DuquedeLermaRubens

QUÉ POCO HEMOS CAMBIADO

Francisco de Sandoval y Rojas era un tipo bastante insignificante. Poca cosa, para entendernos. Último eslabón de una familia de rancio abolengo endeudada hasta las cejas. Siendo un mozalbete conoció a otro joven de carácter tímido y retraído, solo que con la particularidad de que era hijo de Felipe II. Ya saben, el del imperio en el que nunca se ponía el sol. Total, que se hicieron bastante colegas hasta el punto de que el príncipe heredero le nombró gentilhombre de cámara. Pero ya por aquel entonces no fueron pocos los que intuyeron la excesiva influencia que el tal Francisco ejercía sobre el que habría de ser el futuro monarca, conque recomendaron a Felipe II que hiciera lo posible por alejarlo de la Corte y de paso de su nene. Así pues, fue nombrado Virrey de Valencia y enviado a degustar paellas y fideuá a los pies de las Torres de Serranos. No duró, sin embargo, más de dos años en ese puesto, regresando a Madrid donde, por influencia de su amiguito del alma, ya proclamado rey Felipe III, recibió el título de Duque de Lerma.

De modo que ya instalado cómodamente en la poltrona, lo demás le vino rodado. Nombramientos a dedo —principalmente entre familiares y amiguetes de turno—, manejo sin contemplaciones de ese dinero público que no es de nadie y, como remate de fiesta, el traslado de la corte madrileña a Valladolid, donde el duquesito (en eso estuvo fino, reconozcámoslo) se las apañó para vender unos terrenillos recién adquiridos, ahí es casualidad, por diez veces su valor a la ingente cantidad de cortesanos que se vieron obligados a desplazarse a la ciudad castellana para seguir estando cerca del rey. Vamos, lo que viene siendo la especulación urbanística en versión siglo XVII. Y ahí siguió el artista, gobernando en realidad y en la sombra los designios de aquella lejana España. A tal punto llegaba su poder que influyó decisivamente en dos de las decisiones más controvertidas de la época y que más quebraderos de cabeza trajeron al rey: la tregua de Amberes y la expulsión de los moriscos.

Mientras tanto, la esposa de Felipe III, la reina Margarita, le montaba el correspondiente pollo al regio calzonazos cada noche en la alcoba. Que si no me gustan un pelo tus amistades, que qué le has visto a ese tío, que parece él tu mujer y no yo… Y como quiera que la señora no recibía más que tímidos pretextos de su absorto esposo, se las arregló junto con su confesor fray Luis de Aliaga, entre otros, para que se iniciara una investigación que destapó la red que el Duque de Lerma había tejido a base de corrupción, nepotismo y chanchullos de todo tipo. De modo que cuando este vio cómo sus más cercanos colaboradores empezaban a caer bajo el peso de la justicia —sin ir más lejos su mano derecha, Rodrigo Calderón de Aranda, fue ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid, la del relaxing cup justamente—, movió sus últimas influencias tocando a las puertas de Roma hasta lograr ser nombrado cardenal, lo que le proporcionó la inmunidad religiosa que le libró de rendir cuentas y del áspero roce de la soga del verdugo en su  cuello. Pero el pueblo llano, siempre resignado a la vez que coñón, se divertía tarareando una coplilla que rezaba: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado”.
Esto ha sido, a grandes rasgos, un pedazo de la historia de una España que aconteció hace más de trescientos años. Lo que no quiere decir que forme parte del pasado. Jueguen, si no, a cambiar al Duque de Lerma por cualquiera de los políticos o tipos cercanos a la realeza que trufan el panorama actual abriendo portadas y telediarios por causas de corrupción. Y ya puestos a estirar la cosa, prueben a extrapolar la inmunidad que daba el vestirse de colorado con un puesto, discúlpenme el ripio fácil, en el siempre socorrido Senado.

MEROS INDICIOS: CUANDO LAS HOJAS DEL CALENDARIO CAEN

Sabía que las hojas del calendario acabarían cayendo. Como suelen hacerlo las cosas que duelen. Despacio, sibilinamente, casi regodeándose en el dolor difuso e incomprensible que van dejando las ausencias. Sin más ruido que el quejido de un corazón que siente perder un pedazo a cada despedida. Pedazo que, al pudrirse, al menos abonará el campo de la memoria y el dulce recuerdo; el huerto de los olores y las sensaciones pasadas. Lo grato que anida en la memoria y que me trae imágenes de Almería, de la calle Juan Lirola y la peña Jueves Taurinos, de Velez-Rubio, la familia Placeres, un joven médico en Ciudad Real, una maestra que tocaba la guitarra, un policía bonachón o la matriarca de toda una estirpe alrededor de la cual danzábamos todos.He llegado a esa edad en la que, por fin, he dejado de preguntarme a dónde irán o dónde estarán; si me mirarán con indulgencia o con amonestadora severidad. Ni siquiera si existe ese lugar del que todos hablan y nadie conoce ni comprende. Porque me queda esa sonrisa en forma de recuerdo, de vívido mundo que acude a mí a ratos, inesperadamente, asaltándome para recordarme que nadie podrá quitarme… corrijo, podrá quitarnos nada de lo que vivimos al lado de todos ellos. Que somos porque ellos fueron. Que fueron porque nosotros somos. Y eso me alegra. Con eso me basta.

