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GATITOS Y BOLARDOS

El diablo me susurró: “No sobrevivirás a la tormenta”.
Entonces le susurré al diablo: “La tormenta soy yo”.

 

Dejémonos de rollos y reconozcamos nuestro miedo. Y digo reconocerlo, porque está claro que lo tenemos. Solo un imbécil no lo sentiría. La mera expectativa de ser los siguientes en correr despavoridos para no morir atropellados, degollados o bajo fuego terrorista nos atenaza, y ningún eslogan de sobrecillo de azúcar —ya saben, Je suis France, No tenemos miedo y demás zarandajas tan eficaces para consolarnos como inútiles para protegernos— va a evaporar esa desazón. No me entiendan mal, cada cual que se alivie como quiera, pero el animalillo que se queda paralizado en medio de la carretera ante la presencia de un camión suele tenerlo chungo. Por otra parte, la reacción al atentado yihadista no es nueva. Amén de descolocarnos, una tragedia así activa a fanáticos que pululan por bares, redes sociales o tertulias —siempre desde la barrera, vaya— pontificando sobre sus causas y efectos, y ofreciendo al respetable dos opciones tan extremas como esquizoides: u odiar todo lo que huela a islam o abrazarlo sin contemplaciones. Y me van a disculpar, pero no voy a pisar esa trampa.

 

Mi profesión me ha permitido visitar ciertos países de mayoría musulmana, y no precisamente como turista. Así, a bote pronto, recuerdo una reunión en Bosnia con mandos de diversas policías, entre otras la serbia y la turca, y cómo durante una acalorada discusión a cuenta de nuestra ley contra la violencia y el racismo en el deporte, un mando de la policía bosnia mascullaba que su colega serbio, sentado a pocos metros de nosotros y sin quitarnos el ojo, solía acudir a partidos de fútbol vistiendo una camiseta con el rostro de un militar al que consideraba un héroe de guerra, pero que en esa misma guerra había matado a su padre. O un curso que impartí en Túnez, donde, amén de policías y militares —que, convendrán conmigo, algo saben de seguridad en cuestión de atentados yihadistas— tuve la fortuna de conocer a Nejib, un anciano profesor amante de la literatura española que me inspiró un personaje de mi novela La melodía de las balas, y a una bella e inteligente intérprete de árabe y francés, reconocida activista feminista en el país magrebí —de las que se la juegan de verdad—, que me confesó la amarga certeza de que la libertad que habían alcanzado, una vez depuesto el dictador Ben Ali tras la Primavera Árabe, estaba siendo aprovechada por los islamistas radicales para imponer su inhumana interpretación del Corán. De modo que lo de que tengo amigos musulmanes, lejos de constituir una manida justificación que aleje de mí la sospecha de la islamofobia, es una garantía de criterio a la hora de valorar una situación complicada sin que la ideología o el oportunismo pudran su imprescindible debate.

 

Por supuesto que el Islam es una religión de paz. Como todas, ya puestos. Al fin y al cabo, las religiones no son sino un neutro y respetabilísimo —se lo dice un ateo— sistema de creencias y un bagaje cultural que tiende a ensuciarse según la mugre de las manos por las que va pasando. Sin ir más lejos, nuestro actual cristianismo bucólico y comprensivo es el mismo que hace siglos convencía con la hoguera y la espada a quien osara no comulgar con él. Si damos por hecho que la Biblia ha permanecido inalterable todo ese tiempo deberemos forzosamente concluir que todo es una cuestión de interpretación. E igual que nos parecería intolerable que un cura proclamara desde el púlpito las bondades de la pederastia, y de hecho reconocemos que la Iglesia católica —ahí sí generalizamos que da gusto— tiene un problema a la hora de gestionar los casos documentados de esa barbarie, justo sería preguntarse si una religión que se dice de paz y tiene a tantos energúmenos aniquilándonos en su nombre a lo largo y ancho del planeta, o a imanes que se las ingenian para adoctrinar en el odio y la venganza a chavales que atentan contra la misma sociedad occidental que los rescata de su miseria natal, debería plantearse no ya darle una vueltecita a su mensaje, sino mostrar una mayor contundencia y rechazo contra aquellos —demasiados— que matan esgrimiéndola como coartada. Resulta curioso que en esta España nuestra, tan furibundamente laica en lo que tocante al cristianismo, se nos exija una fe ciega en la inocencia de un islam que, a la vista está, no controla a todos sus hijos como debiera.

