aparte de las que separan países: también las que dividen, injustamente, una sociedad.
 
En fin, ya se han marchado y el silencio ha vuelto a la esquina donde aún me encuentro, y aunque en mis oídos todavía rechina esa pseudo-jerga en la que se comunicaban los chavales, al introducir la tarjeta por la ranura me consuelo pensando que al menos siempre nos quedará ese lenguaje formal y educado que se gastan las entidades bancarias, aunque sólo sea para clavárnosla por la espalda y sin previo aviso. En ello me estoy deleitando cuando, una vez dentro la tarjeta, en la pantalla del cajero automático me da la bienvenida un actualizado, enrollado y corporativo: “OLA K ASE”.

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EL PICOLETO DE NOTRE-DAME

Imaginen la situación. Había llegado tarde y faltaban pocos minutos para que cerraran la catedral de Notre-Dame. El pretendido silencio de su interior era roto por el murmullo políglota del tropel de turistas que la visitábamos cuando, de pronto, como una visión irreal y fugaz, creí distinguir una figura que me resultaba demasiado familiar, moviéndose entre las sombras para terminar desapareciendo por el pasillo que conducía a la Sacristía. Aún sin creer lo que había visto, decidí permanecer allí apostado durante unos minutos, por si acaso aquel tipo volvía a salir. Y así fue.

Cuando estuvo frente a mí lo observé con detenimiento. Era un hombre alto y delgado, con el pelo muy corto y ademanes enérgicos. Vestía el uniforme de gala de la Guardia Civil, galones de alférez, y de su pecho colgaba una insignia que le identificaba como Sacristán General. Le saludé, con mi extrañeza e incredulidad como tarjeta de presentación, a las que correspondió invitándome a pasar a la Sacristía y ofreciéndome un vino dulce alrededor del cual mantuvimos una breve pero interesante conversación. Pero la tarde ya estaba avanzada y ambos teníamos prisa, así que, al despedirnos, mi anfitrión me propuso volver al día siguiente para visitar el templo.
 
Alboreaba la mañana en París cuando volví a Notre-Dame y allí estaba él, esperándome. En un perfecto español, el hombre me iba explicando los detalles del altar donde Napoleón se autoproclamó Emperador; la restauración de la que estaba siendo objeto François, el órgano principal de la catedral, o la composición de las vidrieras que forman los conocidos rosetones multicolores. Pero fue más tarde, recorriendo los mismos aleros y tejados –vedados al resto de turistas- donde Víctor Hugo imaginó el romance entre Quasimodo y la joven gitana Esmeralda, cuando el pasado y la imaginación se aliaron y Stéphane me contó su historia.
 
Cuando era niño, sus vacaciones transcurrían en el norte de España, entre la canícula del verano y su admiración por los guardias civiles que prestaban servicio en el puesto del pequeño pueblo. Años más tarde, como un detalle o un gesto entre camaradas, esos mismos agentes le regalaron su primer uniforme, y así, cuando el que había empezado siendo vigilante de seguridad del legendario templo fue nombrado Sacristán General de Notre-Dame, se aferró a una vieja tradición francesa: la que permite a quienes desempeñan cargos relacionados con la institución religiosa vestir uniformes o condecoraciones militares, comenzando así a lucir con orgullo el benemérito atuendo.
 
Los galones de Alférez Honorario y la Cruz al Mérito de la Guardia Civil llegaron más tarde, auspiciados por los agentes que prestan servicio en la Embajada de España en el país galo, los cuales, superada la sorpresa inicial al toparse con un compañero cuando visitaban el recinto religioso, comprobaban cómo ese hombre contribuía singularmente a difundir la imagen de la Benemérita en el lugar más insospechado, con emotivos detalles como establecer en un lugar preferente un Libro de Condolencias en memoria de los dos agentes asesinados por ETA en el mallorquín puesto de Calvià.
 
Han pasado ya varios meses desde que conocí a Stéphane y en estos días, cuando la catedral de Notre-Dame inunda los medios al celebrar su 850 aniversario, le recuerdo en el lugar donde le vi por última vez, contemplando la ciudad de París. En el alero de una de las torres, tras el tabique que nos separaba de Emmanuel, la gran campana de la catedral y única que se salvó de ser fundida para fabricar cañones en 1791. Ocho siglos como muda testigo de culturas que se enriquecieron o se asesinaron, según conviniera en la época, de guerras y luchas entre hermanos, y de sistemas políticos caídos en pos de una democracia que, como todas, poco o nada tuvo que ver finalmente con aquello que habíamos imaginado. 
 
¿Qué quieren que les diga? Un tipo así representa a la Guardia Civil como nadie. Y es que tenemos suerte de contar con los de verde. Porque, aunque al que suscribe también se le agarra un gato vivo al estómago cuando divisa en lontananza la inconfundible silueta de un guardia civil de Tráfico, a la hora de la verdad también sé quiénes están dispuestos a batirse el cobre por los demás. Que por encima de la legislación vigente, de la normativa de tráfico y del honor como principal divisa, el combustible de los picoletos –y de sus correspondientes cuerpos hermanos y primos- es ese maldito veneno que les inocula la vocación de darlo todo por los demás a cambio de casi nada. Y todo a pesar de tanto gilipollas – alégrense, en eso somos potencia mundial- practicando ese deporte tan de moda que consiste en rajar, vomitando espumarajos, de cualquier cosa que huela a policía, quejándose de represión y falta de derechos mientras lo cuentan en Twitter, en Facebook o en su blog personal. Los mismos a los que, cuando en sus casas los informativos abren con el crimen o la catástrofe de turno, les da un calambre de tanto apretar el culo y bajar la mirada, bien refugiaditos en su escaño o en su sofá de skay, respirando aliviados porque serán esos mismos “represores” los que estarán sobre el terreno jugándose el paño –y en ocasiones la vida-, y no ellos. Los mismos –advierto que lo que sigue no es mío, pero no he encontrado mejores palabras para expresarlo-, que no terminan de enterarse de que los guardias civiles vinieron a este mundo con la sagrada misión de salvarles el culo, pero no a besárselo.