Sabía que las hojas del calendario acabarían cayendo. Pero no que un día lo harían tan deprisa. Ni tan dolorosamente.

Verjamelilla

FRONTERAS IDÍLICAS

Manolo carraspea por enésima vez. Mal frío el que le entró anoche, durante la última guardia. Bebe a pequeños sorbos el café tibio apoyado en el alféizar de la ventana de su pequeño piso en Melilla. Está situado en la última planta y a lo lejos se divisa la frontera. Sus labios se arrugan en lo que parece una sonrisa descreída, provocada por el recuerdo que las palabras del político de turno que les visitaba le dirigió a él y al resto de su sección de la Guardia Civil hace bien poco.

– Hagan lo necesario, pero que no entren.

– Vale -se había atrevido a decir. La cara del capitán era todo un poema-. ¿Y si aun así saltan e intentan arrollarnos?

– Usted sabrá lo que hace, para eso es el profesional. Actúe en consecuencia.

En consecuencia, se repite apurando los posos amargos del vasito de cristal. Lo que, traducido, significa que allá se las compongan cuando noten la sombra del marrón encima. Que apechuguen como puedan el envite de desesperados que no conocen ni a Alá ni a su madre, que después, sin haber dado tiempo a que se caigan las costras de las heridas que suelen producirles y que no salen jamás en los medios, ya les pondrán a parir según convenga.

Claro que la inmigración es un problema, piensa. Como cualquier otra cosa sobre la que se pierde el control. Si todos partiéramos de esa premisa, otro gallo nos cantaría. Pero siempre hay gente a la que le pone apropiarse de la causa del negrito de turno cuyos problemas parecen surgir espontáneamente al llegar a tierras españolas. Que su miseria y desesperación tengan su origen en países donde la democracia es un chiste, a esos tontos del bote se la trae al pairo, principalmente porque no tienen huevos ni de chistarles. La cosa es que, una vez a las puertas de Europa, la marea de inmigrantes es moldeada según intereses electorales, subvencionados o de cualquier otra abyecta índole. Lo de intentar hacer creer a la sociedad que seguimos viviendo en un imaginario mundo franquista, con olor a naftalina y en blanco y negro ya es un añadido. Y es que hasta Manolo comprende que debe de ser difícil contener la erección o su equivalente humedad aplaudidora cuando se tiene entre manos la jugosa fabulación de que unos pobres inocentes intentaron alcanzar el Edén hasta que fueron masacrados por unos tipos de uniforme malvados y crueles. Si de fondo ya suena “Al Alba”, de Aute, el orgasmo está asegurado.

Lo llevamos en la cultura, en la sangre y hasta en las células muertas de la piel que se nos caen al paso: siempre fuimos un país de torear desde la barrera y de marcar goles apoltronados en la seguridad del sofá. Con las ideas tan claras que de 45 millones de seleccionadores nacionales de fútbol hemos pasado a una cantidad análoga de expertos en fronteras y manejo de masas descontroladas. Con dos cojones. Los mismos que hay que tener cuadrados para tratar de dar lecciones de sufrimiento humano, de olor a sangre y de la tragedia en vida a quienes llevan más de cien años perdiendo la suya en el intento de salvar las de otros.

El guardia Manolo echa un vistazo a la valla por última vez. Allí están. Venteando la tierra prometida. Organizándose para intentar otro asalto masivo, solo que esta vez son cientos, tal vez miles. Es lógico: cuanto más les atan las manos a la espalda a los beneméritos, más se frotan las suyas las mafias. Negocio seguro. Luego mira el interior del vaso vacío y tose despacio, fantaseando con la idea de que, ante el próximo intento, una sección de comisarios europeos avanzara en columna de dos, con decisión y arrojo, dispuestos a enseñar al mundo la forma correcta de proceder según unos protocolos que se niegan a legislar; cubriendo los flancos y la retaguardia pelotones de políticos españoles en la oposición -cuando gobiernan es otra cosa; siempre es otra cosa-, repeliendo la invasión con depuradas técnicas de diálogo y, en caso de no funcionar estas, de besos aplicados y palmadas en la espalda combinadas con ingeniosos comentarios sobre lo bien que se viaja a Bruselas en Business Class. Sería la leche, concluye, recibir lecciones de fútbol de auténticos expertos en tirar balones fuera.

ANATOMÍA DE UNA NOVELA: HADAS CON TACONES AFILADOS

Dos años y medio, cuatrocientos cincuenta folios y un título: Hadas con tacones afilados. Ese es el honrado balance de un proyecto que, con mayor o menor fortuna, por fin he finalizado. Un periodo de tiempo significativo durante el cual la inspiración no ha sido más que una esquiva brisa a la sombra de la disciplina que supone levantarse todos los días para sentarse en el despacho, posar las manos en el teclado y escribir con independencia de las ganas, de los deseos e incluso del tiempo que hiciera allá afuera.