 

El mundo cambia y siempre lo ha hecho. Constantemente. Solo que ahora nuestro teléfono móvil se encarga de mostrárnoslo en directo y en alta definición, convirtiéndonos en excepcionales testigos de todo sin ahondar en las causas de nada. Hemos llegado a creernos expertos en geopolítica, en religión o en seguridad del mismo modo que un jugador de videoconsola se considera un gran tirador. De ahí la descabellada encrucijada a la que pretenden empujarnos unos y otros: lo mismo descerebrados xenófobos que estúpidos a los que se les humedece la entrepierna cuando se trata de echarle la culpa a Occidente, en una suerte de autoflagelación que no esconde más que ignorancia y pusilánime cobardía. Así que, repito, en los límites del consuelo personal no me meto, pero tenemos —todos, se lo aseguro— un gran problema que no se arregla tuiteando gatitos, discutiendo sobre bolardos, cantando Imagine o sonriéndole a las ratas asesinas, y sí con muchas dosis de conocimiento, de responsabilidad y de reciprocidad entre creyentes y no creyentes (de esto último ya les hablaré otro día). De lo contrario, nos ocurrirá como a aquella multitud —no sé si lo leí en La Peste, de Camus, o si esa obra me sugirió la escena; disculpen el fallo de memoria— que se reunía en la iglesia para rogar a Dios que acabase con la epidemia sin reparar en que, al respirar tantas almas encerradas el mismo aire infecto, lo único que lograban era transmitirse la enfermedad unos a otros y acelerar el mortal proceso.

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POR OCHENTA EUROS, PRIMO

“En una partida de póquer, si no descubres al tonto en la primera media hora de juego,

entonces el tonto eres tú”.

(Rounders)

 

Me estoy quedando sin batería en el móvil. No paran de llegarme mensajes poniendo el grito en el cielo porque un pobre chaval granadino, dicen, va a ingresar en prisión por haber defraudado ochenta eurillos de nada, hace ya la friolera de seis años, mientras los políticos corruptos siguen disfrutando de su libertad en la calle. A duras penas logro vencer la tentación de responder que si la resolución judicial sobre ese chico, y que presumo resultó más o menos sencilla de instruir, les ha parecido lenta, no sé cómo pueden esperar celeridad en casos de corrupción mucho más complejos de investigar. Pero a lo que vamos, como no sé a qué narices se refieren me da por enchufar la televisión y ahí está el susodicho, en directo y con pinganillo, rodeado de familiares lógicamente compungidos bajo los cuales yace un titular contundente: “A prisión por ochenta euros”.

Afino el oído y confirmo la historia que rula por ahí: seis años después de cometido el delito, con una vida personal y laboral solvente, el mozo está a las puertas de ingresar en el talego. A mayor abundamiento ―hoy tengo el cuerpo jurídico—, el susodicho utilizó una tarjeta de crédito falsa a su nombre que un buen amigo le había entregado, asegurándole que podía comprarse lo que quisiera con ella y que todo era legal. La cosa es que, una vez juzgado y condenado, solicitó el indulto, el cual fue denegado por el malévolo Consejo de Ministros, y ahora le toca pagar el peaje, como a todo reo. Arden, pues, las redes, los medios y las plataformas recolectoras de firmas ante tamaña injusticia.

Aparte del hecho de que aceptar una tarjeta a tu nombre para gastar cuanto quieras ya me parece de ser memo con balcones a la Alhambra, uno, que es de natural tocahuevos, aguafiestas o cabroncete, lo que prefieran, y que si algo aprendió del oficio es que en las prisiones parece haber más inocencia que en un jardín de infancia, prefiere profundizar en el asunto para ver si en sus cortas entendederas logra atisbar qué hay detrás de este drama. De modo que me bastan un par de horas de lectura judicial para concluir que ni mucho menos al tipo lo enchironan por tan ridícula cantidad, sino, agárrense, por tenencia de tarjetas de crédito destinada al tráfico y por estafa. Otro detallito es que al presunto robagallinas ―como han pretendido presentárnoslo— lo juzgó la Audiencia Nacional (tribunal competente en delitos económicos de especial gravedad, terrorismo o crimen organizado, ahí es nada), lo que ya debería ser por sí solo motivo suficiente para que nos temblara el párpado mientras venteamos el tufo a gato encerrado.

Yo comprendo que ver la vida a golpe de titular simplifica las cosas. Mucho más que desgranar las complejidades que habitan en veintiún folios de sentencia firme más los que ocupa el recurso de casación que su abogado presentó ante el Tribunal Supremo, cuyos magistrados, por cierto, tampoco se tragaron la milonga juvenil del pardillo engañado, y acabaron confirmando que el traje a rayas de la criatura tenía las medidas correctas. Lo que me lleva a concluir que hay demasiados primos dándosela de librepensadores mientras eligen, precisamente, el camino simplón de la indignación gratuita, en esta España en la que adoramos convertir en causa humanitaria cualquier patraña que escuchamos en la corrala.

Otra cosa distinta sería debatir si es justo o no que un hombre que delinquió hace seis años y con su vida rehecha deba ingresar en la cárcel a causa de un sistema judicial lento hasta la náusea, pero de ahí a hacernos comulgar con la rueda de molino de una presunta injusticia penal va un abismo intelectual cuyo extremo lo habitan aquellos que a manipular a la opinión pública con titulares falaces para obtener una compasión facilona lo llaman justicia, y a difundir toda la información del asunto para que cada cual saque sus propias conclusiones lo llaman ensañamiento.

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REFUGIADOS EN NUESTRA ALMOHADILLA

Imposible no llevarse la mano a la boca, horrorizados. La imagen del niño de tres años ahogado en una playa turca, con la carita sumergida y las manos vueltas hacia arriba —demasiado joven para haber aprendido a luchar contra su propia muerte— es la prueba irrefutable de que tenemos un problema. Bueno, en realidad dos. El de los habitantes de tantos países asolados por el odio, la intolerancia religiosa y la guerra, que deciden, contra la instintiva raigambre del ser humano, abandonarlos en busca de una suerte mejor, y el nuestro, como sociedad. No piensen que íbamos a escapar de nosotros mismos así como así. Porque eso es lo que nos caracteriza: nos quedamos en la boca abierta, en el ay, Dios mío, y en el tecleo apresurado de la almohadilla seguida de una etiqueta molona y rotunda que exhiba nuestra también natural tendencia a la solidaridad inútil. A partir de ahí, nuestro mayor dilema es si azúcar o sacarina.

Creo que estamos de acuerdo en que el milenario fenómeno migratorio que se recrudece cíclicamente nos afecta a todos, de forma más o menos directa. Precisamente por ser histórico, bastaría con un atento vistazo hacia atrás para darnos cuenta de que las civilizaciones que se enriquecieron por la inmigración lo hicieron gracias a dos factores: la organización de los que llegaban y la convivencia entre estos y los que ya estaban. Sin excepción. No hace falta ser historiador para comprender que las sociedades más sólidas lo han sido en base a transformaciones lentas y firmes. Jamás bajo los inconstantes latigazos de una revolución imaginaria donde todo el mundo protesta y se echa la culpa pero nadie da soluciones veraces.

¿Por qué demonios la imagen de ese pobre niño es un fracaso de Europa? ¿Por qué no lo es también del islam, de lo que representa, de lo que miserablemente tolera y silencia? ¿A qué esa manía de autoflagelarnos, como si fuéramos nosotros los que empujamos a esa gente a arrojarse al mar, como si nos llenáramos los bolsillos con las traicioneras monedas de plata obtenidas por colocarlos en chalupas casi tan frágiles como la sociedad de la que huyen? No faltarán, eso sí, las voces simplistas e intencionadamente sesgadas que comparan esta inmigración con la que los españoles nos vimos obligados a protagonizar hace varias décadas. Elementos como que el número de países de origen era sensiblemente inferior (en España, ejemplo de integración, conviven inmigrantes de más de treinta países), que el sistema de valores de Alemania y España era muy similar (añadan al dato anterior sus correspondientes hábitos, costumbres y religiones, algunas de las cuales son cualquier cosa menos tolerantes), y que, salvo por las mafias —que también las hubo—, los emigrantes españoles viajaban con papeles y un puesto de trabajo previamente asignado, son ignorados deliberadamente por esa estirpe de nuevo cuño que tanto gusta de mezclar churras con merinas al tiempo que criminaliza a su propio país mientras disimula silbando cuando de analizar por qué esa gente huye espantada se trata. No deja de resultar paradójico que todos esos que crucifican a la vieja Europa, culpándola de todos los males, aburriendo con lo de la casta y el fracaso del capitalismo, son los mismos que chillan como descosidos exigiendo que sea este mismo sistema malévolo el que acoja cuanto antes a esos miles de refugiados que, por algo será, se empeñan en venir a este maldito infierno. Tema aparte son los países árabes. Tan unidos en su religión, tan de golpes en el pecho, besos por doquier y mucha cercanía física, pero que luego no gastan ni un solo dinar en ayudar a su hermana Siria, en librarla de quienes la están carcomiendo a sangre y fuego. Porque del sutil detalle de que los refugiados componen una amalgama de suníes, chiíes y unas cuantas variantes más que se masacran en sus ciudades natales permítanme que les hable otro día. De nuevo, ¿por qué hemos de sentirnos culpables en exclusiva?

Nadie prueba lo contrario. Nadie aporta una mísera solución o, como mínimo, se presta a discutirla. Todos repiten como papagayos la misma cantinela: hay que poner fin a esto. Estoy de acuerdo, damas y caballeros. Y ahora, díganme: ¿cómo? ¿Han pensado dónde ubicar a los millones —millones, lean bien— de refugiados sirios que aguardan en Turquía, Líbano, Irak o Egipto? ¿Dónde vivirán, de qué comerán? ¿Se han tomado la molestia de averiguar de dónde saldrán las partidas presupuestarias? ¿Se quejarán luego de que los euros destinados a los refugiados saldrán inevitablemente de los recortes en otras áreas? Es entonces cuando a alguien se le ocurre la más lógica idea: solucionemos la guerra en su país de origen. Perfecto. Eso sí, sin intervenciones bélicas. Ah. Vayan y explíquenselo a los del Kalashnikov, a los que obligaron al niño sirio a subirse a la balsa, a los que arrojan homosexuales al vacío, a los que lapidan a las mujeres por parecerles provocativas o a los que pasan a cuchillo a cualquiera que les mire mal, siempre en nombre de Alá, no fuera o fuese. No ha de extrañarnos, por tanto, que cuando uno le echa un vistazo a Twitter, compruebe que el #YoSoyRefugiado coexiste con el #NoALaGuerra.