Reconozco que junto al cansancio por lo acabado reposa cierta tristeza. Han sido más de dos años conviviendo con personajes que conocieron mi nombre solo porque yo imaginé que lo hacían. Sintiendo cómo me observaban desde el cobijo de sus penumbras, frente a mi escritorio, mientras me impelían a escribir las palabras precisas que habrían de salir de sus bocas. Pero tras veinticuatro meses de dura travesía en la que se mezclaron desesperantes tormentas con momentos de relativa calma, ahora, con los brazos apoyados sobre la amura de estribor, empiezo a sentir esa brisa dulce y aliviadora que presagia que pronto podré abandonar una nave cuyos rincones he recorrido miles de veces hasta la extenuación. Créanme que estoy deseando volver a notar el suelo bajo mis pies, inspirar profundamente y poner fin a mi voluntaria ausencia yendo en busca de buenos amigos para saldar viejas deudas, de esas que solo se pagan con una buena botella de vino. Pero antes de que eso suceda y me aleje para siempre de este puerto, sé que no podré evitar volver la cabeza por última vez atrás y contemplar, sobre el muelle y solitario, al protagonista de la novela, el Inspector Silvio Tanco. Supongo que entonces me acercaré, nos miraremos a los ojos y nos daremos la mano antes de que cada cual se marche por su lado. Él, atrapado en su jaula de cientos de folios, donde vivirá tantas vidas como ojos se presten a leerle. Yo, dispuesto a afrontar la próxima batalla literaria con la exigua munición de un cuaderno repleto de anotaciones bajo mi brazo.

Después, al final, quedará la pregunta que más he escuchado durante las últimas semanas: “¿Y ahora qué?”. La respuesta es fácil: toca dejar que ciertas personas tan sinceras como desinteresadas que se han ofrecido a leer la novela la escudriñen con ojos inmisericordes para localizar los errores que forzosamente siempre pasan desapercibidos para el cansado padre de la criatura. Lo demás, lo ulterior, no me preocupa. No al menos por ahora. Seamos sinceros: sería impensable pretender que la primera novela de uno tenga la calidad suficiente. Existen bastantes formas de escribir una historia, pero muchas más de cometer fallos en ese intento. Por eso me gusta tanto repetir aquella frase de Antonio Muñoz Molina de que uno no se cura de un libro corrigiéndolo sino escribiendo otro. Y conste que esto no es ponerme el parche antes de la herida, sino el realismo de entender que por la constancia y la ilusión de un escritor también han de sangrar, forzosamente, sus desaciertos.

IMG_3855

POR LA PUERTA DE ATRÁS

En días como este me pregunto si merece la pena tener perro. Ya lo he expresado de un modo u otro en anteriores artículos pero al final, seamos realistas, las palabras no consuelan de esta triste sensación que me invade. Son ya casi doce años y los achaques han dicho “hola muy buenas”. Nadie lo diría por su aspecto, pero Yelko empieza a perder salud y facultades, como cualquier abuelo que ya acumula demasiados kilómetros en la mochila. Tendrían que verlo: es hermoso, grande y de rostro sereno. Con ese punto cabrón que todos los cocker spaniel color canela exhiben cuando les pisan un terreno que consideran propio. Para eso es muy suyo. Tan suyo como que apenas había cumplido un año de edad cuando ya era carne de matadero. Pertenecía a una señora mayor que vivía en una gran finca, rodeada de perros de los cuales no quedaba uno que no se hubiera enzarzado con él por un quítame allá esas pajas y la inyección empezaba a ser una alternativa a las facturas veterinarias que se acumulaban. Hasta que un día, por casualidad, los ojos negros del camorrista se cruzaron con los bellísimos azules de la mujer con la que comparto mi vida y a partir de ahí comenzaron juntos una aventura a la que años después tuve la suerte de unirme.

Iba a escribir que Yelko trabajó durante diez años para, pero he comprendido que la preposición correcta era en la Policía. A decir verdad, para quienes ha currado durante esa larga década ha sido para todos nosotros. Para tantas madres que no sufrieron la pérdida del hijo amado por sobredosis de heroína o jóvenes que no habrán de soportar un mal viaje por cocaína adulterada. Dramas ciudadanos derivados de unas drogas que su fino olfato detectó a tiempo en incontables madrugadas sin una sola queja, sin exigir vacaciones ni días moscosos y siempre bajo la atenta mirada de los hermosos ojos de una profesional que hoy destilan un brillo amargo y desencantado por su precipitada despedida.

Porque Yelko se ha jubilado aunque él no lo sabe. No hubo reloj, ni placa, ni siquiera una palmada en el lomo para agradecerle los servicios prestados. Mantenerle lo que le quede de vida en unas dignas condiciones suponía un tratamiento caro, así que tras los pertinentes informes veterinarios el adiós de la administración se materializó en una llamada telefónica con forma de voz burocrática negándole cualquier asistencia y ofreciendo, a modo de limosna, lo que se atrevieron a calificar como “eutanasia humanitaria”. Ahí tienen su recompensa.

En ese aspecto otros países nos llevan la palma. Reconocen que un perro que ha dado toda su vida por el bien de la sociedad detectando drogas, explosivos o moribundos en una catástrofe es un compañero más. Un tipo al que, además de homenajes y solemnidades, se le debe un mínimo de lealtad. Porque saben como nadie que respetándole en realidad se respetan a sí mismos como policías y como personas. Aquí en cambio parecemos empeñados en reducirlos a una mera utilidad que cuando deja de cumplir su función es desechada sin más, obviando su pasado, su dignidad y, lo que ya es difícil, créanme, su mirada.