Una de las consecuencias de la lectura de este artículo es que los estólidos simplificadores resumirán que pretendo darles la espalda a esas pobres personas. Pero como no tengo tiempo para enseñar comprensión lectora, les rogaré que vuelvan a repasar estas líneas. Y si tras varias veces continúan pensando lo mismo, no pasa nada. Sigan tocando el tamtan, cacareando hashtags molones y durmiendo sobre su tranquilizadora almohadilla. Siempre será mucho más cómoda que leer verdades.

ÉL NUNCA LO HARÍA, IMBÉCIL

Los que desperdician su tiempo leyéndome en Twitter habrán advertido que invariablemente comienzo mi rutina allí con el mismo saludo: café, noticias y lo que se tercie. A diferencia de otras personas a las que les cuesta horrores levantarse, el único esfuerzo que yo he de hacer cada mañana es volver a tomar contacto con lo que me rodeaba cuando cerré los ojos unas horas antes. Un poco a la manera del famoso microrrelato de Monterroso, cuando despierto, es el mundo el que sigue ahí. Por eso es un hábito necesario para reencontrarme con la realidad matutina paladear el negro líquido mientras ojeo la lista de barbaridades que los diarios han decidido destacar esa jornada.

Pero ocurre que últimamente ese café deviene cada vez más amargo. No hay día en que no me asalte un anuncio con peticiones de adopción o acogida de perros abandonados, sin distinción de razas ni tamaños. Criaturas diminutas arrojadas a una caja de cartón o abuelos de profusas canas y semblante derrotado me miran desde la pantalla con la expresión de quienes, juraría, no volverán a confiar en esta maldita especie que se llama a sí misma inteligente. Y ahí estoy yo: dando estupefactos sorbos a la taza mientras no tengo más remedio que contemplar las heridas, en el cuerpo y en la mirada, de animales en los que algún hijo de puta integral (o hija de puta, no vayan a acusarme de machista, o sea) decidió volcar su furia, su ruindad o su cobardía. Porque, no se engañen, quien es capaz de ponerle la mano encima a un ser indefenso de manera gratuita, en realidad está cometiendo lo que en el fondo desea para algún semejante y no se atreve a perpetrar porque se imagina las consecuencias. Y ahí es donde quería llegar; esa es una de las clamorosas fallas en el asunto: la vergonzosa protección que esta sociedad brinda a nuestros compañeros de vida, más allá de las penas irrisorias previstas, por supuesto, sólo para los casos más graves.

Fallamos. Fallamos como especie, como organización y como familia. Fallamos porque demasiadas personas se han quedado instaladas en la aberrante asociación entre el animal y el puto regalo de Navidad. Olvidan, claro, lo que viene a continuación: que las risas, los jadeos y los alegres retozos del cachorrito se hacen acompañar a menudo de cacas, meadas y utensilios mordidos. Que aquel gracioso perrito calcado al del anuncio de Scottex se ha transfigurado en un labrador de treinta kilos que demanda compañía a pesar de la semana romántica que tenían planeada en Formentera, que necesita un paseo aunque su dueño vuelva de fiesta cocido a las cuatro de la mañana, y que cualquier enfermedad que sufra habrá de llevarse bastantes euros de la humana cartera en veterinarios.

El siguiente capítulo ya lo conocen. Muchos, demasiados, acaban por convertirse en ese estorbo que, en su bendita ignorancia, sigue mendigando la mirada de quien decide rehuírsela. Y así es como es miles de ellos acaban en protectoras saturadas hasta lo vomitivo, encadenados sobre palés mientras conservan en sus rostros la triste y eterna duda de cuándo regresará el último ser amado que aún retienen en su memoria. Eso sin contar los que sobreviven en calles o cunetas, al albur de la lluvia, el sol abrasador o la crueldad. Luego todo depende de anuncios, de redes sociales, de la solidaridad de voluntarios o miembros de los servicios de emergencias que, excediéndose en su obligación, acaban por convertirse en ángeles guardianes. No faltan crónicas a diario sobre ello, lo que dota a la cuestión de un mayor dramatismo. Lejos de ser noticia, lo que debería ser normal es que los animales anidaran en el corazón de una sociedad que inspirara el amor y el respeto por ellos, además de una administración que facilitara (e impusiese, cuando fuera preciso) llevarlo a cabo.

Nos queda un infinito camino por recorrer. Conocerles, entenderles, interpretarles, adquirir hábitos como la esterilización, prever sanciones penales que hicieran a más de un canalla pensarse el tocarles con más fuerza que la que basta para una caricia… Preguntarse, en fin, que si para manejar un coche o manipular alimentos hace falta estudiar y examinarse de conocimientos teóricos y prácticos, cómo es posible que para cuidar de un ser que siente y sufre todavía hoy no nos exijan ni un maldito requisito.

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YO EL PESCUEZO, TÚ LA TUMBA

Si en algo somos expertos los seres, llamémonos, humanos es en no dejar pasar un día sin cometer alguna salvajada que con el devenir de los años puede que lleguemos a conmemorar. Y para esto no hay excepciones: las pasiones, la política o la religión; cualquier pretexto es bueno cuando de perpetrar la atrocidad de la jornada se trata.

En lo que a este artículo se refiere no he tenido que rebuscar mucho. Bastó con abrir Internet para almorzarme con la cuidada puesta en escena de un tipo —presunto espía sirio— al que los terroristas de esta nueva era que se hacen llamar Estado Islámico obligaban a confesar sus culpas ante la cámara para, a continuación, ponerle a excavar en medio del desierto un agujero de dimensiones suficientes para albergar su cadáver antes de ser decapitado en seco.

A ver, no es que el video en cuestión me haya producido una impresión más grave que otros de similar calaña que los medios de comunicación han puesto ante mis ojos. Eso es, precisamente, lo dramático del asunto, en parte. Que, nos guste más o menos, estemos o no dispuestos a admitirlo, un mismo estímulo repetido muchas veces acaba por volvernos espeluznantemente inmunes al sufrimiento ajeno. Tanto y tan peligrosamente que, de permanecer impávidos ante ese drama, en poco tiempo puede dejar de ser ajeno para convertirse en propio. Y ahí el sonido de la cuchilla les aseguro que nos sonará bien distinto.

Pero a lo que iba: esos fanáticos llevan tanto tiempo nutriéndonos de horrendos documentales, lo mismo sobre el desprecio a la vida humana en según qué latitudes como de la indolencia de ciertos gobiernos cuando el problema se ve muy de lejos —y no les digo si en el desierto de autos no hay hidrocarburos que rascar—, que no debería haber removido mi conciencia más de lo que a cualquiera. Lo que me llama la atención es que el condenado a una muerte que sabe segura —él mismo la anuncia en la entrevista previa a su sacrificio— se preste a esa escenificación en la que, a todo color y en alta definición, cava su propia tumba y protagoniza un video desde varios encuadres y planos que posteriormente será montado y exhibido como parte de una promoción que el EI ha sabido reinventar como nadie.

No dejo de preguntármelo. ¿Qué pensaría ese pobre hombre durante los eternos minutos que le costó cavar su sepultura? ¿Cómo pudo mantener la tranquilidad, es más, la cordura para coordinar sus propios movimientos y que no le fallaran las fuerzas ante una tarea tan fatigosa? ¿Habrían parado la grabación en algún momento para cambiar de plano? ¿Le darían agua para mitigar la que sería su última sed mientras tanto? ¿Le consolarían de algún modo en sus lógicos momentos de flaqueza? Es algo en lo que pienso continuamente. Cuánta violencia hace falta para provocar una indefensión que anestesie no ya un intento de rebelión ante tus ejecutores sino una mínima dignidad por la cual, aun sabiendo que tu espeluznante final es inevitable, evite servirles en bandeja una puesta en escena que tanta notoriedad les dará a ellos como de poco te servirá a ti. Claro que en cualquier pestilente miseria no faltan palmeros. En nuestra experiencia autóctona con el terrorismo nos volvimos diestros en eso. Ya saben: algo habrá hecho, la culpa es de Occidente, están desesperados y por eso no tienen más alternativa que coger las armas para defenderse… La misma milonga comprensiva y equidistante con forma de cuña que apuntala el escalón justo que los despreciables asesinos siempre necesitarán para abordar el barco de nuestra acomodada civilización.

Por mi parte tengo claro qué haré cuando los divise en lontananza. Pero si aun así tengo el día tonto y me cazan, y les juro que no es chulería, no pienso darles el gustazo de prestarme al rodaje del último día de mi vida. Entiéndanme, no es cosa de ponerse soberbio. Supongo que cuando me toque adivinar mi destino sufriré como un cabrón sólo de pensar en los rostros y en el recuerdo de las personas a las que amo alejándose para siempre. Pero de ahí a colaborar con esa panda de bárbaros en su proyecto de marketing y terror sudando la gota gorda va un trecho. De la tajadura de pescuezo no me libraré, pero ya que soy yo el que lo pone que al menos sean ellos los que doblen el espinazo. O dicho de otro modo: que mi tumba la excave su puta madre.

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BANDERAS A MEDIA ASTA

Anselmo termina de masticar el último trozo de su bocadillo y me mira por encima del hombro, atento al calendario colgado en la pared de atrás.— ¿Cuánto falta para que publiques la novela, chaval?

En primavera, le digo. Exactamente la misma respuesta que vengo dándole cada vez que nos vemos. Y es que desde que se jubiló ya no son tan frecuentes las ocasiones en las que podemos compartir uno de nuestros almuerzos. Cuando colgó el uniforme, durante una temporada Anselmo ya no parecía el mismo. Pero el tiempo, el campo y su nieta lo curan todo. Apura su carajillo de coñac y su sonrisa se extingue cuando repara en la noticia que están dando en la televisión.

— Vamos, no me jodas… —murmura.