De cualquier manera hoy ya es un gruñón retirado que comparte mis rutinas literarias bajo la mesa del despacho, enredado entre mis piernas. Pero hay ciertos días en los que de pronto alza la cabeza sin motivo aparente y se queda muy quieto, expectante, venteando la mezcolanza de olores que desde el patio de luces penetran por la ventana mientras sus ojos oscuros se pierden en la lejanía de la pared, como si aguardara el instante en el que su guía le hará una señal para comenzar el rastreo. Algo que nunca volverá a suceder. Intento calmarle acariciando su frondoso manto de pelo y se vuelve a mirarme con esa mezcla de dulce desconcierto. Y es entonces cuando comprendo por qué ha merecido la pena tenerlo. Porque el día que exhale su último suspiro serán nuestras manos las últimas que sienta y el amor de nuestros ojos lo último que vea, sin la miserable complicidad de una administración que se apresura a eliminarlos al mínimo contratiempo. Porque la corta biología de los perros nos obliga a un cursillo acelerado de vida: el flechazo de la primera mirada, la cría del cachorro, el peso de una responsabilidad cotidiana plagada de buenos y malos momentos y, por fin, la inevitable despedida. Una existencia condensada en una sola de nuestras décadas, a través de la cual nos acompañan para ayudarnos a sobrellevar y hasta a redimirnos de nuestras miserias humanas, propias y ajenas. Porque haciendo ese pacto sagrado con ellos nos concedemos la oportunidad de ser -justo al contrario de lo que les pasa a quienes se empeñan en darles la espalda- un poco menos hijos de puta.

INGLISH PITINGLISH

Tras las vacaciones, quinientos kilómetros de autovía dan para muchas horas de radio. De regreso a Valencia voy escuchando una de esas tertulias matutinas y el tema del día es, agárrense, cuántos idiomas hablamos los españoles. Craso error. La pregunta correcta sería si el españolito medio habla o no algún otro idioma que no sea el propio. Idioma extranjero, puntualicemos. O sea, útil traspasadas nuestras fronteras, para evitar falacias de presuntos políglotas formados en villorrios vascos o masías del Alto Ampurdán. Y como era de esperar, la estadística es estrepitosa. Nadie de los contertulios farfulla medianamente el inglés ni ninguna otra lengua. Lo peor es que se jactan de ello. “Si yo voy a un restaurante en Francia y el camarero no me entiende, es su problema”, afirma uno. Por supuesto, me digo imaginando a este señor aquejado de fuertes dolores en un hospital alemán sin poder explicarle los síntomas a los médicos en un básico inglés o contemplando un accidente en una carretera de Suecia, incapaz de indicarle al operador de emergencias el punto kilométrico donde una familia sigue atrapada entre hierros ardiendo. No sé de quién será el problema pero suyo, desde luego, no. Faltaría más.

Que gente de cierta edad desconozca lo más básico del inglés se explica a la perfección por nuestra mediocridad educativa. Como el flamenco o la paella, forma parte de nuestro acervo patrio. Otra cosa son las nuevas generaciones, inmersas en un mundo de coaches, community managers, tablets, muffins, smartphones y lejía Vanish Oxi Action, incapaces, sin embargo, de hilar una oración simple en ese idioma sin ruborizarse. Pero no me extraña. En general, el inglés que estudiamos aquí es malo, excesivamente academicista. Veinte años memorizando aquello de “Hello! How are you?” para que a la primera de Erasmus te quedes paralizado cuando ese finlandés tan simpático te saluda con un coloquial “What´s up, man?” -de ahí viene el jueguecito de palabras del dichoso Whatsapp-. Y es que tan proverbial como nuestra incultura lingüística lo es nuestra timidez para soltarnos una vez aprendidos sus rudimentos. Mucha teoría y poca práctica. Algo así como leerse todo lo escrito sobre sexología sin haber besado jamás los labios de otra persona. Las expresiones coloquiales, modismos e incluso vulgarismos que componen cualquier lengua están ahí, en la calle, en lo cotidiano, más allá de los libros. Por esa misma razón muchos portugueses, en cuyo país apenas existe el doblaje -arte tan admirable como meritorio por otro lado- y que maman la lengua anglosajona desde sus primeros dibujos animados, suelen expresarse con mayor soltura en inglés que en español. Porque saben inglés. No solo lo han estudiado. Lo mismo que les va a ocurrir a los miles de paisanos que se han visto obligados a emigrar -malditas sus ganas- a otros países para buscarse el sustento. Sin ser conscientes de ello, van a adquirir un tesoro incalculable que les diferenciará con mucho de su propia generación y les permitirá mejorar a las siguientes: un nivel de idiomas real como ninguno de sus conciudadanos soñó jamás.

Hablamos una lengua maravillosa, honrada y compartida por más de quinientos millones de personas, de cuyas fuentes se han nutrido las más bellas páginas de la literatura universal. Y conste que soy el primero que cuando un turista me aborda preguntándome una dirección directamente en inglés, tras facilitársela, le hago siempre la amable observación de que cuando se visita un país como el nuestro lo mínimo que se ha de hacer es esforzarse por aprender algunas palabras de nuestro bello idioma. Pero nos guste o no, la lengua vehicular de mundos tan diversos como el universitario, el empresarial, el de la comunicación o el de la seguridad es el inglés. Hasta en política. Pregúntenles si no a Hollande o a Merkel si a la hora de llegar a acuerdos se hacen los mismos comentarios en confianza directamente al Presidente del Gobierno que a su intérprete.

Termina la tertulia y algunos de los oyentes que intervienen acaban por confirmar lo que estoy contando: la necesidad de ser respetados en el extranjero empieza por la capacidad de ser capaces de comunicarnos. Alejados de la mediocre complacencia que siempre nos caracterizó en esta y en otras cuestiones y tan en la línea de aquel viejo chiste que nos retrata a la perfección. Ese en el que dos españoles pueblerinos se topaban con un extranjero que se esforzaba por preguntarles algo en inglés sin que estos entendieran ni una sola palabra. Ante su inútil empeño, y una vez que se alejaba decepcionado, uno de nuestros paisanos se quedaba pensativo mientras comentaba:

– Qué gran cosa es saber idiomas, ¿eh?

– Ya ves tú -bufaba el otro-. Para lo que le ha servido a ese…

Ernest_Hemingway

LOS GRILLOS Y HEMINGWAY

Me lo imagino a media tarde, el aire cálido, pendiente de los últimos coletazos de luz vespertina. Haciendo un alto en el teclear de la máquina de escribir mientras dos dedos de su mano izquierda se pasean por una antigua cicatriz en la pierna. Sus labios se tuercen en un gesto de dolor que al instante abre paso a una resignada sonrisa. Vuelve a revivir el momento exacto del golpe contra el suelo, tras la cornada; de la voltereta en el aire no guarda ningún recuerdo. Los nervios o el vino, quién sabe. El caso es que esa indeleble marca en su piel y en su memoria es el punto de partida para describir al personaje que hace días bosquejó en su cabeza. Un tipo joven, bebedor, norteado, apasionado de los encierros que visita por vez primera Pamplona. Toma otro trago de aguardiente y vuelve a posar sus gruesos dedos sobre las teclas. Los mira. Tiene las uñas sucias. Nada que no arregle una buena ducha. Pero eso será más tarde, al anochecer. Comienza a teclear de nuevo. Diez o doce pulsaciones y pausa. Así una tentativa tras otra, fiel a su estilo telegráfico, duro, directo, sin proposiciones subordinadas ni giros argumentales que heredó de su profesión periodística y que tantas críticas negativas le ha procurado por parte de sus contemporáneos. Que soy un mal escritor, dicen, murmura chasqueando los labios.

Vuelve a detenerse y presiona la cicatriz, esta vez un poco más fuerte. Otro rictus, otra sonrisa, y vuelta a escribir. Sabe que no posee la portentosa imaginación que otros escritores de su tiempo dominan, y a quienes basta para inventar mundos e historias legendarios sin necesidad de alejarse ni un solo metro de sus escritorios. Recuerdo entonces una fotografía suya en blanco negro, encarando un objetivo desconocido con una escopeta de doble cañón, muy parecida a la que usó para quitarse la vida al amanecer del 2 de julio de 1961, y en la que se aprecia un detalle que para muchos suele pasar desapercibido: tiene ambos ojos abiertos, un gesto propio de alguien diestro en el manejo de armas, del cazador experto que sabe lo que se hace. Por eso solo escribe sobre lo que ha vivido. No le faltan experiencias: conductor de ambulancias en la Primera Guerra Mundial, periodista destacado en nuestra Guerra Civil o apasionado protagonista de encierros y capeas en su querida España. Todas ellas recuerda y todas ellas se palpa cuando dibuja con palabras la preocupación que ante su más que probable muerte siente Robert Jordan en “Por quién doblan las campanas” o la ciega rebeldía ante la derrota de Santiago, el anciano pescador de “El viejo y el mar”, novela corta que le valió el Premio Pulitzer en 1953.

Posa la mirada sobre el vaso de cristal de la mesa, considerando tomar otro trago. El aguardiente ya no proyecta reflejos color ámbar sobre la madera, lo que significa que el sol terminó de ocultarse. Por hoy ya es suficiente. Se levanta trabajosamente de la silla y sus fuertes manos aferran la máquina de escribir para llevarla adentro. Pero antes de desaparecer por la puerta vuelve su cabeza un instante, atraído por el canto de los grillos. No sabe por qué pero al escucharlos no puede evitar pensar en la muerte. Esa que siente tan cerca, temida y consoladora a la vez, y que le viene rondando desde su infancia. Su último vistazo a la campiña nocturna le hace recordar las palabras de John Donne: “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas porque están doblando por ti”.

Tengo treinta y cinco años, decenas de miles de palabras escritas y amigos, más que lectores. No es un mal promedio. Son esos amigos precisamente los que se atreven, se dignan o se arriesgan a leerme, y cuando eso sucede, sus críticas se instalan en mi cabeza como el chirrido de un grillo machacón que me alerta de faltas u olvidos tan involuntarios como imperdonables. Solo así se explica que estas palabras sobre Ernest Hemingway lleguen tan tarde, alejados irremisiblemente en el tiempo sus amados sanfermines, y que sobre mi conciencia literaria caigan los ojos torvos cargados de dura melancolía de quien, tal y como confesó a Ava Gadner, se pasó la vida matando animales para evitar matarse a sí mismo, aunque al final no lo consiguiera. Como sospecho que tal vez jamás conseguiré ser tan mal escritor como él.

CON INDEPENDENCIA DE MIS MANÍAS

Puede que yo sea un maniático pero con ciertas cosas pasa como cuando intentas escribir y de pronto te das cuenta de que hay algo fuera de lugar en el despacho. Un lapicero movido, un libro rompiendo la formación en la estantería,… detalles que provocan una mirada insistente hacia el foco del desbarajuste y que impiden la concentración sobre el folio que iba llenándose de palabras. Justamente eso es lo que ocurre con la actualidad. Hay días en que se cuela a mi lado y me mete el dedo en el ojo de modo que entonces comprendo lo que Fito proclama en una de sus canciones: no siempre lo urgente es lo importante. Esta es una de esas mañanas en que a mi presión arterial, a mi hígado y hasta a mi conciencia les compensa mucho más escupir la bilis que avanzar en un capítulo.