Me giro cuando la presentadora acaba de terminar de hablar, justo a tiempo de ver el rótulo que acompaña a la imagen del último policía asesinado. El Gobierno se plantea que las banderas ondeen a media asta cuando un agente muera en acto de servicio, leo. Cuando vuelvo a encararme con Anselmo me topo con sus ojos, grises como su pelo.

— ¿Te das cuenta? —me dice—. Hasta para imitar somos lentos. A estas alturas de la película, con décadas de policías a los que han dado matarile, ahora me vienen con esas. A ver si me entiendes, es algo que en otros países lleva haciéndose siglos y es de agradecer. Pero es solo eso: un gesto. Es como si la Dirección General de Tráfico pretendiera regalar ataúdes de la mejor madera a las víctimas de accidentes de tráfico en vez de apretar antes donde más nos duele: buenas carreteras, señalización adecuada y unas leyes claras y contundentes para el que se pase de listo. Todo lo demás son pollas.

Sonrío al escuchar la expresión. Le puede su alma granaína, y más ahora que ya aceptó que morirá lejos de su tierra. Pero en el fondo Anselmo tiene razón. Como el que pilota puede estrellarse y el que navega hundirse, está claro que el que se mete a policía asume el riesgo inherente a su profesión, que es que le hagan pupa de vez en cuando y hasta algunas veces la diñe. Pero es solo eso, un riesgo; no una prebenda para que cualquier cantamañanas sin distinción de raza, sexo, religión o afiliación sindical crea que puede darle el finiquito a un poli, darse un garbeo por el talego y que ciertos sectores políticos, mediáticos y sociales le rían, encima, la gracia. Eso es lo intolerable. Y esa es la causa por la que cada vez más aquellos que desprecian la labor de esos tipos que se dejan el pellejo a cambio de un sueldo ínfimo exhiben su chulería o sus ansias homicidas con total impunidad.

— No sé si lo viste el otro día —continúa—. Estaba cenando, y en la tele había una tertulia política. Tenías que haber oído a uno de los participantes. De su boca solo salían palabras como “lucha”, “guerra”, “guillotina”, o la que hizo que las habichuelas se me fueran por otro lado: “el miedo ha cambiado de bando”. Tócate los cojones. ¿De qué miedo hablan? Supongo que del que han inventado esos que gritan indignados cuando no pueden reventar una sesión parlamentaria o que acuden a abrazar teatral y patéticamente a sus cachorros cuando salen del juzgado tras haber destruido la noche anterior el mobiliario urbano que tú y yo pagamos con nuestros impuestos. Los mismos que llaman mordaza a cualquier cosa que suene a una norma para que todos podamos vivir en paz y ése —señala a Pepe, el dueño del bar, con el mentón— no tenga que andar rezando para que en la próxima manifa los de siempre no vuelvan a destrozarle el negocio.

Si algo bueno tiene la tercera edad es que se lleva consigo muchas cosas, entre ellas el miedo a decir lo que se piensa. Así que medito sobre las palabras de Anselmo, en las que no hay rabia; más bien tristeza. Y es que una institución tan antigua y experimentada como la policial no puede permitirse que el espectáculo cotidiano de bobos incendiarios con el belfo suelto le adelante por la derecha. No siempre no entrar al trapo de embustes miserables es la mejor opción, sobre todo porque con ellos, quienes los usan han logrado que germine un tipo de ciudadano que se debate entre dos ideas igualmente extremas y peligrosas: o los maderos son fieras temibles a las que hay que combatir o son simples cobardes susceptibles de ser derrotados mediante escupitajo, golpe, patada o empujón a la vía, tanto da. De manera que ahora nos escandalizamos por esos policías asesinados en acto de servicio, pero ¿cuántas veces hemos contemplado en los informativos a todo un barrio aplaudiendo a quienes se resistían a ser detenidos tras haber apaleado a los agentes? ¿Cuántas hemos digerido sin que se nos altere el pulso la noticia de que tal o cual delincuente vuelve a la calle pese a los innumerables delitos violentos y detenciones con los que adorna su currículum?

Anselmo sabe mejor que nadie lo que un disparo es al uniforme, a la piel, a la familia, a la vida. Todo lo rompe. Sonido breve y desgarrador que a veces se diluye enterrado bajo los gritos de quienes jalean o como mínimo hacen guiños cómplices — lo mismo particulares que ciertos políticos o periodistas, de todo hay— a los que perpetran esos ataques, sin reparar en que un día ellos mismos podrían ser las víctimas de los intolerantes que dicen hablar en nombre del pueblo. En esto pienso cuando noto su mano nervuda y enrojecida posarse sobre mi brazo.

— A media asta, chaval, a media asta… — repite lacónicamente—. Están consiguiendo que la misma bandera que ya antes de ingresar en la academia a muchos nos producía orgullo, ahora, cada vez que la vemos sobre la madera del ataúd, solo nos provoque escalofríos.