Lo estoy viendo en la confortable tranquilidad de su casa, o de su oficina. Notando cómo el sudor enervado iba calando bajo las mangas cortas de su camisa de marca, enfriándose al contacto con el aire de sus brazos alzados sobre el teclado. Clac, clac. Tecleando letra tras letra, palabra a palabra. “Catalanes de mierda”, escribió el colega. Tan seguro de lo imprescindible de su cargo como Director Adjunto del Alto Comisionado del Gobierno para la Marca España -ahí es nada; imaginen ahora la cantidad de subdirectores, secretarios, subsecretarios y allegados varios que poblarán el cortijo- que no reparó en que en España no se puede ser ni sincero ni mucho menos valiente. Intro. O Enter, o al carajo, qué se yo. La cosa es que el exabrupto tuitero ahí quedó, como un cebo calentito y sangriento esperando a que la legión de alimañas que pueblan el mundo de la corrección política acudieran ansiosas a morderlo, felicitándose por haber descubierto a alguien más -la lista es interminable- cuya publicitada mediocridad había logrado hacer pasar inadvertida la suya propia.
Lo que vino a continuación ya lo saben. Ojos en blanco, golpes de pecho y victimismo oportunista. Carpetazo al asunto, cese del susodicho -no se preocupen, será por directores adjuntos del Alto Comisionado del Gobierno para la Marca España…- y aquí paz y después nacionalismo. Ni una palabra, ni un comentario, ni un solo posicionamiento cabal y sereno de nuestros gobernantes para cuestionar a quienes aprovechan cada ocasión para faltar al respeto y burlarse de símbolos que representan a millones de personas, catalanes incluidos. Ni una advertencia destinada a aquellos que sistemáticamente alteran el orden público y provocan la indignación del resto de participantes, contribuyendo a que el odio y la brecha vayan aumentando día tras día sin razón lógica alguna. En esta ocasión, incluso los deportistas, tan habitualmente tibios y equidistantes ellos, han manifestado públicamente su monumental cabreo por la pitada al Himno Nacional. Y eso ya significa algo. Significa que cada vez más gente se está dando cuenta de que los pueblos son lo que son porque poseen identidad, no por querer aplastar la de los demás. Significa que tal vez en algún rinconcito de un despacho enmoquetado alguien se está planteando así, por lo bajini y disimuladamente, no volver a celebrar ningún otro evento nacional en esa comunidad autónoma. No ofrendarles más los puestos de trabajo que proporciona la organización de los actos, ni la pasta que los turistas y visitantes se dejan para acudir a un lugar donde se sienten despreciados por una panda de mentecatos que han hecho de la queja, del lloriqueo, de la acusación infundada y de la invención de un conflicto sus principales señas de identidad. Y todo con la connivencia de insoportables palmeros como la tal Carme Chacón, que ahora va exigiendo disculpas por Twitter en nombre de la “plural sociedad catalana”. La pitada no la critica, y tampoco se las exigió en su día al inefable Rubianes cuando lo de “Puta España” en pos, precisamente, de esa misma pluralidad que argumenta. Claro que así le va. Pero ya empiezo a desvariar. Esperar sabiduría e imparcialidad de quienes viven justo de lo contrario me hace recordar que ya es hora de volver a refugiarme en mi novela.

catedraldeibizacate01

ANATOMÍA DE UNA NOVELA: LA AMBIENTACIÓN (HISTORIA DE UNA IGLESIA).

La vida nos impone desafíos. En la novela los planteamos nosotros.

Sólo la oscuridad contempla a Silvio y a Hugo dentro de la iglesia. A esas alturas del capítulo y de la trama ya debe estar claro el motivo por el que se encuentran allí durante una madrugada de primeros de abril, reducidos ahora a un par de sombras furtivas cuya única aspiración es la de no ser vistos ni oídos. Avanzan por separado, a distancia, pegados a la pared, notando cómo la arenilla del suelo rueda bajo las suelas de sus zapatos y rogando en lo más hondo de su ser que termine de extinguirse el delator y lastimero chirrido que emite la oxidada cancela de hierro de una de las capillas laterales al abrirla.

Ahora debo corregir lo que he dicho: no sólo la oscuridad les observa. Todo lector que sostenga entre sus manos el libro vive en ese momento refugiado dentro de esa misma negritud. Por eso, al igual que ocurre con los dos personajes, hay que ofrecerle un itinerario en la penumbra para que pueda recorrerlo con ellos, para que dude también sobre si debe girar a la izquierda o a la derecha y termine por hacer suya la inquietud que supone aceptar las consecuencias de la decisión que finalmente tomen. Ese es el desafío. Y un elemento fundamental para alcanzarlo es crear el ambiente adecuado, tarea que, entre otras cosas, se basa en una buena documentación.

Todo cuanto sucede lo hace siempre dentro de un contexto. Pero a diferencia de la vida, en la que prestar atención o no al ambiente que nos rodea suele ser un acto más o menos aleatorio, en una novela este hecho puede manejarse a voluntad. A lo largo de cada página, lo que el lector sabe es porque el escritor quiere contárselo. Eso implica dos cuestiones: que nada puede darse por sabido y que, al mismo tiempo, podemos destacar o disimular lo mismo sucesos importantes que nimios detalles según nos convenga. El misterio de la literatura llegará luego, cuando el lector interprete a su manera la historia que quisimos contarle.

Octubre de 2012. Estoy escribiendo la escena de la iglesia y necesito estar en ella y experimentar lo que se siente antes de que lo hagan Silvio y Hugo. Valencia, como tantas otras ciudades españolas, está plagada de templos cristianos, por lo que en un principio no debería costarme un gran esfuerzo dar con la adecuada. Consultado en el ordenador me decanto inicialmente por dos. La iglesia de Santa María del Mar y la de San Martín. Aunque muy diferentes entre sí, su aspecto interior es el que más encaja en la idea que ronda en mi cabeza para esa parte del capítulo. A pesar del otoño, la tarde se presenta calurosa. Cojo la mochila, la cámara de fotos y los cuadernos y me dirijo a la ciudad para poder estudiarlas con más detalle.

Una vez que he llegado hasta la parte final de la avenida del Puerto me encuentro con que la iglesia de Santa María del Mar está cerrada. Una lástima. Sin ser de gran tamaño, su avejentada fisonomía y la portada tardobarroca se parecen bastante a la imagen que me había formado para escribirla escena. Pero no hay nada más que hacer allí, al menos por hoy. Me traslado, pues, hasta la otra punta de la ciudad, en pleno casco histórico, y me adentro en el templo de San Martín. El interior es fascinante. Lo conocía por fotografías que había estudiado con anterioridad, pero ahora que estoy sentado en uno de los últimos bancos y puedo contemplar en silencio la nave central con las capillas laterales intento desalojar en mi imaginación a los escasos feligreses que a estas horas pululan por el lugar y entonces me parece experimentar en propia piel la desazón que habrán de sentir más tarde -mucho más tarde- Silvio y Hugo cuando vivan en su propia piel todo cuanto ha de acontecer allí.

Sin embargo, aunque me gusta el aspecto interior de la iglesia, lamentablemente no ocurre lo mismo con el exterior. No es así como aparece en mi cabeza. No puede ser así como se presente en la novela. Por diferentes motivos, ha de ser un templo alejado en la distancia y en el recuerdo, olvidado tanto por los feligreses como por los eclesiásticos encargados de su mantenimiento. Resulta imprescindible buscar otra apariencia al contenido que acabo de descubrir. Y parecía fácil escribir sobre una iglesia…

Es noche cerrada cuando vuelvo a casa. Entre la escritura de la mañana y la caminata vespertina considero que por hoy es suficiente. Concluyo resignado que me espera otra de esas noches de sueño inquieto. Suele sucederme cuando he de escribir al día siguiente y la escena aún no está preparada en mi cabeza. Todo ha de encajar: los personajes, los gestos, la acción… De no ser así, el proceso narrativo se vuelve mucho más incierto, y aunque al final siempre sale algo, la antesala de ese logro resulta particularmente insufrible.

Al día siguiente inicio la búsqueda de nuevo en internet. Fruto de mi insistencia y también de la casualidad encuentro esta interesante página http://www.jdiezarnal.com/, en la que su autor desgrana las características arquitectónicas de los principales monumentos religiosos de toda España. Al cabo de un rato encuentro la imagen perfecta.

Corresponde a la Catedral de Ibiza, que yo en la novela he rebautizado como la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Su emplazamiento está bastante aislado, al menos desde esa vertiente, debido -como tantos otros templos de la isla Pitiusa- a su origen como basílica defensiva, y su aspecto resulta desangelado. Es así como habrán de contemplarla los dos personajes cuando se aproximen a ella entre las sombras de la noche.

Ahora que mi mente y mis cuadernos están saturados de anotaciones toca la parte más difícil y a la vez más hermosa: escribir. Y es ahora también cuando hay que tener presente una premisa fundamental: documentarse ha de regirse siempre por ciertos límites. De lo contrario, corremos el riesgo de introducir con calzador tal profusión de datos que el lector olvide que está leyendo una novela y acabe creyendo que lo hace sobre un manual de bellas artes o de arquitectura. Una vez hallado ese equilibrio y permitidas ciertas licencias literarias -la iglesia de la novela es, en realidad, la conjunción de dos templos distintos, he reducido el número de capillas laterales para adaptarlas a la acción, cambiado el nombre de un santo e inventado un deterioro inexistente en los frescos de la bóveda, por poner sólo algunos ejemplos- será cuando, si logro el objetivo, de los pedazos de todas esas realidades que acabo de mencionar se habrá creado otra realidad bien distinta, pero tan cierta para el lector como ya lo es para mí. Porque, al fin y al cabo, como escribió Juan Carlos Onetti, ¿qué es la literatura sino mentir bien la verdad?

SOLO UN MERCENARIO

Todo cazador suele serlo por parte de padre. No conozco ningún aficionado a la actividad cinegética que haya llegado a ella de manera espontánea. El gusto por la exploración, la paciencia para el rastreo y la persistencia en la búsqueda, amén de tener que venir de serie, se asientan definitivamente a base de contemplar durante interminables horas cómo el progenitor los aplica con el cotidiano empeño del que no sabe respirar sin vivir esa afición.