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DESTERRANDO PIROPOS

Señora mía:

Por aquello de no dejarme llevar por la información fabricada para el consumo rápido, tan propia de estos tiempos, tengo la mala costumbre de leer a fondo las noticias. Sus declaraciones no han sido una excepción –no todos los días uno tiene acceso al sentir de la Presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género—, pero a pesar de repasarlas una y otra vez no termino de digerirlas, palabrita del Niño Jesús.

Pretende usted erradicar el piropo porque “invade la intimidad de la mujer”, reforzando su argumento con el anecdótico dato de que en Egipto las mujeres caminan con tapones en los oídos para no escuchar los halagos de sus congéneres masculinos. Tal vez olvida el sutil detalle de que en ciertos países musulmanes la carga de la pretendida ofensa que constituye el piropo no recae en el hombre por haberlo proferido sino en la mujer que lo recibe, por infiel y por zorra.

Sus palabras me han causado una profunda tristeza, señora. No tanto por comprender una vez más en manos de quién estamos (y es que no pasa un día sin que descubramos a una nueva lumbrera), sino porque erradicar el piropo sería como ponerle puertas al campo, como asfixiar la capacidad de percibir la belleza que lo inspira. De salirse usted con la suya (bien sé que no le faltará el enfervorecido apoyo de una caterva de feministas, de esas que, curiosamente, jamás han sufrido el riesgo de ser piropeadas) aquellos a quienes la mujer nos inspira los más gratos sentimientos tendríamos que callar para siempre.

Hay piropos y piropos, vive Dios. Por supuesto, nadie con dos dedos de luces puede tolerar la procaz vulgaridad que se cree revestida de gracia. Es más, yo no soy especialmente piropeador. No, al menos, de los de andamio, cerveza y hucha al descubierto (que también tienen su encanto, no crea). Pero en cualquier caso, su infundada pretensión haría desaparecer de nuestra libertad el gozo de expresar la sensación que nos produce atisbar los primeros rayos de sol aterrizando suavemente sobre la piel limpia y fresca de la mujer amada antes incluso de que despierte. La expresión oportuna que ahoga el nudo en la garganta al contemplar de súbito la desnudez trazada por deliciosas formas en las que uno podría matar o morir a cambio de perderse en ellas para siempre. El torpe balbuceo que nos roba la serenidad al darnos cuenta de que los ojos a los que creíamos mirar, en realidad nos están mirando a nosotros. La expresión jubilosa que pretende adjetivar, siempre quedándose corta, la alegría que produce cruzarse con un rostro cuya belleza nos cuenta una historia que se nos antoja de pronto tan desconocida como fascinante; el semblante poseedor de una sonrisa que nos reconcilia con la vida, con el mundo, con la sociedad y, pardiez, hasta con nosotros mismos.

Además de tristeza, señora mía, sus palabras provocan dudas insoportables en mí: ¿deberemos también condenar al destierro el piropo cuando brota de los labios de una mujer y es dirigido a un hombre? ¿Y si es lesbiana y lo dedica a otra mujer? ¿O si un hombre piropea a otro? ¿Sería usted capaz de admitir que se atente contra los derechos de las personas cuando se ve implicada su orientación sexual?

Ciertos jardines conviene contemplarlos pero no pisarlos, porque se corre el riesgo de aplastar flores tan bellas como usted –no he podido resistir la tentación de descubrir su atractivo en la fotografía que acompaña a la noticia-. A propósito de esto, permítame terminar diciéndole que posee una hermosura justa y equilibrada, y que ni el paso de los años conseguirá desterrarla. Años que al parecer sí han logrado desterrar, por desgracia, su sentido común.

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TE JURO QUE NO LO PARECE

Te juro que no lo parece.
Tienes el mismo rostro, idénticos gestos. La misma sonrisa desenfadada que siempre me hizo pensar que ninguna desgracia o reproche podían afectarte. Esa que, cuando brota, te hace arrugar los ojillos azules hasta quedar sepultados por un instante en tus párpados sobrecargados de años. Pero es solo eso, un instante. Luego vuelven a resurgir, esquivando el abrazo de la cansada piel para brotar con la expresión de quien mira el mundo por primera vez, de quien tiene todo por aprender aún.

En serio que no lo parece.

Por más que tus hijos me lo repitan, sus caras tristes mirando al suelo para que no les vea llorar. Dicen, ya ves, que de pronto y sin motivo aparente has comenzado a olvidar. Que será cosa de días, tal vez meses, ni siquiera años, cuando el último de tus recuerdos se habrá extinguido para siempre. ¿Cómo es posible?, me pregunto. ¿A dónde irán tus consejos, tu música, tu literatura? ¿A dónde el enorme cariño que desprendías por todos cuantos hemos sido alguien en tu vida? Es tan difícil aceptar que todo eso se perderá, irá a la nada, se borrará del mundo exterior para desintegrarse dentro de ti.

Pero de veras que no lo parece.