A mi memoria acuden recuerdos infantiles de las ocasiones en las que mi padre entraba en mi habitación, bañados sus ojos azules en la mezcla de alegría y codicia, sus labios finos arrugándose para formar un amago de sonrisa y sus manos blancas cediendo a las mías la pieza cobrada, inerme y carente de vida. Yo me limitaba a observarla, sin comprender muy bien el desaforado interés que mi padre sentía por aquellas cosas que a mí me resultaban tan indiferentes. Hasta que un día sucedió.

Una de aquellas piezas cobró de repente vida en mis propias manos. Sorprendido, corrí a refugiarme en un rincón y permanecí allí largo rato, devolviéndole la mirada mientras acariciaba delicadamente su lomo con mis dedos. Entonces descubrí que los ejemplares que mi padre se empeñaba en mostrarme siempre habían estado vivos. Así que desde ese día, aprovechando los ratos en que me quedaba solo, me dediqué a visitar a hurtadillas el mueble del salón donde los había ido colocando una vez preparados, para contemplarlos con detenimiento. Casi todos eran viejos. Algunos estaban sucios y harapientos, dispuestos en lo que a mí se me antojaba una anárquica formación. Yo caminaba de un extremo a otro de las estanterías, como si pasara revista, escrutándoles uno a uno, sin adivinar lo que sus hoscas apariencias ocultaban. Luego tocaba uno, lo tomaba y volvía a mi habitación, donde me abandonaba a su estudio. Unos me procuraban momentos de entusiasmo y diversión; otros, en cambio, me infundían un desasosiego cuyo poso tardaba horas, a veces días, en diluirse. Pero al fin y al cabo daba igual que gastara mi tiempo en compañía de Dumas, Twain, Delibes, Vargas Llosa o Kafka, la cuestión es que al fin entendí la viveza que se escondía en aquellos libros cuya búsqueda demandaba tantas horas de la vida de mi padre. Así fue como yo también me convertí en cazador.

A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de visitar innumerables lugares, llevado por el trabajo o por el simple gusto de hacerlo, y en ninguno he dejado de practicar la costumbre de agarrar mi mochila y lanzarme a recorrer callejuelas buscando librerías antiguas donde satisfacer la necesidad de hallar ese tesoro ansiado o esa edición en particular, enfrentándome siempre a la deliciosa incertidumbre de si hallaré lo que quiero o no. Bien es cierto que cada vez existen menos guaridas literarias dirigidas por libreros vocacionales que, tras atenderte y responder con paciencia a tus preguntas, te acompañan en la batida por sus dominios con la mirada alejada y respetuosa del que conoce su oficio y sabe que a partir de ahí el sufrimiento y el éxito son coto particular del ojeador. Esos lugares me resultan encantadoramente silenciosos, donde los cargamentos de papel y tinta conviven ordenados según el peculiar pero al mismo tiempo lógico criterio de sus dueños. Lugares donde se intuye que el libro que buscas aguarda escondido, esperando a que la sagacidad y la paciencia sean capaces de derrotarle. Recuerdo incluso una librería con su correspondiente gato descansando sobre una pila de viejos ejemplares del sistema educativo del siglo XIX. Pero desgraciadamente también me las he topado regentadas por simples mercaderes carentes de cultura y de interés por lo que custodian, y que se limitan a darte una tarjeta con la dirección de alguna página web escrita, con la esperanza de que encuentres allí lo que buscas y de paso les dejes en paz.

Pero eso no me desanima, al contrario. Un buen cazador de libros ha de ser ducho en todas las disciplinas. Debe saber rastrear entre signaturas y claves, bucear entre el polvo que cubre las letras olvidadas y, por qué no, saber batirse con otros tramperos a costa de la presa ansiada. Todo ello para experimentar la satisfacción del éxito cuando el libro capturado ya descansa en el interior de la mochila antes de despertar y transportar a su nuevo dueño a la particular visión de la realidad o la fantasía que el autor quiso recrear cuando lo escribió.

Después de todo lo dicho, puede que algunos se pregunten a qué viene el título de este artículo. Es fácil: el encanto de ser mercenario no obedece sino a que desde hace algún tiempo me dedico a regalar esa misma satisfacción a mi padre, a quien ya empiezan a sobrarle los años para viajar y no desaprovecha la ocasión de encargarme la búsqueda de algún libro antiguo que le gustaba especialmente o que, por contra, jamás tuvo la oportunidad de leer. Los dos últimos fueron “Sugerencias”, del jesuita Gar-Mar, el cual conseguí después de nueve meses y dieciséis librerías, y el “Diccionario Etimológico Latino-Español” de Raimundo de Miguel, en una edición de principios del siglo XX muy bien conservada. Y si, pese a todo, todavía hay quienes, consultando la segunda acepción del término “mercenario” en el Diccionario de la Real Academia, sigan sin entender por qué habría yo de encajar en la definición de un hombre “que percibe una paga por sus servicios”, les pido que piensen por un momento en la imagen de un anciano de ochenta y cuatro inviernos cuyas manos moteadas por los años y la experiencia reciben, agradecidas, el libro largamente deseado para retirarse al mismo rincón y sentarse en la misma butaca que le he visto ocupar desde que mis ojos se abrieron a la vida, deleitándose durante horas con ese mismo amago de sonrisa que la pasión por la literatura procura. Y ahora calculen si no es esa la mejor recompensa.