Ya no es que hayas olvidado nombres, caras y parentescos. Es que las enfermeras intentan volver a enseñarte aquello que tú a su vez enseñaste a tus vástagos hace décadas, colmada de amor y paciencia. Comer, beber, peinarte… Las más simples acciones son ahora complicadas maniobras en la batalla que tras la intacta serenidad de tu rostro se está librando y que habrá de acabar con tu memoria marchita. Conforme vayan pasando las lunas, te irás arropando en tu desmemoria hasta olvidarte del propio olvido. Te apagarás como la llama que se consume entre dulces estertores hasta que tu mente sea una esponja dolorosamente hueca, vacía.

¿Y luego qué? No lo sabes. Yo tampoco. Puede que ninguno de los dos queramos averiguarlo. Lo único que me consuela es que, al menos, ya nunca volverás a sentir nostalgia. Algo me dice que hasta el momento final mantendrás esa sonrisa mansa, y que cualquiera que camine por los alrededores de la residencia, en uno de esos paseos al atardecer que alivian el temprano calor de este junio, al girar la cabeza te divisará a través de la verja, allá a lo lejos, sentada en el jardín, sola. Y que al mirarte mirará tu rostro, y tu boca dibujando una incomprensible felicidad, y luego continuará su camino siendo el mismo, pero en cierto modo distinto.

En absoluto parece que en breve te marcharás. Ni siquiera sé cuándo lo harás. Por eso camino todos los días alrededor de la verja, mirándote, mirándome tú, sin comprender ninguno de los dos por qué lo hacemos. Tú, sentada, plácida, sonriente. Yo, pasándome torpemente la mano sobre mi corto pelo y ajustándome una y otra vez el cuello de la camisa, en un vano intento por acicalarme por si un día, en algún momento mágico, brevísimo e imposible, volvieras a reconocerme otra vez.

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“ESTA ES MI LUCHA, PUTA”

Lo siento, pero no tengo el día para clases particulares. Aunque daría igual: no aprendes. Pese a las detenciones, a las condenas y a la cagalera superlativa que te acomete cuando, tras los golpes en la puerta, atisbas por la mirilla a unos tipos muy serios con cara de pocas tonterías que te explican a continuación por qué la policía está considerada la profesión más solitaria del mundo:
– Por favor, acompáñenos.

Meses más tarde volveré a verte en el telediario. En esa imagen fugaz de gorrioncillo agazapado bajo la capucha, consumido tu erróneo orgullo mientras huyes de las cámaras de televisión al salir del juzgado tras conocer la sentencia. Injurias, amenazas, apología del terrorismo… Tú sabrás lo que hiciste. El rabo entre las piernas y a casa, a pensarte mejor lo que escribas la próxima vez. Detrás de un teclado todo son risas. Luego, ante el estrado, llegan las diarreas.

Por otro lado, memorables las explicaciones que das para justificarte. “No era consciente de la repercusión de mis palabras”, “No quise ofenderle en ese sentido”, o la mejor que he escuchado hasta ahora a uno de tus compañeros de andanzas: “He comprendido que hay otras formas de lucha”. Esto último lo dijo aquel que insultó a la Delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, mandándola callar y llamándola puta. Otras formas de lucha, dice el polluelo. De modo que hemos de suponer que hasta ese momento tu primo estaba convencido de que llamar puta a una mujer es una forma de lucha. Pero no os culpo, en serio. Es lo que habéis mamado desde que os pusisteis frente a un ordenador por primera vez. La extendida paja mental de que los derechos —de los deberes ni hablamos— se basan en la impunidad más absoluta. Claro que siempre os quedará la embustera rabieta, repetida hasta la saciedad, de que la justicia os persigue por tener una cuenta en Twitter. Y es que no hay nada como inventarse enemigos para sentirse un valiente luchador donde no hay más que un niñato urbanita nostálgico —nostálgico sin haber cumplido los veinte, hay que joderse— de tiempos enterrados para cualquier ciudadano con dos dedos de frente. Así que lo siento, pero no cuela. Afirmar que pueden detenerte por escribir en las redes sociales equivale a creer que a Farruquito lo mandaron al talego simplemente por tener coche.

Tu libertad de expresión termina donde empieza el derecho al honor, a la intimidad o a la propia imagen de los demás. Conceptos jurídicos protegidos por una ley que seguramente desconoces, como desconoces cualquier otra cosa que no sea la clave de tu cuenta en Twitter. Mírate, si no, cuando alguien escribe las mismas salvajadas que tú pero referidas a los de tu grupo, ideología o partido. Entonces montas en cólera, pides cárcel —así sois los antisistema, siempre acudiendo al sistema— y hasta guillotina. De modo que elige: o todos contra todos, que esto se convierta en un campo de insultos, palizas y tiros y nos vayamos al carajo, o acepta que vives en una sociedad donde puedes escribir lo que te plazca pero luego has de apechugar con lo que venga, aunque sea bajo la capucha. Esas son las reglas, figura. De todos modos, si te persigue la policía, te acusa un fiscal y te condena un juez, háztelo mirar. Puede que seas tú el que va con el paso cambiado. Aunque ya no me extraña, a estas alturas. Si a algo nos hemos acostumbrado es a los revolucionarios de pacotilla. A tipos como tú. Tan valientes con las guillotinas y tan cobardes con las consecuencias de sus propios actos.